MI­GUEL ÁNGEL SILVESTRE

«Aho­ra es una épo­ca en la que to­ca es­tar en Los Án­ge­les por tra­ba­jo. Lo dis­fru­to y es­toy muy agra­de­ci­do, pe­ro no he ido a con­quis­tar na­da» «Es­toy ro­dan­do “Nar­cos” en Bo­go­tá. Me sien­to muy afor­tu­na­do de par­ti­ci­par en la se­rie más vis­ta del mun­do», nos anu

Hola Guatemala - - Contenido - Texto: MARTA GORDILLO Fo­tos: JOSEP ALFARO/JAIME MARTÍN

Ci­ta con el hom­bre más buscado y deseado del mo­men­to

TU­VO que per­der­se del mun­do pa­ra po­der en­con­trar­se. Y el surf se con­vir­tió en su ta­bla de sal­va­ción, nun­ca me­jor di­cho. En la ca­tar­sis se re­con­ci­lió con la fa­ma, que le ha­bía sor­pren­di­do sin es­tar pre­pa­ra­do, por su pa­pel de El Du­que. Y des­de en­ton­ces sur­ca las olas con la son­ri­sa por de­lan­te, dis­fru­tan­do de ca­da mi­nu­to de una pro­fe­sión que ha apren­di­do a amar y de ca­da mo­men­to que la vi­da le po­ne en el ca­mino. Aho­ra, el pla­ne­ta es la ca­sa de Mi­guel Ángel Silvestre, el úl­ti­mo es­pa­ñol que ha enamo­ra­do a Holly­wood. So­lo en los úl­ti­mos nue­ve me­ses ha vi­si­ta­do die­ci­nue­ve ciu­da­des. Hoy en Ma­drid, ma­ña­na en Co­rea, pa­sa­do en San Francisco… De Al­ber­to Már­quez, en «Vel­vet», a Li­lo Ro­drí­guez, en «Sen­se8» —la se­rie que le lle­vó a Los Án­ge­les—, has­ta lle­gar a Bo­go­tá, de la mano de «Nar­cos», el fe­nó­meno del mo­men­to, cu­ya ter­ce­ra tem­po­ra­da, tal y co­mo nos anuncia, es­tá ya gra­ban­do. Nos ha­bla de los gran­des em­ba­ja­do­res de nues­tro país por el mun­do —Al­mo­dó­var, Pe­né­lo­pe, Ja­vier Bar­dem, Na­dal, Ga­sol, Guar­dio­la y un lar­go et­cé­te­ra— sin dar­se cuen­ta de que él se es­tá con­vir­tien­do en uno mien­tras va de set en set. Se sien­te agra­de­ci­do, pe­ro «es­tar en la cres­ta es otra co­sa», ase­gu­ra. Hoy, Mi­guel Ángel re­gre­sa a ca­sa de sus pe­ri­plos y via­jes. Es tiem­po de re­car­gar pi­las en su tie­rra jun­to a los su­yos y de des­pe­dir­se a lo gran­de de las ga­le­rías de mo­da más fa­mo­sas de la te­le, que cie­rran sus puer­tas tras cua­tro tem­po­ra­das. —Mi­guel Ángel, vol­vis­te a apa­re­cer en «Vel­vet», des­pués de mu­cho tiem­po, y subió la au­dien­cia. —Me ale­gro mu­cho, aun­que creo que tie­ne que ver con que son los úl­ti­mos ca­pí­tu­los y el pú­bli­co tie­ne más in­te­rés. —Has es­ta­do en­sa­yan­do mu­cho por la emi­sión en di­rec­to de par­te del ca­pí­tu­lo fi­nal... —Nos lo es­ta­mos pa­san­do muy bien. Es un re­ga­lo pa­ra no­so­tros por­que ter­mi­na­mos to­dos a la vez. Es una for­ma muy bo­ni­ta de des­pe­dir­se. —Lle­vas mu­chos me­ses fue­ra de Es­pa­ña y aho­ra re­gre­sas des­pués de ir a con­quis­tar Holly­wood. —No he ido