HI­LLARY CLIN­TON

Sus ma­yo­res re­tos co­mo ma­dre, mu­jer y abue­la

Hola Guatemala - - Contenido - Coor­di­na­ción y entrevista: RO­DOL­FO VERA CAL­DE­RÓN Fo­tos: BAR­BA­RA KINNEY Reportaje adi­cio­nal: G. B. HER­NÁN­DEZ © ¡HO­LA! Prohi­bi­da la re­pro­duc­ción to­tal o par­cial de es­te reportaje, aun ci­tan­do su pro­ce­den­cia

«Mis ami­gos que son abue­los siem­pre me de­cían lo in­creí­ble que se­ría la ex­pe­rien­cia de ser abue­la, pe­ro yo no en­ten­día com­ple­ta­men­te lo que sig­ni­fi­ca­ba has­ta que lo vi­ví»

EN la vi­da de Hi­llary Rod­ham Clin­ton, hay mu­chas «pri­me­ras ve­ces». Fue la primera mu­jer de Pre­si­den­te en re­ci­bir un tí­tu­lo de pos­gra­do, la primera ele­gi­da para un car­go na­cio­nal y la primera mu­jer en ob­te­ner la can­di­da­tu­ra a la Pre­si­den­cia de Es­ta­dos Uni­dos. Pe­ro qui­zá la que re­cuer­da con más emo­ción se pro­du­jo cuan­do tu­vo en bra­zos a Char­lot­te, su primera nie­ta. Fue en­ton­ces cuan­do la ex­se­cre­ta­ria de Es­ta­do en­ten­dió el «ver­da­de­ro sig­ni­fi­ca­do de ser abue­la».

—¿Có­mo se sin­tió cuan­do se con­vir­tió en abue­la?

—Es sim­ple­men­te la ale­gría más gran­de. Mis ami­gos que son abue­los siem­pre me lo de­cían, pe­ro no en­ten­dí lo que sig­ni­fi­ca­ba has­ta que lo vi­ví —con­tó en ex­clu­si­va para ¡HO­LA! USA la or­gu­llo­sa «grand­ma» de Char­lot­te, de dos años, y Ai­dan, de cua­tro me­ses, los hi­jos de su hi­ja, Chel­sea, con el eje­cu­ti­vo de ban­ca de in­ver­sión Marc Mez-vinsky.

Y co­mo es tí­pi­co de las abue­las, no pue­de de­jar de ha­blar de sus nie­tos. «Es­toy cau­ti­va­da por to­das las pe­que­ñas co­sas que ha­cen y las for­mas en que cam­bian cons­tan­te­men­te. Char­lot­te y Ai­dan me re­cuer­dan mu­cho có­mo era Chel­sea en ca­da una de sus eda­des», di­ce con emo­ción, por­que ver a su hi­ja en el rol de ma­má le ha traí­do muy gra­tos re­cuer­dos.

«Es in­creí­ble ver a Chel­sea co­mo ma­dre. De vez en cuan­do ella di­ce o ha­ce al­go que me re­cuer­da a cuan­do, yo era una jo­ven ma­má. Es muy es­pe­cial ver có­mo se cie­rra el círcu­lo. Ser abue­la te da una apre­cia­ción más pro­fun­da de la fa­mi­lia», cuen­ta Hi­llary, que to­dos los días se co­mu­ni­ca con la pe­que­ña Char­lot­te a tra­vés de Fa­ceTi­me. Ade­más, an­tes de ca­da con­fe­ren­cia o de­ba­te pre­si­den­cial, es­pe­ra los ví­deos «ado­ra­bles» de Char­lot­te deseán­do­le «bue­na suer­te, “grand­ma”» o de­mos­tran­do al­gún nue­vo ta­len­to —co­mo ru­gir co­mo un león— que le en­vían Chel­sea y Marc y que, se­gún Hi­llary, «ele­van mi es­pí­ri­tu».

