El año en que fui­mos mun­dia­les

25 ans après l’Ex­po de Se­vi­lle et les J.O. de Bar­ce­lo­ne.

Vocable (Espagnol) - - Édito | Sommaire - POR LUZ SÁN­CHEZ-MELLADO

En 1992, l’or­ga­ni­sa­tion des Jeux Olym­pi­ques de Bar­ce­lo­ne et l’Ex­po­si­tion uni­ver­se­lle à Sé­vi­lle ont per­mis à l’Es­pag­ne de cris­ta­lli­ser l’at­ten­tion du mon­de en­tier. Ces deux évé­ne­ments ont chan­gé l'ima­ge de la pé­nin­su­le ibé­ri­que in­ter­na­tio­na­lle­ment Au mo­ment où l’Es­pag­ne s’ap­prê­te à cé­lé­brer les 25 ans de cet­te an­née char­niè­re, le pays a-t-il été à la hau­teur des pro­mes­ses ? Décry­pta­ge.

Si en 1992 hu­bie­ra ha­bi­do mó­vi­les y re­des so­cia­les, la me­mo­ria de aquel año se­ría un alu­vión de sel­fis de gen­te po­nien­do mo­rri­tos de­lan­te de la is­la de la Car­tu­ja en Se­vi­lla y del Es­ta­dio Olím­pi­co en Barcelona, y de memes de Cu­rro y Co­bi. En vez de eso, las fotos de esos fas­tos, vis­tas con nues­tros po­bres ojos cu­ra­dos de espanto, tie­nen el gla­mour de la tin­ta de los pe­rió­di­cos, el sa­ti­na­do de las re­vis­tas y los co­lo­ri­nes de las re­cién es­tre­na­das te­les pri­va­das. Ahí es­tá la fa­mi­lia real de en­ton­ces: el rey Juan Car­los, la rei­na So­fía, el prín­ci­pe Fe­li­pe —im­po­nen­te aban­de­ra­do en el des­fi­le de atle­tas— y las in­fan­tas Ele­na y Cris­ti­na. Exul­tan­tes de ju­ven­tud y ma­jes­tad co­mo si no hu­bie­ra un ma­ña­na. Pe­ro lo hu­bo, cla­ro. Y a esas fotos y a esa fa­mi­lia les ha pa­sa­do, co­mo a to­dos, un cuar­to de si­glo por en­ci­ma. Vein­ti­cin­co años con sus bo­das, di­vor­cios, funerales, glo­rias y mi­se­rias. Si en 1992 en Es­pa­ña nos creí­mos el cen­tro del mun­do, el mun­do, el tiem­po y las cri­sis nos han pues­to en nues­tro si­tio. 2.El 20 de abril del 92 ama­ne­ció es­plén­di­do en Se­vi­lla. En la ra­dio, el nú­me­ro 1 de los 40, 20 de abril del 90, de Cel­tas Cor­tos, una his­to­ria de sueños ro­tos, no iba con el am­bien­te. Se inau­gu­ra­ba la Ex­po­si­ción Uni­ver­sal, el pri­mer cohe­te de una tra­ca que si­guió el 25 de ju­lio con los Jue­gos de Barcelona, la ca­pi­ta­li­dad cul­tu­ral de Madrid y el Mu­seo Thys­sen, en­tre otros pe­tar­da­zos. Es­pa­ña vol­vía a asom­brar al glo­bo. El mu­ro de Ber­lín ha­bía caí­do en 1989 y, mien­tras Oc­ci­den­te bre­ga­ba con la cri­sis del Gol­fo, el vie­jo país ibé­ri­co, ca­paz de pa­sar de la dic­ta­du­ra a la mo­nar­quía par­la­men­ta­ria, un Go­bierno so­cia­lis­ta y 17 co­mu­ni­da­des au­tó­no­mas, de­di­ca­ba un in­gen­te cho­rro de fon­dos pú­bli­cos a epa­tar a pro­pios y ex­tra­ños. El AVE Ma­dri­dSe­vi­lla. La au­to­vía A-92. Puen­tes por un tu­bo. El Es­ta­dio Olím­pi­co. El Pa­lau Sant Jor­di. La fa­cha­da ma­rí­ti­ma de Barcelona. Y to­do, cuesta creer­lo, sin In­ter­net que va­lie­ra. A cam­bio, pa­sión co­lec­ti­va. Ilu­sión de país. Le­gí­ti­mo or­gu­llo de pue­blo. El ar­que­ro Re­bo­llo in­fla­man­do el pe­be­te­ro olím­pi­co con su fle­cha en lla­mas. La Fu­ra del Baus in­cen­dian­do co­ra­zo­nes sin más efec­to es­pe­cial que la ima­gi­na­ción y el en­sue­ño. La be­lle­za de los pa­be­llo­nes y el com­ple­jo mi­cro­cli­ma de la Ex­po, re­du­ci­do en la ca­ri­ca­tu­ra po­pu­lar a una nu­be de ro­cío que se eva­po­ra­ba an­tes de ro­zar las tes­tas y cu­ya adap­ta­ción ma­si­va arrui­na hoy los pei­na­dos del per­so­nal en terrazas de to­do pe­la­je.