a con­quis­tar na­da —ríe—. Es­toy en Los Án­ge­les por­que es una ciu­dad in­ter­me­dia que me vie­ne bien pa­ra via­jar en Es­ta­dos Uni­dos, que es don­de he es­ta­do tra­ba­jan­do, y tam­bién pa­ra ir di­rec­to a Co­lom­bia. Aho­ra es una épo­ca que me to­ca es­tar allí por el tra­ba­jo, y lo es­toy dis­fru­tan­do mu­cho tam­bién. —¿Qué te es­pe­ra en Co­lom­bia? —Es­toy ro­dan­do «Nar­cos» en Bo­go­tá. —Es una gran no­ti­cia, pues es la se­rie de la que to­do el mun­do ha­bla. —Sí, es una gran no­ti­cia. Soy es­pec­ta­dor y fan de «Nar­cos». Se tra­ta de una gran opor­tu­ni­dad por­que es­toy tra­ba­jan­do con muy bue­nos ac­to­res y un equi­po in­creí­ble. Es­toy muy con­ten­to… y es ha­la­ga­dor. Es la se­rie más vis­ta del mun­do. Me sien­to muy afor­tu­na­do y agra­de­ci­do por que Net­flix me dé la opor­tu­ni­dad de es­tar con un per­so­na­je to­tal­men­te opues­to al de «Sen­se8», que tam­bién he he­cho con ellos. —En la ter­ce­ra tem­po­ra­da tam­bién par­ti­ci­pa Ja­vier Cá­ma­ra, ¿has coin­ci­di­do con él? —Sí, es­toy com­par­tien­do al­gu­nas es­ce­nas con él. Es un bue­ní­si­mo ac­tor, una gran ins­pi­ra­ción pa­ra mí y una per­so­na a la que quie­ro mu­cho. Siem­pre me ha apo­ya­do y nos he­mos he­cho muy bue­nos ami­gos. Em­pie­zas ad­mi­ran­do mu­cho a cier­tas per­so­nas y, de re­pen­te, da la ca­sua­li­dad de que los co­no­ces y ter­mi­nas tra­ba­jan­do con ellos. Es una suer­te. —¿Nos pue­des ade­lan­tar al­go de tu per­so­na­je? —Es el en­car­ga­do de la­var el di­ne­ro al cár­tel de Ca­li, un chi­co huér­fano que de pe­que­ño ga­na un con­cur­so de ma­te­má­ti­cas y el cár­tel lo lle­va a Har­vard a es­tu­diar. Es un he­cho ve­rí­di­co. Y en me­dio de to­do es­to, hay una his­to­ria de amor un po­co com­ple­ja, pe­ro muy in­tere­san­te. UNA CA­RRE­RA POR EL MUN­DO —¿Has ter­mi­na­do de ro­dar ya o tie­nes que vol­ver? —Es­ta­mos en pleno ro­da­je. Han te­ni­do un bo­ni­to de­ta­lle al de­jar­me ve­nir a ce­rrar «Vel­vet». En prin­ci­pio, no se po­día, y al fi­nal, to­dos se han pues­to de acuer­do y he po­di­do es­tar aquí, así que eso me ha­ce muy fe­liz. —No po­días fal­tar al fi­nal. —El fi­nal de «Vel­vet» lo gra­ba­mos mien­tras ro­da­ba «Sen­se8». En prin­ci­pio, era al­go prác­ti­ca­men­te im­po­si­ble por­que es una se­rie com­pli­ca­da y no­so­tros es­ta­mos siem­pre en «stand by», en «hold» que le lla­man, es de­cir, pue­de que es­tés ce­nan­do y te lla­men pa­ra de­cir­te: «En me­dia ho­ra pa­sa­mos a por ti por­que La­na quie­re que es­tés en es­ta se­cuen­cia». Es­toy fe­liz de ha­ber po­di­do com­pa­gi­nar­lo fi­nal­men­te por­que creo mu­cho en «Vel­vet», me pa­re­ce que es muy sin­ce­ra,