Sin du­da, la lle­ga­da de Char­lot­te y Ai­dan nos ha per­mi­ti­do ver una ima­gen más ín­ti­ma de la mu­jer que hay de­trás de la fi­gu­ra pú­bli­ca. La Hi­llary Clin­ton que emer­ge es la es­po­sa que re­ser­va «da­te nights» con su ma­ri­do, Bill Clin­ton, «para man­te­ner vi­va la lla­ma» (una re­gla in­vio­la­ble: «No ha­blar de tra­ba­jo»); dis­fru­ta de lar­gas ca­mi­na­tas al ai­re li­bre con sus pe­rros, le en­can­ta ce­nar e ir al ci­ne con sus ami­gos «y dor­mir has­ta tar­de el día si­guien­te», y se re­la­ja de­co­ran­do su ho­gar. Al mis­mo tiem­po, es cons­cien­te de que al­gu­nas per­so­nas la tachan de fría o le­ja­na; la reali­dad, ase­gu­ra, es que para so­bre­vi­vir en el du­ro mundo de la po­lí­ti­ca, que has­ta ha­ce po­co era do­mi­na­do por los hom­bres, des­de muy jo­ven tu­vo que se­guir el con­se­jo de su ído­lo, Elea­nor Roo­se­velt.

«Ella di­jo una de mis ci­tas fa­vo­ri­tas so­bre ser una mu­jer en el ojo pú­bli­co: que se ne­ce­si­ta desa­rro­llar la piel du­ra de un ri­no­ce­ron­te. He ha­lla­do ese con­se­jo bas­tan­te útil». En otras pa­la­bras: llo­rar, mos­trar sen­ti­mien­tos o de­bi­li­dad no era una op­ción. Ade­más, Hi­llary lle­va en la san­gre el ADN de su ma­dre, so­bre­vi­vien­te del aban­dono y la po­bre­za.

—¿Quién ha te­ni­do ma­yor im­pac­to para us­ted en su vi­da per­so­nal y pro­fe­sio­nal?

—Mi ma­dre me en­se­ñó a muy tem­pra­na edad que lo im­por­tan­te en la vi­da no es lo que te sucede, sino lo que ha­ces cuan­do te de­rri­ban y cuán­tas ve­ces te le­van­tas.

RAÍ­CES Y SUE­ÑOS

Hi­llary Dia­ne Rod­ham Clin­ton na­ció en 1947 y cre­ció en Chica­go, Illi­nois, en el seno de una tí­pi­ca fa­mi­lia de la cla­se me­dia. Sus pa­dres siem­pre cre­ye­ron en el tra­ba­jo du­ro y la au­to­su­fi­cien­cia. «Des­pués de re­gre­sar de la gue­rra, mi pa­dre mon­tó

un pe­que­ño ne­go­cio de cor­ti­nas. Mis her­ma­nos y yo ayu­dá­ba­mos cuan­do po­día­mos», re­cuer­da. Su ma­dre, que era pro­fe­so­ra en una es­cue­la do­mi­ni­cal, siem­pre les alen­tó a que par­ti­ci­pa­ran ac­ti­va­men­te en la igle­sia y les in­cul­có su cre­do me­to­dis­ta: «Haz to­do el bien que pue­das, a to­das las per­so­nas que pue­das, de to­das las ma­ne­ras que pue­das y tan­to co­mo pue­das». Es­to tu­vo un gran im­pac­to en la jo­ven Hi­llary. «Mi ma­dre, Do­rothy, fue la fuer­za que me sir­vió de guía a lo lar­go de mi vi­da. Fue aban­do­na­da por sus pa­dres cuan­do era ni­ña y, con so­lo ca­tor­ce años de edad, se en­con­tró so­la fren­te al mundo, por lo que tu­vo que co­men­zar a tra­ba­jar co­mo em­plea­da do­més­ti­ca. Su in­fan­cia fue muy du­ra, pe­ro pu­do so­bre­lle­var­la gra­cias a la bon­dad de la gen­te que la ro­dea­ba, co­mo el maes­tro de su es­cue­la pri­ma­ria que el día que se dio cuen­ta de que no te­nía na­da para co­mer en el al­muer­zo, lle­vó más co­mi­da para com­par­tir­la con ella».

«Mi ma­dre es­ta­ba con­ven­ci­da de que na­die pue­de tran­si­tar so­lo el ca­mino de la vi­da y que te­ne­mos que ha­cer siem­pre to­do lo po­si­ble para ayu­dar­nos los unos a los otros», re­cuer­da la au­to­ra de «It ta­kes a vi­lla­ge», el li­bro en el que ex­pre­sa la im­por­tan­cia de tra­ba­jar en co­mu­ni­dad. Su con­cien­cia po­lí­ti­ca se for­mó en un ho­gar bi­par­ti­dis­ta. Su pa­dre era re­pu­bli­cano; su ma­dre, una ar­dien­te de­mó­cra­ta que siem­pre lu­chó por la jus­ti­cia so­cial. Pe­ro su pro­pia con­cien­cia so­cial se for­jó en el ex­plo­si­vo her­vi­de­ro cul­tu­ral de los años se­sen­ta, cuan­do asis­tía al We­lles­ley Co­lle­ge, en Mas­sa­chu­setts.

