BE­LÉN OBAN­DO Y JORGE BA­RAHO­NA

EN­TRA­MOS EN SU RO­MÁN­TI­CA Y ELEGANTE BO­DA NOS COM­PAR­TE SU LA­DO FA­MI­LIAR

Hola El Salvador - - Portada - Tex­to: AMANDA RO­DAS Fo­to­gra­fía: POR­TA­FO­LIO STU­DIO Wed­ding Plan­ner: BE­LÉN ES­QUI­VEL

“To­do el tiem­po que he­mos es­ta­do jun­tos ha si­do lleno de aven­tu­ras y bue­nos mo­men­tos”

«Jorge es un hom­bre que me ha en­se­ña­do a vi­vir día a día, a no te­ner mie­do de na­da. Con él he cum­pli­do to­dos mis

sue­ños»

C OMO si de una pe­lí­cu­la se tra­ta­ra, el he­cho que Jorge lle­ga­ra tar­de a una cla­se de fo­to­gra­fía le per­mi­tió co­men­zar a co­no­cer a Be­lén, quien era ju­ra­do. Así que le tu­vo que pe­dir per­mi­so pa­ra en­trar al sa­lón por no ser pun­tual ese día. Co­sas del des­tino. Pe­ro lo cier­to es que, des­de en­ton­ces, nun­ca de­ja­ron de ha­blar. Se hi­cie­ron ami­gos y así na­ció el amor. Be­lén vi­vió un tiem­po en Mia­mi, y Jorge la vi­si­ta­ba cuan­do po­día. La dis­tan­cia fue un fac­tor que les mar­có pa­ra for­ta­le­cer la re­la­ción, y apro­ve­cha­ban ca­da opor­tu­ni­dad pa­ra ver­se y dis­fru­tar­se. Así, sa­lían de ma­ne­ra es­pon­tá­nea, se iban a South Beach a cual­quier ho­ra, y siem­pre se la pa­sa­ban co­no­cien­do lu­ga­res nue­vos y res­tau­ran­tes. La pa­re­ja re­vi­vió con ¡HO­LA! los me­jo­res mo­men­tos de su so­ña­da bo­da, que es­tu­vo ins­pi­ra­da en la pi­car­día de los años 20’s. —¿Qué los atra­jo del otro?

—Jorge: Ade­más de su be­lle­za que cau­ti­va, Be­lén es una per­so­na que pien­sa en otros an­tes que en ella, es to­tal­men­te en­tre­ga­da y, más que to­do, me en­can­ta su in­te­li­gen­cia. Con ella he co­no­ci­do la fe­li­ci­dad más pu­ra.

—Be­lén: De Jorge me en­can­tó, ade­más de lo fí­si­co, su sen­ti­do del hu­mor, la pa­sión que le po­ne a las co­sas que ha­ce y sus de­ta­lles con­mi­go. Él es un hom­bre que me ha en­se­ña­do a vi­vir día a día, a no te­ner mie­do de na­da. Con él he cum­pli­do to­dos mis sue­ños. —¿Qué mo­men­to re­cuer­dan más co­mo no­vios?

—Jorge: De mis re­cuer­dos fa­vo­ri­tos es cuan­do Be­lén vi­vía en Mia­mi y yo iba a vi­si­tar­la. Gra­cias a Dios po­día via­jar a ver­la se­gui­do y así for­ta­le­ci­mos mu­cho nues­tra re­la­ción. ¡La pa­sá­ba­mos sú­per bien!

—Be­lén: To­do el tiem­po que he­mos es­ta­do jun­tos ha si­do lleno de aven­tu­ras y bue­nos mo­men­tos. En­tre mis re­cuer­dos fa­vo­ri­tos es­tán los de­ta­lles que Jorge ha te­ni­do con­mi­go en mis cum­plea­ños, co­mo lle­var­me se­re­na­ta y 150 ro­sas a me­dia no­che, o cuan­do me re­ga­ló una estrella por­que en una de mis pe­lí­cu­las fa­vo­ri­tas le re­ga­la­ban una estrella a la pro­ta­go­nis­ta y yo siem­pre ha­bía so­ña­do con eso. Así, hay mi­les de re­cuer­dos más,

gra­cias a Dios he­mos po­di­do via­jar, co­no­cer lu­ga­res nue­vos y vi­vir jun­tos mu­chos mo­men­tos en tres años de no­viaz­go. —¿Có­mo fue la pro­pues­ta?