Es­tu­vo a pun­to de ser te­nis­ta profesional, es­tu­dió Fi­sio­te­ra­pia y, fi­nal­men­te, In­ter­pre­ta­ción. En 2016 ha re­co­rri­do el mun­do con «mis her­ma­ni­tos» de la se­rie «Sen­se8»

muy sen­ci­lla y muy ho­nes­ta, y creo que esos tres va­lo­res la con­vier­ten en al­go muy es­pe­cial pa­ra el es­pec­ta­dor. —¿Tam­bién con los com­pa­ñe­ros de «Sen­se8» has he­cho amis­tad? —Sí, cla­ro, son mis her­ma­ni­tos. En nue­ve me­ses nos he­mos re­co­rri­do el mun­do en­te­ro y he­mos ido co­no­cien­do cul­tu­ras jun­tos. Es un re­ga­lo im­pa­ga­ble. —¿Qué echas más de me­nos cuan­do es­tás fue­ra? —Sin du­da, a mi fa­mi­lia. Es­tar con mis pa­dres, mis her­ma­nas, mis so­bri­nos… —Tú aho­ra vi­ves en Los Án­ge­les. An­to­nio Ban­de­ras con­ta­ba que, cuan­do se ins­ta­ló allí, ha­cía mu­chas pae­llas en su ca­sa. —¡Ya qui­sie­ra ha­ber asis­ti­do a esas pae­llas! No veas lo mu­cho que las echo de me­nos. Es una tra­di­ción en mi ca­sa. Los do­min­gos eran má­gi­cos. Nos reunía­mos to­dos mis pri­mos, mis tías, y mi ma­dre co­ci­na­ba pae­lla y, por la no­che, tor­ti­lla de pa­ta­ta… y en­ci­ma caía un buen ja­mon­ci­to. —Pues lán­za­te a los fo­go­nes. —Aho­ra que es­toy em­pe­zan­do a ha­cer ami­gos, me gus­ta­ría ins­tau­rar allí tam­bién el do­min­go de la pae­lla —ríe—. Bueno, ya la he he­cho unas cin­co ve­ces, siem­pre con mi ma­dre, vía Fa­ce­ti­me. A ella le sa­le es­pe­cial­men­te bue­na. —Tu ma­dre se­rá tu ma­yor fan. —Mi ma­dre me apo­ya en to­do, pe­ro es muy sin­ce­ra con­mi­go y eso se lo agra­dez­co mu­cho. Es­tá ter­mi­nan­do Psi­co­lo­gía y es­tu­dian­do in­glés. Y yo creo que es por­que me quie­re ayu­dar a que no me vuel­va loco en Los Án­ge­les —ríe— y por­que, así, cuan­do vie­ne a vi­si­tar­me, ya co­no­ce el idio­ma. Fue­ra de bro­ma, la ad­mi­ro mu­cho. —¿Qué te gus­ta ha­cer cuan­do no es­tás tra­ba­jan­do? —Des­de pe­que­ño me gus­ta mu­cho el surf. En Ca­li­for­nia hay bue­nas olas to­dos los días. Entre se­ma­na no pue­do sur­fear, pe­ro los fi­nes de se­ma­na me voy a ca­sa de un ami­go de la in­fan­cia, de Be­ni­cas­sim, o re­co­rre­mos la cos­ta acam­pan­do y ha­cien­do surf. Es un de­por­te que me co­nec­ta mu­cho con al­go muy sen­ci­llo de la vi­da y me apar­ta un po­co de la in­cer­ti­dum­bre, am­bi­ción y mie­dos que pue­da ha­ber en mi tra­ba­jo. Es mi vál­vu­la de es­ca­pe. A mí, con un buen desa­yuno, el sol y sur­fear, no me fal­ta de na­da. Car­go las pi­las pa­ra to­da la se­ma­na. —¿Y có­mo ves el mun­do des­de la cres­ta de la ola? —Es­toy agra­de­ci­do de las opor­tu­ni­da­des que se me han brin­da­do. «Vel­vet», «Sen­se8», que Pe­dro Al­mo­dó­var con­ta­ra con­mi­go, ha­ber po­di­do ro­dar con Ja­vier Bar­dem, un ac­tor re­fe­ren­te pa­ra mí, o con Pe­né­lo­pe Cruz. Oja­lá un día pue­da de­cir: «¡Es­toy en la cres­ta de la ola!» —ríe—, pe­ro, de mo­men­to, me sien­to agra­de­ci­do.

