«Un día per­fec­to es aquel en el que na­die tie­ne com­pro­mi­sos. Po­de­mos es­tar jun­tos, con­vi­vir, pla­ti­car y com­par­tir»

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in­flu­yen­tes de los Es­ta­dos Uni­dos y de lo im­por­tan­te que siem­pre es per­se­guir los sue­ños.

—¿Cuán­do te dis­te cuen­ta de que que­rías de­di­car tu vi­da al fút­bol?

—Siem­pre me gus­tó y lo prac­ti­qué des­de ni­ño. Pe­ro con el pa­so de los años pa­só de ser una ac­ti­vi­dad re­crea­ti­va pa­ra con­ver­tir­se en un es­ti­lo de vi­da y en un tra­ba­jo que me apor­ta­ba una re­tri­bu­ción eco­nó­mi­ca. Des­pués de mu­chos años de sa­cri­fi­cio y de­di­ca­ción co­men­cé a ver mi sue­ño he­cho reali­dad y pu­de in­cur­sio­nar en el pro­fe­sio­na­lis­mo. Te­nía so­lo 16 años cuan­do co­men­za­ron las con­cen­tra­cio­nes, los via­jes y el ini­cio de una vi­da que me tra­jo mu­chas sa­tis­fac­cio­nes.

—¿Cuál fue la reac­ción de tus pa­dres? ¿Te apo­ya­ron siem­pre?

—Sí, sin du­da. Siem­pre me res­pal­da­ron, aun­que tu­vie­ron que sa­cri­fi­car mu­chas co­sas en el ca­mino pa­ra po­der ayu­dar­me: tiem­po, es­fuer­zo y di­ne­ro.

—¿Cuál ha si­do la más gran­de lec­ción de vi­da que te de­jó el de­por­te?

—Que so­la­men­te el tra­ba­jo en equi­po, la dis­ci­pli­na y el es­fuer­zo te lle­va­rán al triun­fo.

—Veo que la co­mu­ni­dad la­ti­na en los Es­ta­dos Uni­dos te apre­cia mu­cho. ¿Có­mo vi­ves esa reali­dad?

—Con na­tu­ra­li­dad. En­tien­do que apa­re­cer en pan­ta­lla pue­de lle­var­te a ser re­co­no­ci­do por la gen­te, so­bre to­do cuan­do vi­ves fue­ra de tu país y ex­pe­ri­men­tas un cons­tan­te sen­ti­mien­to de año­ran­za. Me en­can­ta pla­ti­car con la gen­te y re­ci­bir su ca­ri­ño.

EL SER HU­MANO DE­TRÁS DEL FUT­BO­LIS­TA

—¿Có­mo se co­no­cie­ron Gra­cie­la y tú? ¿Qué es lo que te enamo­ró de ella?

—Nos co­no­ci­mos en 1989, cuan­do ella in­gre­só en la uni­ver­si­dad en la que yo es­tu­dia­ba y nos hi­ci­mos ami­gos. Me gus­tó des­de el pri­mer día en que la vi, aun­que de­bo de­cir que me cos­tó mu­cho que se fi­ja­ra en mí. Cuan­do ter­mi­né mi ca­rre­ra, y

Los tres hi­jos de la fa­mi­lia No­rie­ga Ma­dra­zo po­san fren­te a un cua­dro del ar­tis­ta Da­niel Es­pi­no­sa Wolf. De­re­cha, en la sa­la de es­tar, lu­mi­no­sa y ale­gre, con un miem­bro más de la fa­mi­lia, la mas­co­ta, un bea­gle al que lla­man «Po­lo». «Si al­guno de mis hi­jos hu­bie­ra que­ri­do ser

fut­bo­lis­ta, lo ha­bría apo­ya­do in­con­di­cio­nal­men­te», nos re­ve­la «Ta­to» No­rie­ga

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