—¿Có­mo han ido cam­bian­do sus ideas res­pec­to a la po­lí­ti­ca, la fa­mi­lia y la so­cie­dad a lo lar­go de su vi­da?

—Cuan­do lle­gué a la Uni­ver­si­dad, las co­sas em­pe­za­ron a cam­biar. Era el apo­geo del mo­vi­mien­to por los de­re­chos ci­vi­les y las pro­tes­tas por la gue­rra de Viet­nam, por lo que co­men­cé a ver el mundo de una ma­ne­ra muy di­fe­ren­te. Co­no­cí a gen­te muy di­ver­sa y de to­dos los es­tra­tos, así que mis ideas co­men­za­ron a evo­lu­cio­nar gra­cias al diá­lo­go con mis com­pa­ñe­ros y mis pro­fe­so­res». En esos años for­ma­ti­vos, tu­vo la opor­tu­ni­dad de tra­ba­jar para el Chil­dren’s De­fen­se Fund, una pa­sión que siem­pre ha es­ta­do pre­sen­te en su tra­ba­jo co­mo ser­vi­do­ra pú­bli­ca. Aho­ra que es abue­la, esa cau­sa, más que una po­si­ción po­lí­ti­ca, es una mi­sión per­so­nal.

«Des­de que ini­cié mi ca­mino en la po­lí­ti­ca, los ni­ños y las fa­mi­lias han si­do una de mis ma­yo­res preo­cu­pa­cio­nes. El ha­ber­me

con­ver­ti­do en abue­la ha re­for­za­do enor­me­men­te mi com­pro­mi­so con esa cau­sa. Voy a se­guir tra­ba­jan­do para ase­gu­rar­me de que es­te­mos dan­do a ca­da ni­ño la opor­tu­ni­dad de te­ner un fu­tu­ro bri­llan­te, al igual que ga­ran­ti­zar su ac­ce­so a pro­gra­mas pres­co­la­res de ex­ce­len­cia y a una aten­ción mé­di­ca de ca­li­dad», di­ce Hi­llary, que tra­ba­jó con de­mó­cra­tas y re­pu­bli­ca­nos para apro­bar el Chil­dren’s Health In­su­ran­ce Pro­gram, que, en la ac­tua­li­dad, cu­bre a ocho mi­llo­nes de ni­ños. «Por en­ci­ma de to­do, quie­ro ase­gu­rar­me de que Char­lot­te y Ai­dan crez­can en un mundo pa­cí­fi­co y prós­pe­ro, don­de to­dos los ni­ños ten­gan la opor­tu­ni­dad de al­can­zar sus sue­ños. Es­toy cons­tan­te­men­te pen­san­do en lo que pue­do ha­cer para ase­gu­rar­me de que ellos, y to­dos los ni­ños, pue­dan vi­vir una vi­da feliz y sa­lu­da­ble», agre­ga Hi­llary. En es­to, ella in­clu­ye a las fa­mi­lias la­ti­nas que sue­ñan y tra­ba­jan por un fu­tu­ro me­jor en Es­ta­dos Uni­dos. Para ella, el be­ne­fi­cio es un ca­mino de dos vías, pues es muy cons­cien­te de to­do con lo que los in­mi­gran­tes his­pa­nos con­tri­bu­yen en el país.

—¿Cuá­les con­si­de­ra que son las ma­yo­res cua­li­da­des que en­cuen­tra en la po­bla­ción la­ti­na?

—Es­ta­dos Uni­dos no se­ría lo que es hoy sin la co­mu­ni­dad la­ti­na, y eso in­clu­ye a los mi­llo­nes de in­mi­gran­tes que han ve­ni­do a los Es­ta­dos Uni­dos para echar raí­ces y cons­truir una vi­da me­jor para sus fa­mi­lias. Los la­ti­nos re­pre­sen­tan una par­te im­por­tan­te y cre­cien­te de la fuer­za la­bo­ral de los Es­ta­dos Uni­dos y jue­gan un pa­pel vi­tal en nues­tra eco­no­mía. Me sien­to afor­tu­na­da de ha­ber te­ni­do la opor­tu­ni­dad de tra­ba­jar y apren­der de tan­tos la­ti­nos en to­do Es­ta­dos Uni­dos —di­jo en ex­clu­si­va la can­di­da­ta de­mó­cra­ta.

