BO­DA MÓ­NI­CA GARCÍA

Su ro­mán­ti­ca ce­le­bra­ción To­dos los de­ta­lles de

Hola El Salvador - - Contenido - Tex­to: AMAN­DA RODAS Y VA­NES­SA BA­RRA­ZA Fo­to­gra­fías: LUIS VA­LEN­CIA STU­DIO Wed­ding plan­ner: MA­RÍA LUI­SA SA­MA­YOA, ÁM­BI­TO

SEIS AÑOS atrás, un ami­go de Mó­ni­ca García la lle­vó en una ci­ta a cie­gas pa­ra co­no­cer al hom­bre que se con­ver­ti­ría en el amor de su vi­da: Al­ber­to Castillo. Se­gún cuen­ta la re­cién ca­sa­da, lo su­yo fue amor a primera vis­ta, se co­no­cie­ron y la quí­mi­ca fue in­ne­ga­ble, es más, les fue inevi­ta­ble enamo­rar­se.

Co­mo en to­da his­to­ria, siem­pre hay prue­bas, la de ellos fue man­te­ner una re­la­ción a dis­tan­cia por más de tres años. Era di­fí­cil es­tar se­pa­ra­dos, pero am­bos sa­bían que lo que te­nían no se en­con­tra­ba en cual­quier par­te.

En­tre­ga­ron su re­la­ción a las ma­nos de Dios y se unie­ron en ma­tri­mo­nio. Lo ce­le­bra­ron con una fies­ta a la que asis­tie­ron 230 in­vi­ta­dos, don­de se­gún cuen­ta Mó­ni­ca, se des­bor­dó ca­ri­ño y fe­li­ci­dad. La de­co­ra­ción ele­gan­te y cá­li­da, pro­pi­ció una ve­la­da inol­vi­da­ble.

—Su amor fue con ce­les­ti­na y to­do.

—Sí. Nos pre­sen­tó un ami­go en co­mún ha­ce seis años atrás. Yo que­dé de sa­lir con mi ami­go, y él lle­gó con Al­ber­to. Lo co­no­cí, y en lo pri­me­ro que pen­sé fue que era muy gua­po… Des­de en­ton­ces em­pe­za­mos a ha­blar de nues­tras

Aun­que la dis­tan­cia los se­pa­ró por tres años, los no­vios ven­cie­ron ca­da obs­tácu­lo pa­ra per­ma­ne­cer siem­pre jun­tos

Co­mo en to­da his­to­ria, siem­pre hay prue­bas, la de ellos fue man­te­ner una re­la­ción a dis­tan­cia por más de tres años. Era di­fí­cil es­tar se­pa­ra­dos, pero am­bos sa­bían que lo que te­nían no se en­con­tra­ba en

cual­quier par­te. «La pa­sa­mos in­creí­ble, fue un día inol­vi­da­ble. Dis­fru­ta­mos ca­da mo­men­to de nues­tra bo­da con nues­tros ami­gos y nues­tra fa­mi­lia, fue un día lleno de amor y ale­gría, no so­lo de no­so­tros sino que de to­dos los in­vi­ta­dos»

vi­das, y a co­no­cer­nos. Hi­ci­mos click des­de el pri­mer ins­tan­te y po­co a po­co nos enamo­ra­mos.

—La ter­mi­nó de enamo­rar con su per­so­na­li­dad, me ima­gino.

—¡De­fi­ni­ti­va­men­te! Una de las co­sas que más me gus­tan de él son los de­ta­lles, no se le es­ca­pa na­da cuan­do se tra­ta de al­go es­pe­cial. —¿Có­mo fue la pro­pues­ta?

—Fue en el mar. De la for­ma más inol­vi­da­ble…El 2 de agos­to del año pa­sa­do, me lle­vó en un ve­le­ro pa­ra un ‘’Sun­set Crui­se’’ en una pla­ya lla­ma­da Pen­sa­co­la, en Flo­ri­da. Era un atar­de­cer per­fec­to, es­tá­ba­mos en la pun­ta del ve­le­ro (proa), y Al­ber­to me co­lo­có de es­pal­das mien­tras me abra­za­ba. De re­pen­te po­co a po­co se ale­jó, y me di­jo: «Mi amor da­te la vuel­ta”, lo hi­ce y lo vi arro­di­lla­do con el ani­llo en la mano y me di­jo: «Cá­sa­te con­mi­go». —¡Qué emo­ción!

—No sé ni có­mo ex­pre­sar­lo. Mi co­ra­zón co­men­zó a la­tir a mil, fue un mo­men­to inex­pli­ca­ble y fui la mu­jer más fe­liz del mun­do. Le di­je, sin pen­sar­lo dos ve­ces “Sí”.

—De ahí, ¿cuán­to tiem­po pa­só has­ta la bo­da?

—Sie­te me­ses des­pués.

—¿Có­mo fue­ron los pre­pa­ra­ti­vos de bo­da?

— Fue­ron mo­men­tos lle­nos de emo­cio­nes, des­de es­trés has­ta fe­li­ci­dad. Na­da hu­bie­ra si­do po­si­ble sin la ayu­da de la wed­ding plan­ner Ma­ría Lui­sa, mi ma­mi y mis her­ma­nas, quie­nes fue­ron un pi­lar im­por­tan­te en ca­da de­ci­sión de la bo­da, y me ayu­da­ron a cui­dar y a ha­cer reali­dad ca­da uno de los de­ta­lles que te­nía pla­nea­dos pa­ra la bo­da.

