DIANA FERNÁNDEZ

Hola Guatemala - - Contenido - (SI­GUE)

La es­cul­to­ra nos ha­bla de su do­ra­da tra­yec­to­ria en el mun­do de las ar­tes

«Aho­ri­ta vol­ví a ser due­ña de mi tiem­po, que pa­ra mí es una gran fe­li­ci­dad. Por­que real­men­te aho­ra pue­do tra­ba­jar, sin te­ner­le que ro­bán­do­le tiem­po al tiem­po»

«La es­cul­tu­ra la ha­go por mí, y pa­ra mí. No la pien­so pa­ra com­pla­cer a na­die. Por eso, a pe­sar de que vi­vi­mos en un país vio­len­to, nun­ca ha­go na­da así, por mu­cho que me di­gan que no re­pre­sen­to nues­tra reali­dad»

«Lo­gré ser ma­dre, sin des­cui­dar mi ar­te. A la par, que lo­gré ser es­cul­to­ra, sin des­cui­dar mis hi­jos ni a mi es­po­so. Ver­los bien y fe­li­ces, no tie­ne pre­cio»

FUE A LOS 13 AÑOS que Diana aga­rró por pri­me­ra vez un cin­cel y co­men­zó a tra­ba­jar la piedra, uno de los ma­te­ria­les más desafian­tes pa­ra los es­cul­to­res. Fas­ci­na­da por su com­pli­ca­ción, la ar­tis­ta con­ti­nuó desa­rro­llan­do su pa­sión con un Ba­chi­lle­ra­to en Ar­te en la Es­cue­la Na­cio­nal De Ar­tes Plás­ti­cas y es­tu­dios de es­cul­tu­ras en el ta­ller Ca­bre­ra con el es­cul­tor Ar­tu­ro Ta­la Gar­cía, has­ta que des­cu­brió su esen­cia con el apo­yo de Gua­yo de León, en Pa­rís, Fran­cia.

El bron­ce, téc­ni­ca mix­ta y piedra son sus ma­te­ria­les in­sig­nes, con los cua­les se ins­pi­ra pa­ra ela­bo­rar pie­zas que co­mu­ni­can ar­mo­nía y paz. Des­de 1982 su tra­ba­jo se ha ex­hi­bi­do de ma­ne­ra in­di­vi­dual y co­lec­ti­va en más de 150 ex­hi­bi­cio­nes en Es­pa­ña, Es­ta­dos Uni­dos, Fran­cia, Gua­te­ma­la y Hon­du­ras. En cuan­to a los ga­lar­do­nes, ha si­do acree­do­ra al Pre­mio Úni­co, Cer­ta­men de la Es­cue­la de Ar­tes Plás­ti­cas; Se­gun­do Lu­gar, Cer­ta­men 15 de Sep­tiem­bre, 1986; Men­ción Ho­no­rí­fi­ca, X Bie­nal de Ar­te Paiz, 1990; y Me­da­lla a la Ar­tis­ta Des­ta­ca­da en Ar­tes Plás­ti­cas, So­cie­dad Dan­te Alig­hie­ri, 1999. En el 2011 fue ho­me­na­jea­da Ar­tis­ta del Año por la or­ga­ni­za­ción Jun­ka­bal y en 2016, fue la ar­tis­ta ho­me­na­jea­da de Fun­si­lec, en la 13 edi­ción de la ex­po­si­ción y ven­ta de ar­te con­tem­po­rá­neo Del Ar­te al Ni­ño. En un mo­men­to de mu­chos éxi­tos, la es­cul­to­ra se sen­tó con ¡HO­LA! pa­ra com­par­tir­le qué prio­ri­da­des ocu­pan su vi­da, cuá­les fue­ron sus se­cre­tos pa­ra al­can­zar el re­nom­bre y cuá­les son sus pla­nes a fu­tu­ro, aho­ra que vol­vió a ser due­ña de su tiem­po. Re­cien­te­men­te te nom­bra­ron ar­tis­ta ho­me­na­jea­da en Fun­si­lec. —¿Có­mo te lle­gó es­ta sor­pre­sa? —Fue una lin­da no­ti­cia. Me sen­tí muy hon­ra­da de que me ha­yan es­co­gi­do por la tra­yec­to­ria que ten­go con mi ar­te, ade­más de mi ba­ga­je per­so­nal. —¿Con quién ce­le­bras es­te ti­po de éxi­tos? —En un prin­ci­pio, con mi ma­má. Ella fue la que siem­pre cre­yó en mí, des­de ni­ña; en mi ado­les­cen­cia, fue mi bra­zo de­re­cho y así fue to­da la vi­da. Aho­ra, que no es­tá con­mi­go, es con mi fa­mi­lia: mi es­po­so que me apo­ya mu­chí­si­mo, mis cua­tro hi­jos, mi her­ma­na y mis dos so­bri­nas. Ellos son real­men­te mi nú­cleo prin­ci­pal. —¿Qué edad tie­nen sus hi­jos? —Ya to­dos son gran­des. Los ma­yo­res son ge­me­los de 30 años, lue­go ten­go uno de 24 años y des­pués, la chi­qui­ta de 18 años. Así que aho­ri­ta vol­ví a ser due­ña de mi tiem­po, que pa­ra mí es una gran fe­li­ci­dad. Por­que real­men­te aho­ra pue­do tra­ba­jar, sin te­ner­le que ro­bán­do­le tiem­po al tiem­po. —¿Se te com­pli­có ser ma­má y ar­tis­ta ac­ti­va en años an­te­rio­res? —¡Eso sí fue di­fí­cil! Re­pi­to: siem­pre an­da­ba ro­bán­do­le tiem­po al tiem­po… Y a la no­che tam­bién. A uno co­mo mu­jer se le ha­ce di­fí­cil

