La Ju­ri Ju­ri

(ba­sa­do en un mi­to ama­zó­ni­co)

Ecuador Terra Incognita - - CONTENIDO - por Be­lém Mu­riel ilus­tra­cio­nes: Gui­ller­mo Mu­riel

Es­ta es la Ju­ri Ju­ri, la mis­ma que ma­tó a mi hi­jo cuan­do es­ta­ba so­lo en la pla­ya del río. No lo hi­zo con es­ta ca­ra, con es­te ros­tro de ojos al­men­dra­dos, con es­te la­do per­fec­to y be­llo, sino con el otro, cuan­do él por fin ha­bía caí­do en su ma­gia, cuan­do dio mues­tras de es­tar se­du­ci­do, cuan­do se le acer­có sin­tién­do­se se­gu­ro. Ella lo olió co­mo hue­le el ja­guar a su pre­sa, lo ro­deó, lo la­mió y le en­se­ñó su otra ca­ra, la de atrás, la que es­con­de en su ca­be­llo lar­go. “¿De dón­de vie­nes?”, le pre­gun­té ex­tra­ña­da a la hem­bra de ba­rro que se iba for­man­do en­tre mis ma­nos. Ella se que­dó en si­len­cio a ma­ne­ra de res­pues­ta.

“No eres de aquí”, in­sis­tí. “Lo sé por­que apren­dí es­te ofi­cio cuan­do era ni­ña, vi­vo sa­can­do se­res de mi men­te, mo­de­lán­do­los a dia­rio en la ar­ci­lla. Los co­noz­co a to­dos y tú eres dis­tin­ta, tú re­cién lle­ga­da. Te he so­ña­do an­dan­do por otra sel­va di­fe­ren­te de la mía, siem­pre en di­rec­ción del río, cer­ca de la pla­ya”.

La Ju­ri Ju­ri ve­nía de le­jos. Yo lo sa­bía o, más bien, lo in­tuía. Va­rias ve­ces se me ha­bía apa­re­ci­do pe­ro nun­ca lo su­fi­cien­te­men­te cla­ro. Aho­ra sé que es­pe­ra­ba el mo­men­to pa­ra mos­trar­me su ca­ra. “No de­be ser na­da bueno pa­ra an­dar así de apar­ta­da”, me de­cía yo, mien­tras la mo­de­la­ba. Sin em­bar­go, se­guí des­cu­brién­do­la y, por fin, su­pe que aque­lla for­ma que se des­li­za­ba por en­tre los ár­bo­les y ca­si siem­pre des­apa­re­cía en al­gún mo­men­to de mi sue­ño, era una hem­bra jo­ven con se­nos re­don­dea­dos y al­tos, el vien­tre más bien plano y las ca­de­ras an­chas.

Mi hi­jo, ese día se ha­bía ido a pes­car de­ján­do­me pa­ra siem­pre su pues­to va­cío.

Se­guí tra­ba­ján­do­la, dan­do for­ma al ba­rro. Lle­gué al ros­tro, le in­ven­té unos ojos noc­tur­nos, unos la­bios car­no­sos y un ca­be­llo lar­go y li­so que le lle­ga­ba a las cor­vas. Me es­for­cé por re­cor­dar la pri­me­ra vez que la ha­bía cru­za­do en me­dio de un sue­ño; lle­va­ba di­bu­jos en to­do el cuer­po. Era una mu­jer de otros tiem­pos. En­ton­ces le tra­cé en el ba­rro las lí­neas de los pá­ja­ros, de los ríos y las cas­ca­das. Mi hi­jo aguar­da­ba por ella a la ori­lla del río. Le di la vuel­ta a la pie­za pa­ra com­pro­bar ha­ber­la ter­mi­na­do. Ya so­lo me fal­ta­ba me­ter­la al fue­go y co­cer­la. Al vol­tear­la, su­pe que atrás, ba­jo el ca­be­llo lar­go y os­cu­ro, ten­dría que po­ner­le una se­gun­da ca­ra. To­mé el pin­cel de ca­be­llo de ni­ño, el más fino que tu­ve, y fui di­bu­jan­do so­bre el otro ros­tro to­da­vía blan­quea­do. No hi­ce lí­neas que re­pre­sen­ta­ran aves, ni

ser­pien­tes, ni plan­tas. No, no le di­bu­jé lo que yo veía en mi sel­va, sino otras for­mas y sin que mi mano tem­bla­ra.