—Jorge: Ha­bía­mos pla­nea­do un viaje pa­ra que ella co­no­cie­ra don­de na­cí y cre­cí. Fui­mos a Nort­ham­pton, en Nue­va York y a Bos­ton. Una de las no­ches en la Gran Man­za­na, la lle­vé a No­bu, uno de los me­jo­res res­tau­ran­tes de sus­hi, yo es­ta­ba sú­per ner­vio­so, su­da­ba y no pa­ra­ba de mo­ver­me; ella me pre­gun­ta­ba si es­ta­ba en­fer­mo o si me pa­sa­ba al­go. Yo no sa­bía ni qué con­tes­tar­le, só­lo eran los ner­vios de sa­ber lo que es­ta­ba a pun­to de ha­cer. Des­pués de la ce­na, la lle­vé al Empire Sta­te, y ahí prác­ti­ca­men­te co­rri­mos has­ta el úl­ti­mo pi­so; ella que­ría pa­rar en el mu­seo del edi­fi­cio o ir más des­pa­cio, pe­ro yo no la de­ja­ba de lo ner­vio­so que es­ta­ba. Ya cuan­do lle­ga­mos has­ta arri­ba, le di­je que se die­ra la vuel­ta pa­ra ver el ho­ri­zon­te y las lu­ces, cuan­do se gi­ró de nue­vo, yo te­nía el ani­llo y es­ta­ba tan ner­vio­so que ni le pre­gun­té si se que­ría ca­sar con­mi­go, só­lo le di­je que si es­ta­ba dis­pues­ta a so­por­tar­me el res­to de su vi­da, (Ri­sas).

—Be­lén: ¡Ni me acuer­do si le di­je que sí! Me pu­so el ani­llo y yo me pu­se a to­mar mil fotos con la ciu­dad de fon­do, de la emo­ción tam­bién me pu­se a llo­rar. To­do fue me­jor de có­mo lo so­ñé. Jorge pen­só en to­dos los de­ta­lles. Nue­va York es mi ciu­dad fa­vo­ri­ta y el Empire Sta­te siem­pre me ha gus­ta­do por su ar­qui­tec­tu­ra e his­to­ria. Mi ani­llo es de Bri­lliant Earth y el di­se­ño va sú­per bien con mi es­ti­lo. Ade­más, me en­can­ta que en BE, tan­to el oro co­mo los dia­man­tes, son ob­te­ni­dos

«Fue un día lleno de emo­cio­nes, ri­sas, lá­gri­mas, to­do. Me en­can­tó po­der com­par­tir el día más fe­liz de mi vi­da con nues­tros fa­mi­lia­res y ami­gos, ellos hi­cie­ron que el día fue­ra aún más es­pe­cial»

de for­ma so­cial y am­bien­tal­men­te res­pon­sa­ble, y una par­te de las ga­nan­cias de la com­pa­ñía son do­na­das a pro­gra­mas edu­ca­ti­vos en paí­ses en desa­rro­llo. Pa­ra am­bos es sú­per im­por­tan­te sa­ber que lo que com­pra­mos y usa­mos es­té de acuer­do con nues­tros va­lo­res. —¿Có­mo fue­ron los pre­pa­ra­ti­vos de la bo­da?

—Be­lén: Nos to­ma­mos to­do con cal­ma, ade­más ya sa­bía­mos lo que que­ría­mos, en­ton­ces no fue di­fí­cil de­ci­dir. Yo te­nía una car­pe­ta en Pin­te­rest don­de iba guar­dan­do fotos de to­dos los de­ta­lles que que­ría: los co­lo­res de la bo­da, los cen­tros de me­sa, la pis­ta de bai­le, la de­co­ra­ción, etc. Jorge me da­ba su opi­nión, pe­ro siem­pre de­jó que yo to­ma­ra ca­si to­das las de­ci­sio­nes. Hu­bo un to­tal de 350 in­vi­ta­dos.