te­ner que cum­plir con el es­po­so, con los hi­jos y con la pro­fe­sión. —¿Qué hi­cis­te pa­ra lo­grar cum­plir con to­do? —Yo te­nía que pro­po­ner un ho­ra­rio es­ta­ble­ci­do, pa­ra ver a qué ho­ra acos­ta­ba a mis hi­jos y así po­der tra­ba­jar aun­que sea una ho­ra. Sin em­bar­go, a ve­ces to­ca­ba le­van­tar a uno, dar­le de ma­mar al otro… y en eso me ja­la­ba mi ma­ri­do pa­ra de­cir­me: “¿Y yo? ¿Dón­de que­do?”. Pe­ro eso sí, mi ob­je­ti­vo fue nun­ca des­cui­dar ser ma­dre. Siem­pre fui una ma­má muy pre­sen­te. —¿Es­ta de­ci­sión fue na­tu­ral pa­ra ti? — Fue una de­ci­sión bien cons­cien­te. To­ca­ba acep­tar que va­lía la pe­na tam­bién sa­lir un po­qui­to de tra­ba­jar pa­ra com­par­tir con mis hi­jos y mi es­po­so. UN RE­CO­RRI­DO A TRA­VÉS DE SU OBRA

—Del ar­te, ¿al­gu­na vez te lla­mó la aten­ción otra téc­ni­ca o dis­ci­pli­na? —No. To­da la vi­da me lla­mó la aten­ción la es­cul­tu­ra, por su tri­di­men­sio­na­li­dad. Nun­ca me han gus­ta­do los pla­nos. Mi pa­sión es ha­cer ca­da es­cul­tu­ra, sen­tir el tra­ba­jo. Eso es lo que me gus­ta de la es­cul­tu­ra. —En re­tros­pec­ti­va, ¿cuál di­rías que es una cons­tan­te en tu obra? —Si­go man­te­nien­do la fi­gu­ra fe­me­ni­na. Aho­ra, al­go que siem­pre he per­se­gui­do des­de que ini­cié, has­ta el mo­men­to, es el mo­vi­mien­to. Que ha­ya flui­dez en mi obra. —Con­fié­sa­nos: ¿Pa­ra quién creas? —La es­cul­tu­ra la ha­go por mí, y pa­ra mí. No la pien­so pa­ra com­pla­cer a na­die. Por eso, a pe­sar de que vi­vi­mos en un país vio­len­to, nun­ca ha­go na­da así, por mu­cho que me di­gan que no re­pre­sen­to nues­tra reali­dad. Pa­ra mí, no te­ne­mos que vi­vir con eso den­tro de nues­tras ca­sas. En­ton­ces, soy to­do lo opues­to. Mi obra es ar­mo­nio­sa, trans­mi­te paz y ale­gría. Soy to­do lo opues­to. —Por cier­to, ¿có­mo ha si­do tu re­la­ción con el gre­mio de es­cul­to­res? —La es­cul­tu­ra es más re­la­cio­na­da al hom­bre que a la mu­jer. En la épo­ca en la que yo na­cí y em­pe­cé a tra­ba­jar, real­men­te ha­bía­mos muy po­cas mu­je­res den­tro de es­te me­dio. Cos­ta­ba que me res­pe­ta­ran y con­si­de­ra­ran una bue­na es­cul­to­ra. —¿En se­rio? ¿En qué sen­ti­do? —Me veía co­mo una pa­to­ja que lo es­ta­ba ha­cien­do por hob­bie o por­que que­ría pa­sar el tiem­po y no te­nía otra co­sa qué ha­cer. Es­to lo per­ci­bía