Cuan­do ella lle­gó por fin a la ori­lla don­de pes­ca­ba mi hi­jo, lu­cía can­sa­da. An­du­vo cer­ca su­yo pro­cu­ran­do no de­jar hue­lla, evi­tan­do pi­so­tear la ma­le­za pa­ra que él no se per­ca­ta­ra. Se que­dó pri­me­ro en si­len­cio, es­pe­ran­do el ins­tan­te más opor­tuno pa­ra abor­dar­lo, ace­chán­do­lo. En­ton­ces, le lle­gó el mo­men­to. So­lo ella lo sa­bía. Se le acer­có to­da man­sa, ca­si ca­biz­ba­ja, co­mo si él fue­ra el amo.

Mi hi­jo la in­vi­tó a sen­tar­se en el ban­co de tron­co. Ella acep­tó, agra­de­ci­da. Le ofre­ció al­go de chi­cha en un cuen­co de ba­rro. Ella lo to­mó con las dos ma­nos, la be­bió bas­tan­te des­pa­cio. Lue­go se lo de­vol­vió con su­mo cui­da­do.

“Tus pin­tu­ras”, le di­jo, se­ña­lán­do­le con un ges­to ca­si im­per­cep­ti­ble del ín­di­ce las lí­neas que la hem­bra te­nía en el ros­tro, “no son las nues­tras, las de es­ta sel­va”. Aque­llos lu­ga­res eran los que yo le ha­bía crea­do, mun­dos don­de se po­día ha­blar con los ríos, los montes y los ani­ma­les.

Él tam­bién vio su pe­lo muy lar­go y so­ñó con per­der su mano en él, así... So­la­men­te to­car­lo.

Tal co­mo yo la ha­bía so­ña­do, ella le dio pri­me­ro la me­jor ca­ra. Él fue le­yen­do en ella mis tra­zos, los mis­mos que le con­ta­ron de se­res em­plu­ma­dos, cu­bier­tos de con­chas, de es­ca­mas, de raí­ces. Pu­do ver­los, ha­blar­les, y sin­tió que le lle­ga­ba el de­seo de am­bos, de su cuer­po y de su sel­va. Le gus­tó su olor, su ri­sa, sus ríos. La mu­jer lo vio con sus ojos noc­tur­nos, se lle­vó el ca­be­llo de un la­do a otro por so­bre los hom­bros, ce­dien­do a su avan­ce, in­de­fen­sa. Y él se atre­vió a su­mer­gir la mano en su sel­va. Vino a cam­bio la otra ca­ra y fue la de la hem­bra en ce­lo, la de la fie­ra a la es­pal­da. Si­guie­ron los zar­pa­zos, la san­gre, el gri­to, el ru­gi­do y ese olor pes­ti­len­te de fau­ces abier­tas. Le hin­có a mi hi­jo las ga­rras y dien­tes en su ple­na vi­da. Mi hi­jo mu­rió.

La vi des­pués di­ri­gién­do­se al río, en don­de se la­mió en­te­ra y la­vó sus he­ri­das. So­se­ga­da, re­gre­só a la sel­va de don­de ha­bía sur­gi­do. Fue de­jan­do su hue­lla tras su pa­so: tres ara­ña­zos pro­fun­dos en los tron­cos de los ár­bo­les más re­sis­ten­tes y grue­sos

Be­lém Mu­riel na­ció en Qui­to, don­de re­si­de ac­tual­men­te tras un pa­rén­te­sis de diez años en Pa­rís. Can­tan­te y es­cri­to­ra, aca­ba de pu­bli­car el li­bro de re­la­tos Dia­rio de es­cri­tu­ra.

Newspapers in Spanish

Newspapers from Ecuador

© PressReader. All rights reserved.