“Con mi poe­sía mo­ti­vo a las mu­je­res a ser due­ñas de su vi­da”

LA ASAMBLEÍSTA HA­BLA DE SU NUE­VO LI­BRO DE POE­SÍA, SU GRAN PA­SIÓN DES­DE LA IN­FAN­CIA. CON­FIE­SA QUE HOY AMA SIN MIE­DOS.

Semana (Ecuador) - - Entrevista - Ma­ría Jo­se­fa Co­ro­nel ma­ria­jo­se­fa­co­ro­nel@hot­mail.com Agra­de­ci­mien­to. Fotos: Juan Faus­tos. Producción y es­ti­lis­mo: Gia­ne­lla Mu­ñoz. Ves­tua­rio: Lu by Lo­li­ta en C. C. Rio­cen­tro En­tre­ríos. Ma­qui­lla­je: Clau­dia López (IG: @clau­lo­pez­ma­keup). Pei­na­do: Mo­re­lia Zú­ñig

La aventura de la vi­da de Cris­ti­na Re­yes cru­za por la ru­ta de la pa­sión. He­mos vis­to su pa­la­bra apa­sio­na­da en lo pú­bli­co y nos acer­ca­mos a una pa­sión dis­tin­ta en la pa­la­bra es­cri­ta de su poe­sía. Una poe­sía que nues­tra in­vi­ta­da ca­li­fi­ca co­mo “unos ver­sos más adul­tos, re­bel­des y eró­ti­cos”.

¿Cuán­do des­cu­brió su ve­na poé­ti­ca?

He te­ni­do siem­pre un in­ten­so de­seo de ex­plo­rar la vi­da in­clu­so desafian­do los mie­dos pro­pios o con­di­cio­na­dos por la so­cie­dad. De esa bús­que­da den­tro de mí sur­gió un po­der re­ve­la­dor. Po­der de sa­nar, de trans­for­mar la vi­da, de re­be­lar­me a los fan­tas­mas, pe­ro tam­bién un al­tar pa­ra ve­ne­rar las he­ri­das, el desamor, las in­dul­gen­cias del do­lor ex­pues­to. La poe­sía abre una ca­ja de Pan­do­ra y no hay re­torno a una vi­da sen­ci­lla.

Si de sen­ci­llez se tra­ta, ¿no es más sen­ci­llo de­cir lo mis­mo en pro­sa?

Lo fun­da­men­tal es de­cir las co­sas con ho­nes­ti­dad. La poe­sía no es pa­ra en­re­dar las co­sas, es pa­ra dar­le ma­gia, tan­to a la vi­da co­mo al des­ca­ro. Pa­ra ser re­bel­des con la uni­for­mi­dad. Pa­ra dar­le sen­ti­do a lo sim­ple co­mo a lo com­ple­jo. Es sem­brar en el al­ma. Y des­per­tar con­cien­cias. Ese má­gi­co po­der me ha si­do otor­ga­do y lo cul­ti­vo a fue­go len­to.

¿Y qué tal de­di­car­se de lleno a la vi­da lle­na de li­te­ra­tu­ra, de poe­sía?

Qui­zá en la ‘se­gun­da ju­ven­tud’ que le lla­ma­ré mis días de cal­ma. En re­ci­ta­les, en con­fe­ren­cias, en en­cuen­tros con aque­llos que se en­tre­gan a la vi­da con ale­gría y he­ri­das a cues­tas. Ten­go un poema de­di­ca­do a los crí­ti­cos, la ca­rre­ra li­te­ra­ria y sus desafíos. Hoy mi sue­ño de vi­da, mi vo­ca­ción, mis es­fuer­zos es-

tán en la po­lí­ti­ca co­mo un ofi­cio pa­ra ser­vir y so­ñar en un Ecua­dor de edu­ca­ción, cul­tu­ra, em­pren­di­mien­to. De res­pe­to a la di­ver­si­dad. Y pa­ra ese país de­di­co mis es­fuer­zos lu­chan­do por ideas, fuer­za y dig­ni­fi­can­do a la po­lí­ti­ca. No me im­por­tan los obs­tácu­los. Li­de­raz­go fe­me­nino en cons­truc­ción.

