Ya­chacs

Ecuador Terra Incognita - - NOTAS - tex­to y fo­tos: Mi­jail Va­lle­jo

Co­bi­ja­do por el Tai­ta Tun­gu­rahua y la Ma­ma Co­ta­ca­chi, Ilu­mán, un pe­que­ño pue­blo in­dí­ge­na unos ki­ló­me­tros al nor­te de Ota­va­lo, se des­pier­ta con el can­tar de los ga­llos a la ma­dru­ga­da. Es una al­dea de al­re­de­dor de 10 mil ha­bi­tan­tes don­de co­exis­ten ya­chacs y te­je­do­res. Ya­chac es una pa­la­bra kich­wa que sig­ni­fi­ca “cu­ran­de­ro” pe­ro que se sue­le con­fun­dir con “cha­mán”.

Se co­no­ce que los ya­chacs fue­ron los pri­me­ros en dar­se cuen­ta de los po­de­res cu­ra­ti­vos de las plan­tas. Con la ayu­da del eu­ca­lip­to, el llan­tén, la man­za­ni­lla, la or­ti­ga, la chil­ca, el dien­te de león y el ca­ba­llo chu­pa tra­tan en­fer­me­da­des, es­pan­tos, mal de amo­res, suer­te vol­tea­da, mal de ojo y has­ta pe­nu­rias eco­nó­mi­cas.

En la ca­sa de ca­da ya­chac hay una pe­que­ña pla­ca con su nom­bre, pro­fe­sión y nú­me­ro de re­gis­tro (si­mi­lar a la que tie­nen en sus con­sul­to­rios doc­to­res y abo­ga­dos). Hay cer­ca de tres­cien­tos cu­ran­de­ros re­gis­tra­dos en Ilu­mán, pe­ro se di­ce que los ile­ga­les son in­clu­so más nu­me­ro­sos.

Ca­da lim­pia cues­ta en­tre vein­ti­cin­co y cien dó­la­res (de­pen­dien­do de la gra­ve­dad del ca­so) y du­ra en­tre me­dia y una ho­ra. En los apo­sen­tos en que se rea­li­zan los ri­tua­les hay im­pro­vi­sa­dos al­ta­res con fi­gu­ras ca­tó­li­cas, mi­ne­ra­les y amu­le­tos. Plan­tas me­di­ci­na­les, ci­ga­rri­llos, hue­vos, es­per­mas, cla­ve­les, es­pe­cias, agua de co­lo­nia, tra­go, bi­lle­tes de dó­lar, cé­du­las de iden­ti­dad y has­ta cu­yes se uti­li­zan du­ran­te es­tas con­sul­tas. El sin­cre­tis­mo es una ca­rac­te­rís­ti­ca de la cul­tu­ra in­dí­ge­na, y los ya­chacs no son la ex­cep­ción: pro­fe­san una mez­cla de ri­tua­les ca­tó­li­cos y ado­ra­ción a la Pa­cha­ma­ma. En sus ple­ga­rias hay una sim­bio­sis en­tre el pan­teón cris­tiano y las fuer­zas de la na­tu­ra­le­za: in­vo­can a Dios, al sol In­ti, a la Pa­cha­ma­ma, a la Vir­gen Ma­ría, a la lu­na Qui­lla, a Je­sus­cris­to, los san­tos, las mon­ta­ñas, el fue­go y los ríos.

Ha­ce no mu­cho, los ya­chacs te­nían una gran in­fluen­cia en su so­cie­dad; la co­mu­ni­dad les otor­ga­ba po­der po­lí­ti­co y la na­tu­ra­le­za po­der es­pi­ri­tual. No te­nían que preo­cu­par­se mu­cho

por so­bre­vi­vir en un am­bien­te di­fí­cil, pues la co­lec­ti­vi­dad pro­veía pa­ra quie­nes po­dían co­mu­ni­car­se con los dio­ses. Hoy, en cam­bio, de­ben li­diar con sus po­de­res ce­les­tia­les y sus tri­bu­la­cio­nes te­rre­na­les. La con­di­ción de ya­chac no es más que una pro­fe­sión con la que con­se­guir los in­gre­sos ne­ce­sa­rios pa­ra la sub­sis­ten­cia. Por un la­do, es­to es bueno, pe­ro tam­bién es un ries­go pa­ra su cul­tu­ra, pues los ri­tua­les em­pie­zan a ser adap­ta­dos a la es­pec­ta­cu­la­ri­dad que atrae a los tu­ris­tas y sus bi­lle­te­ras.

La pro­ta­go­nis­ta de es­ta his­to­ria es Luz Ma­ría Ota­va­lo, una ya­chac de 69 años. Ella he­re­dó su sa­ber an­ces­tral de su pa­dre y ha si­do cu­ran­de­ra pro­fe­sio­nal por cua­ren­ta años. “Yo creo en In­ti y en Qui­lla, en los montes y los vol­ca­nes, en las plan­tas y los ríos, en la ener­gía de la Pa­cha­ma­ma, pe­ro tam­bién en Dios y en la Vir­gen y en Je­sús y los san­tos. Voy a mi­sa to­dos los do­min­gos”, me cuen­ta mien­tras espera a su pró­xi­mo clien­te.

Iz­quier­da. Du­ran­te el ri­tual de la lim­pia, el pa­cien­te es pu­ri­fi­ca­do por hu­mo de ta­ba­co en el con­sul­to­rio de la ya­chac Luz Ma­ría Ota­va­lo.

Arri­ba. El fue­go es uno de los prin­ci­pa­les ele­men­tos en el ri­tual de la lim­pia.

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