LA OFER­TA

3.La ofer­ta enamo­ra­ba. En 1992, no se era na­die si no se iba a la Ex­po y/o los Jue­gos. Así, vino Fi­del Cas­tro, Gor­ba­chov, Mit­te­rrand, los so­sa­zos de Car­los y Dia­na de In­gla­te­rra y la to­té­mi­ca Ca­ro­li­na de Mó­na­co, por no ha­blar de los hé­roes olím­pi­cos, de Fermín Ca­cho a Carl Le­wis, que hi­cie­ron co­rrer to­ne­la­das de pa­pel sin más fa­llo que al­gún duen­de de im­pren­ta, se­gún Joan Ta­rri­da, di­rec­tor de pu­bli­ca­cio­nes del COOB 92 y hoy edi­tor de Ga­la­xia Gu­ten­berg.

4.Fue­ra, la fies­ta iba por ba­rrios, cla­ro. So­fía Ma­za­ga­tos, miss Es­pa­ña 92, bau­ti­za­ba la 'era del candelabro'. Ha­bía tra­ba­jo a es­puer­tas en los si­tios de los fas­tos. Los suel­dos —y los al­qui­le­res y los me­nús y las ca­mas— tri­pli­ca­ban a

los de aho­ra. Vic­to­rio y Luc­chino no da­ban abas­to a ven­der tra­jes de vo­lan­tes. Ro­cío Ju­ra­do e Im­pe­rio Ar­gen­ti­na ago­ta­ban el pa­pel de Aza­ba­che, ele­van­do la co­pla a los al­ta­res in­te­lec­tua­les. Los to­ros eran ci­ta obli­ga­da de afi­ción y postureo. En Barcelona, To­ni Mi­ró ves­tía a los mo­der­nos con cue­llos Mao y cha­que­tas deses­truc­tu­ra­das, y Ju­lio Igle­sias lle­na­ba el Pa­lau Sant Jor­di con el me va, me va, me va, por­que a la gen­te le iba. Atá­ba­mos los Co­bis —el pe­rri­to de Barcelona— con bu­ti­fa­rra y los Cu­rros —el pá­ja­ro de la Ex­po— con cha­ci­na fi­na. Fui­mos, o creí­mos ser, en fin, Ami­gos para siem­pre que can­ta­ban Los Ma­no­los.

CRI­SIS

5.El año des­pués, 1993, em­pe­zó la cuesta abajo con una cri­sis que iba a que­dar­se en de­pre­sión pos­coi­to con to­do lo que nos que­da­ba por ver con es­tos ojos. Las in­fan­tas se ca­sa­ron. Ele­na en Se­vi­lla, con un hidalgo que aca­ba­ría sien­do el pri­mer di­vor­cio de su ca­sa. Cris­ti­na, en Barcelona, con un me­da­llis­ta olím­pi­co que iba a rom­per para siem­pre el cuen­to de ha­das. Al ir ba­jan­do la ma­rea del des­pil­fa­rro, em­pe­zó a emer­ger la pon­zo­ña de la co­rrup­ción y la in­de­cen­cia. Po­co a po­co, per­di­mos la inocen­cia, los ner­vios y los pa­pe­les. Con la con­vul­sión del 11-M. Con la grie­ta de la de­pre­sión de 2007, de la que aún an­da­mos agua al cue­llo. Con la in­mo­la­ción de Za­pa­te­ro acep­tan­do los re­cor­tes de la UE. Con la eclo­sión del 15-M y los in­dig­na­dos. Con la ab­di­ca­ción del rey Juan Car­los tras 'la equi­vo­ca­ción' de Bot­sua­na. Con la de­ri­va se­pa­ra­tis­ta de mu­chos de quie­nes acla­ma­ron al prín­ci­pe Fe­li­pe, hoy rey de Es­pa­ña.