¿Cris­ti­na, es­tá ena­mo­ra­da?

Uno se enamo­ra de las co­sas bo­ni­tas, de lo ro­mán­ti­co, de las cur­si­le­rías. ¿De cuán­tas fan­ta­sías y más­ca­ras nos he­mos enamo­ra­do? Lo di­fí­cil es amar a las per­so­nas por lo que son, sa­nar sus he­ri­das sin que es­tas te las­ti­men, amar por lo que nos ins­pi­ran, por im­pul­sar ge­ne­ro­sa­men­te las alas a vo­lar por las pa­sio­nes de la vi­da. Eso es lo di­fí­cil. Me ha cos­ta­do lle­gar a ese pun­to. Me es­tre­llé mu­chas ve­ces por es­tar ena­mo­ra­da. Hoy amo sin mie­do y pa­re­ce lo mis­mo, pe­ro es aún me­jor. El amor es un don de mi­sio­nes com­ple­jas.

¿Co­mo cuá­les?

Las ad­ver­si­da­des co­mo la en­fer­me­dad, un pro­ble­ma la­bo­ral. Mi­sio­nes di­fí­ci­les hay va­rias. La con­vi­ven­cia es una de las más com­ple­jas.

Se di­ce que el amor pue­de vi­si­tar­nos al­gu­nas ve­ces, pe­ro que una so­la vez se que­da y es cuan­do em­pe­za­mos a cre­cer. ¿Cree us­ted que así fun­cio­na?

No se pue­de li­mi­tar el apren­di­za­je a una so­la per­so­na. No so­lo el amor te ha­ce cre­cer. La ad­ver­si­dad tam­bién. Desafiar los mie­dos... La ex­pe­rien­cia en es­ta di­men­sión te­rre­nal es la es­cue­la per­fec­ta pa­ra apren­der. A ve­ces so­mos maes­tros y otras, alum­nos. El amor pue­de dar tan­ta pa­sión co­mo do­lor sin lí­mi­tes. El amor de pa­re­ja es una gran es­cue­la, pe­ro no es la úni­ca.

¿El amor la ha cam­bia­do?

El amor no so­lo me cam­bia a mí, sino to­do lo que to­ca. Cam­bia a la hu­ma­ni­dad. En me­dio del do­lor lo vuel­ve to­do vir­tuo­so. No juz­ga; abra­za, siem­bra...

¿Des­de ni­ña en­ton­ces la poe­sía to­có su co­ra­zón?

Des­de ni­ña fui muy so­ña­do­ra. Ha­bía al­go en mi co­ra­zón que me con­vo­ca­ba a tras­cen­der, a atre­ver­me a lu­char. La poe­sía tie­ne el don de dar vi­da a los sue­ños. Y no pre­ten­do mos­trar­me es­pe­cial, ten­go pro­fun­das du­das, co­mo to­do ser hu­mano, y mie­dos por ven­cer. Pe­ro cuan­do me po­nía a es­cri­bir co­mo mu­cha­cha atre­vi­da y sen­tía el vér­ti­go del pa­pel va­cío, co­mo el es­ce­na­rio al ar­tis­ta... Soy ha­da y bru­ja de mis pro­pios cuen­tos, nun­ca tan reales co­mo mi vi­da.

La vi­da que lle­va es…

Li­bre y de apren­di­za­je. To­do es ga­nan­cia en mi vi­da. To­do sir­ve. De to­do apren­des.

¿Quién la ins­pi­ró pa­ra la poe­sía?

Nun­ca ol­vi­da­ré a mi abue­lo y su bi­blio­te­ca, im­bui­do en sus li­bros de his­to­ria. Sus via­jes por el mun­do y su ho­nes­ta vi­da pú­bli­ca. Él era mi re­fe­ren­te. Pe­ro la ins­pi­ra­ción va más allá. Son mo­men­tos sa­gra­dos, de fre­ne­sí o has­ta de es­tam­pi­das de ra­bia que em­pie­zan a mo­ver la mano y vol­ver­se poema. Uno no sa­be cuán­do lle­ga ni cuán­do se va. Mu­chas ve­ces vie­ne en for­ma de amor o de mons­truo. Pe­ro la ins­pi­ra­ción es de esas co­sas que, co­mo di­jo Pi­cas­so, de­ben en­con­trar­te tra­ba­jan­do.