—Jorge: Con­fié en su es­ti­lo por­que es bien pa­re­ci­do al mío, en­ton­ces no me me­tí tan­to por­que sa­bía que lo que ella de­ci­die­ra me iba a gus­tar, ade­más que­ría que ella tu­vie­ra la bo­da de sus sue­ños. En lo úni­co que sí tu­ve com­ple­to con­trol fue en las be­bi­das; no sé si fue lo me­jor por­que so­bra­ron bas­tan­tes bo­te­llas. —¿Cuál fue el con­cep­to que usa­ron?

—Be­lén: Des­de que es­ta­ba pe­que­ña me enamo­ré de los años 20, me en­can­ta la mo­da, el es­ti­lo y so­bre to­do la ar­qui­tec­tu­ra de esa épo­ca. Pa­ra la bo­da nos ins­pi­ra­mos en esa ar­qui­tec­tu­ra Art Dé­co, que se ca­rac­te­ri­za por las fi­gu­ras geo­mé­tri­cas, lí­neas rec­tas y los co­lo­res ne­gro, do­ra­do y blan­co. —¿Y el ves­ti­do, có­mo era?

—Be­lén: Es el ves­ti­do de mis sue­ños, lo com­pré en Co­ral Ga­bles Bri­dals; fue el pri­mer ves­ti­do que me pro­bé en esa tien­da. Una vez me lo vi pues­to, sa­bía que ese era con el que que­ría ca­mi­nar ha­cia el al­tar. Es de tul y en­ca­je fran­cés en cor­te A, de la co­lec­ción 2016 de Pro­no­vias.

—Jorge: Yo más o me­nos te­nía en men­te có­mo iba a ser, pe­ro su­peró mis ex­pec­ta­ti­vas com­ple­ta­men­te. Cuan­do la vi, no po­día con­te­ner la emo­ción y fe­li­ci­dad, se veía pre­cio­sa. —¿Y la fies­ta?

—Jorge: La pa­sa­mos bien, yo an­da­ba por to­dos la­dos bai­lan­do y can­tan­do con to­dos por­que es­ta­ba sú­per fe­liz.

—Be­lén: Sú­per bien. Fue un día lleno de emo­cio­nes, ri­sas, lá­gri­mas, to­do. Me en­can­tó po­der com­par­tir el día más fe­liz de mi vi­da con nues­tros fa­mi­lia­res y ami­gos, ellos hi­cie­ron que el día fue­ra aún más es­pe­cial. —¿Dón­de fue la lu­na de miel?

—Jorge: Con to­do el es­trés del tra­ba­jo y de pla­ni­fi­car la bo­da, qui­si­mos ir a un lu­gar don­de pu­dié­ra­mos re­la­jar­nos y pa­sar en la pla­ya to­do el día sin preo­cu­par­nos de na­da. El ho­tel don­de nos que­da­mos nos en­can­tó por­que la pla­ya era pri­va­da, te­nía bas­tan­tes res­tau­ran­tes ahí mis­mo y, la ver­dad, pa­sa­mos sú­per re­la­ja­dos.

—Be­lén: El ho­tel se lla­ma Se­crets Sil­ver­sands. El año pa­sa­do nos fui­mos de va­ca­cio­nes a Can­cún y nos que­da­mos enamo­ra­dos de Mé­xi­co y de la ca­de­na de ho­te­les Se­crets. Así que pa­ra la lu­na de miel, de­ci­di­mos via­jar a la Ri­vie­ra Ma­ya a otro ho­tel de la ca­de­na, a re­la­jar­nos en la pla­ya.

«El ves­ti­do de mis sue­ños lo com­pré en Co­ral Ga­bles Bri­dals, en Mia­mi, fue el pri­me­ro que me pro­bé en esa tien­da»

La pa­re­ja re­vi­vió con ¡HO­LA! los me­jo­res mo­men­tos de su so­ña­da bo­da, que es­tu­vo ins­pi­ra­da en la escencia de los años 20’s.

El even­to reunió a 350 per­so­nas en una no­che má­gi­ca, al me­jor es­ti­lo de los años 20. Tras el en­la­ce, la pa­re­ja via­jó a la Ri­vie­ra Ma­ya pa­ra dis­fru­tar de su lu­na de miel.

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