Mis his­to­rias ur­ba­nas

‘ Geovy’

Dominguero - - Variedades -

Por Blan­ca Mon­ca­da @ Blan­ki­mon­ki

- Res­pi­ra y cál­ma­te. Cuan­do Da­nie­la em­pie­za una con­ver­sa­ción así, pue­do ima­gi­nar­me la som­bra de la ola que es­tá por aplas­tar­me. - ¿ Qué pa­sa? - Es Mó­ni­ca. Es­tá embarazada. San­gre al pi­so. Mi her­ma­na lla­mó a mi me­jor ami­ga pa­ra que me dé el men­sa­je. Por te­lé­fono. Y es­ta, a su vez, me en­co­men­dó lle­var las “bue­nas nue­vas” a mis pa­dres. El pri­mer em­ba­ra­zo ado­les­cen­te de la ca­sa. Mó­ni­ca, creía yo, no te­nía ni las ga­nas ni la for­ma­ción pa­ra asu­mir al­go co­mo aque­llo. ¡ Va­mos!, ape­nas ha­cía sus de­be­res. ¿ Có­mo pre­ten­der que cui­de a un ni­ño? Reu­ní a la fa­mi­lia des­pués del llan­to, a la no­che. Ellos creían que la embarazada era yo. - Res­pi­ren y cál­men­se, re­pe­tí la es­ce­na de más tem­prano. Papá no es­pe­ró el me­lo­dra­ma al es­cu­char la no­ti­cia. “Que abor­te”, sol­tó, im­pla­ca­ble. Mi her­mano y yo sal­ta­mos. Ma­má llo­ró. Ella vi­vió lo mis­mo con­mi­go años an­tes. Pe­ro pe­se a la in­sis­ten­cia de mi abue­la me de­jó na­cer. Mó­ni­ca le si­guió el ejem­plo, de­ci­di­da. Las pri­me­ras ma­dru­ga­das no las ol­vi­da­ré. La veía, tan frá­gil, con­vir­tién­do­se en mu­jer. Geo­vanny se lla­ma co­mo el pa­dre, pe­ro vi­ve, co­me y son­ríe gra­cias a la ma­dre, mi her­ma­na, que to­mó las rien­das de esa vi­da aquel 25 de sep­tiem­bre de ha­ce sie­te años. Su me­jor obra, la reivin­di­ca­ción de su me­ti­da de pa­ta, es mi ahi­ja­do. Y lo amo. Si tie­nes al­gu­na his­to­ria es­cri­be a mon­ca­dab@ gra­na­sa. com. ec o lla­ma al 042201100, ext. 2099.

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