des­de los pro­fe­so­res, que me mo­les­ta­ban y me pre­gun­ta­ban cons­tan­te­men­te que qué es­ta­ba ha­cien­do en sus cla­ses, em­pe­ña­dos en ha­cer­me en­ten­der que era una pro­fe­sión muy ru­da. Fí­si­ca­men­te yo soy del­ga­da y no soy una mu­jer gran­de, pe­ro un gran error que mu­chos pien­san es que una mu­jer chi­qui­ta no pue­de ha­cer co­sas gran­des. ¡Eso es men­ti­ra! —¿Có­mo en­fren­tas­te es­ta si­tua­ción? —Siem­pre les re­pe­tí que es­to no era un pa­sa­tiem­po, sino que es­ta es mi pa­sión, mi vo­ca­ción, mi tra­ba­jo y, por so­bre to­do, la es­cul­tu­ra mi de­ci­sión de vi­da. Yo siem­pre hi­ce es­cul­tu­ras de mu­jer, co­mo mu­jer.

«En ca­da ca­sa que he te­ni­do, siem­pre he mon­ta­do mi ta­ller. Ahí, tra­ba­jo con mú­si­ca. Me en­can­ta la que es tran­qui­la y ro­mán­ti­ca. Así que ge­ne­ral­men­te tra­ba­jo con mú­si­ca clá­si­ca o pop

ac­tual»

—¿Es­tos co­men­ta­rios se han ido di­lu­yen­do con el pa­so de los años? —Ha cos­ta­do. Pa­ra el pri­mer ho­me­na­je que me hi­cie­ron en Gua­te­ma­la, me to­ma­ron fo­tos tra­ba­jan­do, por­que ha­bía mu­cha gen­te que de­cía que yo so­lo ha­cía los di­bu­jos y los man­da­ba a ha­cer. Sin em­bar­go, de cin­co años pa­ra acá, la gen­te ha cam­bia­do su vi­sión de que la mu­jer es una “mu­ñe­qui­ta” y que sí po­de­mos aga­rrar un cin­cel y tra­ba­jar. Me ale­gro mu­cho. Es­ta aper­tu­ra es gra­cias al es­fuer­zo de to­das las que han es­ta­do tra­ba­jan­do en es­ta dis­ci­pli­na.

La ver­dad es que sí abrí bre­cha pa­ra las mu­je­res. Me sien­to muy or­gu­llo­sa.

EL NUE­VO CA­PÍ­TU­LO QUE INICIA

—Vien­do tu vi­da, ¿de qué di­rías que es­tás más or­gu­llo­sa?

— Que lo­gré ser ma­dre, sin des­cui­dar mi ar­te. A la par, que lo­gré ser es­cul­to­ra, sin des­cui­dar mis hi­jos ni a mi es­po­so. Ver­los bien y fe­li­ces, no tie­ne pre­cio.

«A mi es­po­so y a mí nos en­can­ta la ar­queo­lo­gía. Yo es­tu­dié tres años es­ta ca­rre­ra y mi es­po­so la es­tá es­tu­dian­do en es­te mo­men­to. De he­cho, aho­ra que la chi­qui­ta ya no es­tá, va­mos a apro­ve­char de co­men­zar a sa­lir de ex­cu­sio­nes y co­sas así»

«Ten­go va­rios pro­yec­tos en men­te, co­mo ex­pan­dir mi ar­te al ex­te­rior de Gua­te­ma­la. Ten­go en la mi­ra Co­lom­bia, Ve­ne­cia y otros des­ti­nos del mun­do. Po­qui­to a po­qui­to, se van abrien­do las ba­rre­ras.»

