EL AR­GU­MEN­TO

Expresiones - - Butaca (i) -

Sie­te ami­gos, me­no­res de edad, han fun­da­do El club de los per­de­do­res. Ellos son Bill (Jae­den Lie­ber­her), me­lan­có­li­co y pen­sa­ti­vo. Geor­gie (Jack­son Ro­bert Scott) es su her­mano y co­rre pe­li­gro; Ben (Je­remy Ray Tay­lor), Be­verly (Sop­hia Li­llis), úni­ca mu­cha­cha del gru­po; Stan­ley, ni­ño ju­dío (Wyatt Oleff); Mi­ke, un afro­ame­ri­cano (Cho­ser Ja­cob); Ri­chie (Finn Wolf­hard) y Ed­die (Jack Dy­lan Gra­zer). Son los años 80 y vi­ven en Derry, pe­que­ño pue­blo lo­ca­li­za­do en Mai­ne. Pró­lo­go que sir­ve pa­ra re­cor­dar otra cin­ta: Cuen­ta­con­mi­go (1986). El si­tio es idí­li­co, lleno de pai­sa­jes. La her­man­dad tie­ne en al­to gra­do la amis­tad y de­ben en­fren­tar­se con los ma­to­nes de la es­cue­la. Sus vi­das dan un gi­ro ines­pe­ra­do; so­bre ellos se cier­ne una gran ame­na­za: ex­tra­ñas muer­tes ge­ne­ran pá­ni­co, te­rror en­tre sus ha­bi­tan­tes. El club uni­rá es­fuer­zos pa­ra bus­car al ase­sino.

ner el rit­mo y ha­cer una apo­lo­gía de la amis­tad, del te­rror. So­bre­sa­len las es­ce­nas de ata­que, y la vio­len­cia, aun­que gro­tes­ca, se une a la tra­ma con pre­ci­sión.

Las ac­tua­cio­nes son bue­nas y Bill Skars­gárd ( Ató­mi­ca, 2017), en el rol de pa­ya­so Penny­wi­se, tam­bién ca­li­fi­ca­do de ‘ Eso’, es sím­bo­lo de mal­dad y per­ver­sión. El ac­tor le aña­de a su per­so­na­je el tono de voz apro­pia­do y un ma­qui­lla­je blan­co que lo ha­ce fan­tas­mal, de­pra­va­do.

Va­ya a ver­la. Es una mues­tra de lo que es un buen ci­ne de te­rror y opor­tu­ni­dad pa­ra ad­mi­rar la ex­ce­len­te apli­ca­ción

de la téc­ni­ca di­gi­tal.

NO­TA AL MAR­GEN. Se di­ce que Step­hen King ba­só su obra en un he­cho real: En­tre 1972 y 1978, John Way­ne Gacy Jr. fue un ase­sino en se­rie que se­cues­tró, vio­ló y ase­si­nó a 33 ado­les­cen­tes. A 26 en­te­rró en el só­tano y tres en otros lu­ga­res de su ca­sa. Cua­tro fue­ron bo­ta­dos en un río. Con­de­na­do a muer­te, fue eje­cu­ta­do el 10 de ma­yo de 1999. Mien­tras le po­nían la in­yec­ción le­tal gri­tó: “¡ Ma­tán­do­me no los re­vi­vi­rán!”. Pa­ra sus crí­me­nes se dis­fra­za­ba de Po­go, el pa­ya­so, ma­qui­lla­je con el cual ani­ma­ba es­pec­tácu­los y fiestas in­fan­ti­les.

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