Sor­pre­si­ta

Dominguero - - Variedades Riedades -

Por Blan­ca Mon­ca­da @ Blan­ki­mon­ki Pa­re­cía un zom­bi ham­brien­to. Eran las seis de la ma­ña­na y los pri­me­ros ra­yos de sol le ilu­mi­na­ban el ros­tro tras­no­cha­do. Se tam­ba­lea­ba so­bre sí en el por­tal de la ca­sa, ins­pec­cio­nan­do un ma­no­jo de lla­ves pa­ra dar con la co­rrec­ta. El ma­ri­do se aso­mó, in­dig­na­do an­te sus mo­vi­mien­tos tor­pes. “¡ En­tra!”, gri­tó des­pués de abrir él la puer­ta. Ella ape­nas po­día ha­blar. Se su­po­nía que la fies­ta de­bía ter­mi­nar a las dos, má­xi­mo, pe­ro la ma­dru­ga­da se le es­fu­mó de las ma­nos y de la per­cep­ción del tiem­po, en­tre el vod­ka, el vino, la cer­ve­za y to­do lo que mez­cló, a su pe­sar. In­ten­tó dar una ex­cu­sa y lo be­só. Él ac­ce­dió, algo re­nuen­te al prin­ci­pio. La be­só tam­bién, pri­me­ro en la bo­ca, lue­go en los se­nos. La des­nu­dó y la echó en la ca­ma. Ella son­reía. No po­día creer que el enojo se le ha­ya ido tan rá­pi­do. Los hom­bres son tan bá­si­cos a ve­ces. Em­pe­zó por arri­ba, de los se­nos al om­bli­go, apa­sio­na­do. Abrió sus pier­nas y aden­tro. Lo que pa­re­cía el ini­cio de un or­gas­mo se con­vir­tió en una ca­ra de te­rror. Sin­tió algo allí den­tro, algo in­có­mo­do, per­tur­ba­dor. Se apar­tó un mo­men­to y ba­jó la mi­ra­da. Era un plás­ti­co del ta­ma­ño de un glo­bo. Era, ¡ diablos!, un mal­di­to con­dón usa­do den­tro de la va­gi­na de su mu­jer. Qui­so vo­mi­tar. La em­pu­jó, his­té­ri­co. La gol­peó has­ta ca­si de­jar­la muerta. Los hom­bres son tan bá­si­cos a ve­ces. Si tie­nes al­gu­na his­to­ria es­cri­be a mon­ca­dab@ gra­na­sa. com. ec o en­vía un men­sa­je al 0984934322.

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