Nre­por­ta­je: El arte de sa­ber ele­gir

No se tra­ta de un buen ra­to, se tra­ta de un com­ple­men­to.

Zona N - - Contenido -

¿Por qué no, me­jor, ca­mi­na­mos ha­cia las re­la­cio­nes pen­san­do que no va a ser fá­cil? Di­go, se­ría más rea­lis­ta que pen­sar en to­na­li­da­des de ro­sa y re­crea­cio­nes de las es­ce­nas que ve­mos en las pe­lí­cu­las ro­mán­ti­cas. Pen­sa­mos que es su­fi­cien­te con sentir al­go por al­guien, que bas­ta con el pul­so ace­le­ra­do y una que otra car­ca­ja­da en­tre ca­da be­so. La reali­dad es otra. La unión de dos se­res con per­so­na­li­da­des dis­tin­tas es de­li­ca­da, pe­ro... ¿te di­go un se­cre­to? Hay una for­ma de con­se­guir eso que tan­to deseas y que sea me­jor que co­mo te lo con­ta­ron.

Ve, vi­ve; re­co­rre di­fe­ren­tes ca­mi­nos; en­cuén­tra­te, co­nó­ce­te, su­fre y alé­gra­te por­que cuan­do lle­gue esa per­so­na, lo sa­brás de in­me­dia­to, pues ya no ne­ce­si­tas, ya no año­ras. De­ja que te rom­pan el co­ra­zón y re­cons­trú­ye­lo lue­go; co­no­ce a per­so­nas di­fe­ren­tes y apren­de de ca­da una de ellas. Ese es el se­cre­to: vi­vir­lo y apren­der de ello. Apren­der de ca­da éxi­to y fra­ca­so en el amor y ana­li­zar­te lue­go de ca­da uno. Pues ca­da ex­pe­rien­cia de­ja una mar­ca. Dis­frú­ta­te para po­der dis­fru­tar de lo que te brin­da­rá esa per­so­na que se ha cru­za­do en tu ca­mino, por­que a fin de cuen­tas to­do se re­su­me en la paz que se brin­dan el uno al otro y eso se con­si­gue con el amor pro­pio.

Ol­ví­da­te de pen­sar en qué quie­res de otra per­so­na, y empieza a pre­gun­tar­te: ¿Qué es lo que quie­ro de mí? ¿Qué es lo que ne­ce­si­to en mí vi­da? Y te di­go por ex­pe­rien­cia, cuan­do te to­mas el tiem­po de co­no­cer­te, iden­ti­fi­car quién es quién, se­rá ta­rea fá­cil. Cuan­do es­tás cla­ro de por qué su­ce­dió ca­da co­sa, cuan­do en­tien­das la ra­zón de ca­da tro­pie­zo, cre­ce­rás y, al ha­cer­lo, tu co­ra­zón se vol­ve­rá se­lec­ti­vo. Se­gui­rás cre­yen­do en el amor, pe­ro nun­ca ca­yen­do por los mis­mos tru­cos vie­jos. Te sen­ti­rás com­ple­to y ahí, jus­to ahí es el mo­men­to de ele­gir a tu pa­re­ja. Cuan­do tu piel ya se sien­te có­mo­da y ti­bia sin nin­gu­na ayu­da y pue­des ver la vi­da de for­ma di­fe­ren­te.

Si quie­res, haz co­mo yo y crea una lis­ta. Es­cri­be en ella las co­sas que quie­res en la vi­da, tus me­tas, tus sue­ños, tus pro­yec­tos. Es­cri­be tus gus­tos, los que más te lle­nen de ale­gría. Es­cri­be los nom­bres de las per­so­nas que más amas en la vi­da y, al final, cuan­do ya ten­gas to­do lis­to, de­ten­te y ob­ser­va, pues la des­crip­ción de tu pa­re­ja ideal se en­cuen­tra en esa lis­ta. De­be ser al­guien que pue­das vi­sua­li­zar dis­fru­tan­do de to­do eso que amas, al­guien con quien pue­das crear, lo­grar sue­ños, ma­te­ria­li­zar pro­yec­tos; una per­so­na que pue­das vi­sua­li­zar jun­to a tus se­res más que­ri­dos y, so­bre to­do, al­guien que te pue­da ayu­dar a man­te­ner la paz que con mu­cho es­fuer­zo con­se­guis­te. Así que ve y vi­ve, pe­ro so­bre to­das las co­sas, apren­de.

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