NIE­VES ÁLVAREZ «SI A UN HOM­BRE LE ASUS­TA ACER­CAR­SE A MÍ, ME­JOR QUE NO LO IN­TEN­TE, ¡ME GUS­TAN VA­LIEN­TES!»

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HAY una má­xi­ma que di­ce que «lo di­fí­cil no es lle­gar…, lo di­fí­cil es man­te­ner­se». Pues bien, Nie­ves Álvarez subió con to­do su es­fuer­zo y te­són has­ta lo más al­to del uni­ver­so de la mo­da, lo­gró en­ca­ra­mar­se a la ci­ma que tan po­cos co­no­cen y des­de en­ton­ces... de ahí no se ha mo­vi­do. La «top» es­pa­ño­la por ex­ce­len­cia ha lo­gra­do lo im­po­si­ble: se­guir, a sus cua­ren­ta y dos años, ins­ta­la­da en la cum­bre sin pa­rar de tra­ba­jar. Tan pron­to des­fi­la co­mo mu­sa de di­se­ña­do­res, co­mo se con­vier­te en la es­tre­lla de una cam­pa­ña o en la pro­ta­go­nis­ta de un gran es­treno, co­mo en es­tos días en Vi­to­ria, don­de acu­dió a la inau­gu­ra­ción de la nue­va tien­da de Por­ce­la­no­sa, to­do di­se­ño y van­guar­dia.

—¿Te apa­sio­na la de­co­ra­ción y el in­terio­ris­mo?

—Me apa­sio­nan. Co­noz­co la fa­mi­lia Por­ce­la­no­sa des­de ha­ce mu­cho tiem­po y sien­to por ellos to­do el ca­ri­ño y la ad­mi­ra­ción. Acom­pa­ñar­les a co­no­cer la nue­va tien­da en Vi­to­ria fue un ho­nor.

—¿Có­mo es tu ca­sa?

—Siem­pre he te­ni­do una gran vi­sión del es­pa­cio y aun­que no es lo más nor­mal, me en­can­tan las obras. Mi ca­sa tie­ne mu­chos de­ta­lles de ar­qui­tec­tu­ra sen­ci­llos y ele­gan­tes, pa­re­des cu­bier­tas de pie­dra con to­ques clá­si­cos. Me en­can­ta la épo­ca del «art dé­co».

—Ade­más su­pon­go que pa­ra ti es im­por­tan­te sen­tir­te en ca­sa…, ya que tu vi­da si­gue sien­do un no pa­rar.

—Paso mu­cho tiem­po con mis hi­jos y mis via­jes son ca­si fu­ga­ces.

—¿Có­mo vi­ven tus ni­ños te­ner una ma­má a la que ven en la tele, en anun­cios, mar­que­si­nas, re­vis­tas...?

—Es­tán fas­ci­na­dos aho­ra con la cam­pa­ña «Es­pa­ño­les he­chos de ta­len­to». Les im­pre­sio­na que su ma­dre es­té en Ti­mes Squa­re o en Lon­dres. Siem­pre di­cen: «Es que ma­má tra­ba­ja mu­cho».

—¿Có­mo te en­cuen­tras en es­ta nue­va eta­pa tras tu se­pa­ra­ción?

—Son eta­pas y ca­pí­tu­los que for­man par­te del li­bro de nues­tra vi­da. Lo vi­vo con na­tu­ra­li­dad y se­gu­ri­dad en ca­da paso que doy en mi ca­mino, se­re­na y tran­qui­la.

—Úl­ti­ma­men­te pa­re­ce que te es­tás con­vir­tien­do en una aban­de­ra­da de la sol­te­ría.

—No creo que la fe­li­ci­dad ple­na de una mu­jer se en­cuen­tre en pa­re­ja. La fe­li­ci­dad es es­tar bien con una mis­ma. Dis­fru­tar de la vi­da y de los mo­men­tos, y ahí es don­de me en­cuen­tro aho­ra. El amor apa­re­ce­rá... pe­ro no es mi prio­ri­dad en es­te mo­men­to.

—¿Has sen­ti­do al­gu­na vez que a los hom­bres qui­zá les da mie­do acer­car­se a ti?

—Siem­pre me di­cen que in­ti­mi­do por­que pa­rez­co se­ria y dis­tan­te… Yo no me veo así, pe­ro si lo que sien­te un hom­bre es mie­do a acer­car­se, me­jor que no lo in­ten­te, ¡me gus­tan va­lien­tes! (ri­sas).

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