—La de­co­ra­ción, ¿era lo que es­pe­ra­ba?

—To­tal­men­te. Pa­ra la de­co­ra­ción que­ría lo­grar un am­bien­te romántico y ele­gan­te que re­fle­ja­ra mi per­so­na­li­dad y la de Al­ber­to. Uno de los prin­ci­pa­les de­ta­lles que que­ría lo­grar es que la ilu­mi­na­ción de la re­cep­ción fue­ra a la luz de las ve­las. Una de mis co­sas fa­vo­ri­tas fue el área del deck, don­de ha­bía col­ga­do fo­lla­je ver­de con bo­li­tas de cris­tal y una ve­li­ta aden­tro de ca­da una, ha­cía ver el lu­gar más lin­do de lo que era.

«El pri­mer ves­ti­do que me me­dí re­sul­to sien­do mi ves­ti­do… Tu­ve la apro­ba­ción de mi ma­má, mi her­ma­na y dos ami­gas que me

acom­pa­ña­ban» «En es­te tiem­po de ca­sa­dos han si­do los días más fe­li­ces, el sa­ber que va­mos a pa­sar la vi­da jun­tos sien­do me­jo­res ami­gos, y que so­mos el amor de nues­tras vi­das nos lle­na de fe­li­ci­dad y de ilu­sio­nes por el ca­mino que es­ta­mos em­pe­zan­do a re­co­rrer»

—Y el ves­ti­do, ¿le fue di­fí­cil de­ci­dir­se?

—In­creí­ble­men­te, no fue así. Ya te­nía una idea de lo que que­ría. Cuan­do lle­gué a la bou­ti­que don­de lo com­pré, ele­gí co­mo 10 ves­ti­dos que me que­ría me­dir. Cuan­do me pre­gun­ta­ron por cuál que­ría em­pe­zar, di­je que que­ría em­pe­zar por el or­den en el que los ele­gí y el pri­mer ves­ti­do que me me­dí re­sul­to sien­do mi ves­ti­do… Tu­ve la apro­ba­ción de mi ma­má, mi her­ma­na y dos ami­gas que me acom­pa­ña­ban.

—¿Có­mo la pa­sa­ron el día de la bo­da?

—La pa­sa­mos in­creí­ble, fue un día inol­vi­da­ble. Dis­fru­ta­mos ca­da mo­men­to de nues­tra bo­da con nues­tros ami­gos y nues­tra fa­mi­lia, fue un día lleno de amor y ale­gría, no so­lo de no­so­tros sino que de to­dos los in­vi­ta­dos.

—¿Cuál fue el mo­men­to más es­pe­cial?

—Hu­bo un mo­men­to de emo­ción, que mar­có, no só­lo mi co­ra­zón ni el de Al­ber­to, sino el de to­dos los que es­ta­ban pre­sen­tes, una car­ta que mi her­ma­na mayor le­yó en nom­bre de mi ma­má lle­na de pa­la­bras tan úni­cas tan emo­cio­na­les y con­mo­ve­do­ras, y que ja­más lo ol­vi­da­ré, por­que se que­dó plas­ma­do en mi co­ra­zón pa­ra siem­pre. —¡Qué mo­men­to!

—Fue el más emo­ti­vo…pero hu­bo otro tam­bién, al mo­men­to del bai­le (el de no­so­tros, el de mi pa­pá y yo, y su ma­má y él), me sor­pren­dió con una llu­via de fue­gos ar­ti­fi­cia­les. Sus de­ta­lles siem­pre ha­cen más fe­li­ces mis días.

—¿Có­mo ha si­do la ex­pe­rien­cia del ma­tri­mo­nio?

—En es­te tiem­po de ca­sa­dos han si­do los días más fe­li­ces, el sa­ber que va­mos a pa­sar la vi­da jun­tos sien­do me­jo­res ami­gos, y que so­mos el amor de nues­tras vi­das nos lle­na de fe­li­ci­dad y de ilu­sio­nes por el ca­mino que es­ta­mos em­pe­zan­do a re­co­rrer.

(SI­GUE)

«Era un atar­de­cer per­fec­to, es­tá­ba­mos en la pun­ta del ve­le­ro, y Al­ber­to me co­lo­có de es­pal­das mien­tras me abra­za­ba. De re­pen­te po­co a po­co se ale­jó, y me di­jo: «Mi amor da­te la vuel­ta”, lo hi­ce y lo vi arro­di­lla­do con el ani­llo en la mano y me di­jo: «Cá­sa­te con­mi­go»»

Mó­ni­ca po­sa es­plén­di­da con su cor­te de da­mas de ho­nor. To­das ves­ti­das con ele­gan­tes pie­zas en tono ro­sa cla­ro.

«Al mo­men­to del bai­le me sor­pren­dió con una llu­via de fue­gos ar­ti­fi­cia­les. Sus de­ta­lles siem­pre ha­cen más

fe­li­ces mis días» La pa­re­ja ce­le­bró su ma­tri­mo­nio con una fies­ta a la que asis­tie­ron 230 in­vi­ta­dos, don­de se­gún cuen­ta Mó­ni­ca, se des­bor­dó ca­ri­ño y fe­li­ci­dad. La de­co­ra­ción ele­gan­te y cá­li­da, pro­pi­ció

una ve­la­da inol­vi­da­ble.

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