6.De la es­tam­pa fe­liz de 1992 que­da el re­cuer­do. Tam­bién el AVE, los puen­tes, las au­to­pis­tas. La mar­ca de Barcelona y Se­vi­lla en el ma­pa glo­bal que las tie­ne hoy to­ma­das por hor­das de tu­ris­tas que ocu­pan sus ca­mas le­ga­les o ile­ga­les, “al 50 %”, se­gún la in­dig­na­da co­mi­di­lla del gru­po de What­sApp de Ma­nuel Ote­ro, di­rec­tor del ho­tel In­gla­te­rra de Se­vi­lla y vo­cal de la pa­tro­nal de ho­te­le­ros es­pa­ño­les. Que­dan los hi­jos de aque­llos jó­ve­nes, co­bran­do la mi­tad que sus pa­dres, si co­bran. Que­dan mu­chos pa­dres, va­ra­dos en tie­rra de na­die a los 50. Que­dan abue­los echan­do mano de la pen­sión para pa­liar tan­ta caí­da. Y que­da Fe­li­pe VI, un rey que tie­ne que ga­nar­se el pues­to al día y a quien va a ver a pa­la­cio en va­que­ros un tal Pa­blo Igle­sias ju­nior. Ya na­die se acuer­da del se­nior, cu­yos nie­tos an­dan, por cier­to, a le­ña­zos.

7.Es­te 20 de abril del 2017, sue­na el nú­me­ro 1 de los 40, Sú­be­me la ra­dio, de En­ri­que Igle­sias hi­jo. Los to­ros ago­ni­zan. ETA de­po­ne ar­mas mien­tras lo­bos is­la­mis­tas arro­llan a la multitud en cual­quier pla­za de Europa. El ar­qui­tec­to se­vi­llano Santiago Ci­ru­ge­da, que ca­si per­dió el cur­so de tan­ta juer­ga, re­cuer­da la Ex­po co­mo un fies­tón del que aún an­da­mos re­co­gien­do la ba­su­ra. Él mis­mo to­da­vía co­lo­ca ram­pas de edi­fi­cios de la Car­tu­ja en otros de Sant Boi, en un poé­ti­co bu­cle del des­tino. Ahí fue­ra, mi­lle­nials y an­cia­nos se acri­bi­llan a sel­fis en los mar­cos in­com­pa­ra­bles de los fas­tos para su­bir­los a Fa­ce­book o Snapt­chat. El mun­do es el mis­mo, pe­ro es otro. Más gran­de, más pe­que­ño. Po­co sen­ti­do ten­dría hoy una Ex­po Uni­ver­sal cuan­do se tie­ne el glo­bo en la pal­ma de la mano, y Barcelona tie­ne el World Mo­bi­le ca­da año. El so­ció­lo­go Jo­sé Juan Toha­ria des­ta­ca nues­tra ca­pa­ci­dad de aguan­te. He­mos re­sis­ti­do, re­sis­ti­mos y re­sis­ti­re­mos, va­ti­ci­na. Y no­so­tros que lo vea­mos.

De la es­tam­pa fe­liz de 1992 que­da el re­cuer­do. Tam­bién el AVE, los puen­tes, las au­to­pis­tas.

(Si­pa)

Pabellón de la Ex­po de Se­vi­lla.

(Si­pa)

El par­king de la es­ta­ción San­ta Jus­ta, du­ran­te la Ex­po de Se­vi­lla.

Inau­gu­ra­ción de los Jue­gos Olím­pi­cos de Barcelona. (Si­pa)

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