A Cris­ti­na le ha lle­ga­do la ins­pi­ra­ción tra­ba­jan­do. Nos cuen­ta que un día mien­tras in­ter­cam­bia­ba opi­nio­nes con un asambleísta ofi­cia­lis­ta es­cri­bió el poema ‘Yo no soy tu com­pa­ñe­ro’. “Hay gen­te que al leer­lo cree que lo he es­cri­to pa­ra un exa­man­te”, nos co­men­ta mien­tras son­ríe y lle­va ha­cia atrás su lar­ga ca­be­lle­ra ru­bia.

Es su cuarto li­bro de poe­mas. ¿Cuá­les son las di­fe­ren­cias con el pri­me­ro?

Es­te úl­ti­mo li­bro es más vi­vi­do, atre­vi­do y eró­ti­co. Es­cri­bo des­de lo que me pa­sa a mí, pe­ro tam­bién me ins­pi­ro en los de­más. Re­co­noz­co que en el pri­mer li­bro pue­des ver a una per­so­na ena­mo­ra­da del ro­man­ti­cis­mo, del prín­ci­pe que una pien­sa que te va a sal­var… y sa­be­mos aho­ra que es una la que ter­mi­na sal­van­do (ríe). Fue un li­bro de mu­cha pu­re­za, de ese amor no vi­vi­do. Es­te úl­ti­mo li­bro es más trans­gre­sor, más re­bel­de, eró­ti­co.

La po­lí­ti­ca se tro­pie­za con el amor y… … Co­sa ra­ra, por ejem­plo, cuan­do se ha­bla de aman­tes se ha­bla de mu­je­res, pe­ro en el ca­so de Ma­nue­la Sáenz, el aman­te era él, pues ella era la ca­sa­da. Mis li­bros tra­tan de reivin­di­car a es­ta mu­jer pa­trio­ta.

Amor, po­lí­ti­ca y ser mu­jer atrac­ti­va. ¿Obs­tácu­los o ven­ta­jas?

Re­ci­bo mu­cho ca­ri­ño de la gen­te en ge­ne­ral. Me gus­tan los abra­zos que me re­ga­lan en los even­tos y en la ca­lle, los sien­to co­mo una gran gra­ti­fi­ca­ción.

Ce­rra­mos la charla con te­mas que se que­da­ron al ini­cio, co­mo el con­ven­cio­na­lis­mo de cier­tas ma­dres de fa­mi­lia al edu­car­nos. ¿Cris­ti­na Re­yes es con­ven­cio­nal?

Cla­ro que de­bo de te­ner con­ven­cio­na­lis­mos, pues pro­ven­go de una edu­ca­ción ca­tó­li­ca de tre­ce años en el co­le­gio de una ma­dre y abue­la ca­tó­li­ca. Pe­ro me he ve­ni­do li­be­ran­do de to­do ello y no he per­mi­ti­do que dog­mas re­li­gio­sos me im­pi­dan vi­vir con li­ber­tad.

¿Pa­ra us­ted ser ca­tó­li­ca es si­nó­ni­mo de ser con­ven­cio­nal?

No ne­ce­sa­ria­men­te. La re­li­gión es un ca­mino es­pi­ri­tual, pe­ro de lo que hay que te­ner cui­da­do es del fa­na­tis­mo.

¿Ca­li­fi­ca­ría a su vi­da de exi­to­sa?

La fe­li­ci­dad no es un te­ma y, sin que­rer ha­cer un dra­ma, di­go que hay co­sas que due­len, pe­ro in­ten­to ser fe­liz y dar fe­li­ci­dad. Sien­to que voy por un ca­mino en el que voy apren­dien­do.

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