«La es­cul­tu­ra es más re­la­cio­na­da al hom­bre que a la mu­jer. En la épo­ca en la que yo na­cí y em­pe­cé a tra­ba­jar, real­men­te ha­bía­mos muy po­cas mu­je­res den­tro de es­te me­dio»

—En­las prio­ri­da­de­ses­te mo­men­to, ¿cuá­les­que has­son des­cu­bier­to que tie­nes? Re­to­mar mi tiem­po, que no tu­ve du­ran­te tan­tos años. Real­men­te tra­ba­jar más, con tran­qui­li­dad. —¿Cuál es tu ni­chi­to pa­ra ins­pi­rar­te? —En ca­da ca­sa que he te­ni­do, siem­pre he mon­ta­do mi ta­ller. Ahí, tra­ba­jo con mú­si­ca. Me en­can­ta la que es tran­qui­la y ro­mán­ti­ca. Así que ge­ne­ral­men­te tra­ba­jo con mú­si­ca clá­si­ca o pop ac­tual. —Me da cu­rio­si­dad, ¿có­mo te re­en­con­tras­te con tu es­po­so en es­te ca­pí­tu­lo más tran­qui­lo? —Aho­ra co­mo que nos abun­da el tiem­po a los dos. An­tes ni te­nía­mos tiem­po pa­ra pla­ti­car y que­dá­ba­mos ti­ra­dos del can­san­cio. Aho­ra hay chan­ce pa­ra to­do. —¿Cuán­tos años lle­van de ca­sa­dos? —Lle­va­mos 25 años de ca­sa­dos. Él me co­no­ció sien­do es­cul­to­ra y siem­pre me ha apo­ya­do mu­chí­si­mo. —¿Dis­fru­tan de al­gu­na ac­ti­vi­dad jun­tos?

— A los dos nos en­can­ta la ar­queo­lo­gía. Yo es­tu­dié tres años es­ta ca­rre­ra y mi es­po­so la es­tá es­tu­dian­do en es­te mo­men­to. De he­cho, aho­ra que la chi­qui­ta ya no es­tá, va­mos a apro­ve­char de co­men­zar a sa­lir de ex­cu­sio­nes y co­sas así. —¿Qué pro­yec­tos per­so­na­les quie­res ma­te­ria­li­zar en un fu­tu­ro próximo? —Ex­pan­dir mi ar­te al ex­te­rior de Gua­te­ma­la. Ten­go en la mi­ra Co­lom­bia, Ve­ne­cia y otros des­ti­nos del mun­do. Po­qui­to a po­qui­to, se van abrien­do las ba­rre­ras. —¿De dón­de na­ce es­te im­pul­so de que tu obra sal­ga a nue­vos des­ti­nos? —El mun­do se vol­vió glo­ba­li­za­do. Ya no nos po­de­mos que­dar en un país. Tal vez ha­ce 30 años, los ar­tis­tas se que­da­ban en su país y ser muy re­co­no­ci­dos en su te­rri­to­rio era lo má­xi­mo. Me en­can­ta­ría de­jar un le­ga­do pa­ra Gua­te­ma­la.

«El mun­do se vol­vió glo­ba­li­za­do. Ya no nos po­de­mos que­dar en un país. Tal vez ha­ce 30 años, los ar­tis­tas se que­da­ban en su país y ser muy re­co­no­ci­dos en su te­rri­to­rio era lo má­xi­mo. Me en­can­ta­ría de­jar un

le­ga­do pa­ra Gua­te­ma­la.»

«Pa­ra el pri­mer ho­me­na­je que me hi­cie­ron en Gua­te­ma­la, me to­ma­ron fo­tos tra­ba­jan­do, por­que ha­bía mu­cha gen­te que de­cía que yo so­lo ha­cía los di­bu­jos y los man­da­ba a ha­cer. Sin em­bar­go, de cin­co años pa­ra acá, la gen­te ha cam­bia­do su vi­sión de que la mu­jer es una “mu­ñe­qui­ta” y que sí po­de­mos aga­rrar un cin­cel y tra­ba­jar»

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