HA­CIA EL FU­TU­RO

«Apren­der» es una pa­la­bra cla­ve para Hi­llary Clin­ton. Es lo que la nu­tre y la im­pul­sa a se­guir soñando y lu­chan­do por rea­li­zar el po­ten­cial que ve en ca­da per­so­na.

—¿Cuá­les son las lec­cio­nes más im­por­tan­tes que ha apren­di­do co­mo ma­dre, es­po­sa, primera da­ma, se­na­do­ra y se­cre­ta­ria de Es­ta­do?

—Mu­chas ve­ces he di­cho que la vi­da en el ser­vi­cio pú­bli­co y en la po­lí­ti­ca es una cons­tan­te lec­ción so­bre la na­tu­ra­le­za hu­ma­na. Mi rol co­mo primera da­ma me lle­vó a ca­da es­ta­do de la na­ción. Co­mo se­cre­ta­ria de Es­ta­do via­jé a cien­to do­ce paí­ses y en ca­da lu­gar co­no­cí a al­guien o apren­dí al­go que hi­zo que abrie­ra mi men­te y que vie­ra el mundo de nue­vas ma­ne­ras. He apren­di­do lo im­por­tan­te que es es­cu­char y tra­tar de apren­der de las ex­pe­rien­cias de otros; de eso se tra­ta el li­de­raz­go… Eso real­men­te ha in­flui­do en mi pen­sa­mien­to y creo que me hará una me­jor Pre­si­den­ta, lo mis­mo que una me­jor es­po­sa, ma­dre y abue­la.

«Mu­chas ve­ces he di­cho que la vi­da en el ser­vi­cio pú­bli­co y en la po­lí­ti­ca es una cons­tan­te lec­ción so­bre la

na­tu­ra­le­za hu­ma­na»

Hi­llary com­par­te con su ma­ri­do, Bill Clin­ton, la lec­tu­ra de unos do­cu­men­tos. La can­di­da­ta a la pre­si­den­cia de Es­ta­dos Uni­dos nos re­ve­la: «Ser abue­la es sim­ple­men­te la ale­gría más gran­de. Es­toy cau­ti­va­da por to­das las pe­que­ñas co­sas que ha­cen mis nie­tos y las for­mas en que cam­bian cons­tan­te­men­te»

Bill Clin­ton fue Pre­si­den­te de Es­ta­dos Uni­dos de 1993 a 2001, y ella, primera da­ma. Quin­ce años des­pués, Hi­llary bus­ca ha­cer his­to­ria y con­ver­tir­se en el pri­mer man­da­ta­rio mu­jer de su país. Sin em­bar­go, en es­ta sin­ce­ra entrevista, nos re­ve­la có­mo han lo­gra­do ella y su ma­ri­do

man­te­ner su ma­tri­mo­nio a lo lar­go de cua­ren­ta y un años. En sus ci­tas ro­mán­ti­cas hay una re­gla in­vio­la­ble: «No ha­blar de tra­ba­jo»

«He apren­di­do lo im­por­tan­te que es es­cu­char y tra­tar de apren­der de las ex­pe­rien­cias de otros. De eso se tra­ta el li­de­raz­go»

(SI­GUE)

El mo­tor de la vi­da de am­bos tie­ne nom­bre y ape­lli­dos: su hi­ja, Chel­sea Vic­to­ria Clin­ton, na­ci­da el 27 de fe­bre­ro de 1980 en Ar­kan­sas y ma­dre de los dos nie­tos de los Clin­ton. Chel­sea, al igual que su pa­dre, está par­ti­ci­pan­do muy ac­ti­va­men­te en la cam­pa­ña pre­si­den­cial de Hi­llary, co­mo pue­de ver­se en las fo­tos de al

la­do

En ju­nio de 2016, lle­gó al mundo el se­gun­do nie­to de los Clin­ton, Ai­dan. En ese mo­men­to, Bill y Hi­llary Clin­ton emi­tie­ron un co­mu­ni­ca­do en el que ex­pre­sa­ban su fe­li­ci­dad: «Es­ta­mos lle­nos

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