Car­ta del edi­tor

Ecuador Terra Incognita - - CARTA DEL EDITOR -

El can­to de los au­lla­do­res es el so­ni­do más so­bre­co­ge­dor del bos­que tro­pi­cal. A la dis­tan­cia, el vo­ce­río de las tro­pas desafián­do­se la una a la otra se es­cu­cha co­mo un hu­ra­cán que se apro­xi­ma. El es­truen­do de un ma­cho a po­ca dis­tan­cia, es­tre­me­ce. Ha­ce cin­cuen­ta años es­tos au­lli­dos eran par­te del pai­sa­je so­no­ro de la Cos­ta, re­co­no­ci­dos por la ma­yo­ría de la gen­te. Con la ex­pan­sión de la agroin­dus­tria –ba­nano, ca­fé, ca­ma­ro­nes, pal­ma afri­ca­na– a par­tir de los años cin­cuen­ta, más del 90% de los bos­ques na­ti­vos oc­ci­den­ta­les des­apa­re­cie­ron, y con ellos, sus ha­bi­tan­tes sil­ves­tres. En la ac­tua­li­dad, co­mo que­da pa­ten­te en la crónica de Ire­ne Duch y Ju­lia­na Sal­ce­do que pu­bli­ca­mos, los au­lla­do­res ne­gros aguan­tan con­fi­na­dos a los po­cos par­ches de bos­ques en ce­rros y que­bra­das, y ma­nio­bran co­mo pue­den en­tre ellos pa­ra so­bre­vi­vir.

Las au­sen­cias tam­bién re­tum­ban en la des­apa­ri­ción de otro co­ro: el de las ri­sas y los jue­gos de los ni­ños. En me­dio de es­te si­len­cio la­pi­da­rio per­sis­te La Cié­ne­ga, co­mu­na cam­pe­si­na en los con­fi­nes de San­ta Ele­na ale­ja­dos del mar. Las se­quías, la po­bre­za y la atrac­ción de los res­plan­do­res de la ciu­dad han mer­ma­do la po­bla­ción de es­te pue­blo has­ta de­jar­la en una do­ce­na de sep­tua­ge­na­rios. El sa­gaz len­te de San­tia­go Ar­cos vie­ne do­cu­men­tan­do es­tas so­le­da­des du­ran­te sie­te años, so­le­da­des pun­tea­das por el anual retorno de los exi­lia­dos pa­ra ce­le­brar a sus muer­tos. El re­tra­to re­sul­tan­te es dra­má­ti­co e iró­ni­co a la vez.

Cuando de iro­nías se tra­ta, nin­gu­na co­mo la de una igle­sia cons­trui­da por el dia­blo. Pa­só con San Francisco de Qui­to, gra­cias a la pi­car­día de uno de los per­so­na­jes más en­tra­ña­bles de nues­tras le­yen­das: Can­tu­ña, el albañil que es­con­dió la pie­dra que hu­bie­ra se­lla­do el cum­pli­mien­to del con­tra­to y la con­de­na de su al­ma. Los efec­tos del tiem­po –ter­gi­ver­sa­ción y ol­vi­do– han ocul­ta­do al per­so­na­je his­tó­ri­co que dio pie al mi­to. Los her­ma­nos Ka­rolys com­bi­nan la in­da­ga­ción de ar­chi­vos y la ilustración pa­ra re­ve­lar los ma­ti­ces de su vi­da a la siem­pre ávi­da cu­rio­si­dad de nues­tros lec­to­res.

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