LA VI­DA EN LOS ÁN­GE­LES —¿Qué pla­nes sue­les ha­cer en Los Án­ge­les? ¿Dón­de se te pue­de en­con­trar? —A ve­ces, los do­min­gos voy a Ve­ni­ce Beach con un gru­po de ami­gos. Y ten­go una ru­ti­na: pa­ti­na­mos, va­mos a la pla­ya y des­pués siem­pre a mi piz­ze­ría fa­vo­ri­ta, Gje­li­na, don­de pue­des to­mar­te la co­mi­da en la ca­lle, una de las po­cas de Los Án­ge­les don­de la gen­te pa­sea. Sen­ci­lla­men­te, nos sen­ta­mos ahí mien­tras to­dos pa­san y nos da la sen­sa­ción de que es­ta­mos en un lu­gar atí­pi­co. Si­guien­do el ri­tual, des­pués voy, cua­tro ca­lles más aba­jo, a una he­la­de­ría que se ha he­cho fa­mo­sa por­que ha­cen «waf­fles» (go­fres) ar­te­sa­na­les y de ahí a unos ci­nes en los que te pue­des tum­bar y pe­dir vino. Veo una pe­lí­cu­la y cuan­do lle­go a ca­sa, so­bre las ocho,

cai­go ren­di­do. Ese es mi do­min­go ideal. —Entre ami­gos, al me­nos por las co­sas que cuel­gas en las re­des so­cia­les, pa­re­ces bas­tan­te bro­mis­ta. —Bueno, no sé. Me gus­ta pa­sár­me­lo bien —ríe—. Yo te­nía un abue­lo que siem­pre ha­cía el pino cuan­do nos reunía­mos to­da la fa­mi­lia, se co­no­ce que he sa­li­do a él —ríe de nue­vo—.

DEL TENIS A EL DU­QUE —Mi­guel Ángel, ¿có­mo lle­gas­te al mun­do de la in­ter­pre­ta­ción? ¿Es ver­dad que ibas pa­ra te­nis­ta? —Sí, bueno, me gus­ta­ba. Con cua­tro años em­pe­cé a ju­gar al tenis, con tre­ce me fui a Bar­ce­lo­na y en­tre­na­ba en la es­cue­la de Ser­gi Bru­gue­ra seis o sie­te ho­ras to­dos los días. Y con die­ci­ocho años me di cuen­ta de que no iba a al­can­zar las ex­pec­ta­ti­vas con las que ha­bía so­ña­do. Mis pa­dres tam­bién es­ta­ban ha­cien­do un es­fuer­zo eco­nó­mi­co im­por­tan­te, y no so­lo eso, es­tar fue­ra de ca­sa es un gran sa­cri­fi­cio. Lo de­jé y fue un año muy com­pli­ca­do. Pa­sé de te­ner mu­chas ilu­sio­nes a pre­gun­tar­me «¿y aho­ra qué?». Nun­ca me ha­bía plan­tea­do qué iba a es­tu­diar por­que has­ta ese mo­men­to es­ta­ba con­ven­ci­do de que lo con­se­gui­ría. Mi pa­dre es fi­sio­te­ra­peu­ta, mi her­ma­na es­ta­ba ter­mi­nan­do la ca­rre­ra y me ma­tri­cu­lé en la es­cue­la de Fi­sio­te­ra­pia. Es­tan­do en ter­ce­ro, co­men­cé a es­tu­diar in­ter­pre­ta­ción. —¿Y cuán­do te atra­pó la pro­fe­sión? ¿Le de­bes mu­cho a El Du­que? —Sí, an­tes hi­ce «Mo­ti­vos per­so­na­les», «La dis­tan­cia» y otras co­sas, pe­ro, sin du­da, gra­cias a El Du­que se me abrie­ron mu­chí­si­mas puer­tas. No es un per­so­na­je con el que me iden­ti­fi­co mu­cho, pe­ro me lo pa­sa­ba muy bien. No te­nía fil­tro pa­ra mu­chas co­sas. —Tam­bién fue el mo­men­to en el que la re­per­cu­sión de «Sin te­tas no hay pa­raí­so» hi­zo que te vol­vie­ras muy fa­mo­so ca­si de la no­che a la ma­ña­na. —Fue, de re­pen­te, un cam­bio muy ra­di­cal pa­ra el que no es­ta­ba pre­pa­ra­do. La gen­te ado­ra­ba tan­to a un per­so­na­je tan dis­tin­to a mí que pen­sa­ba que cuan­do vie­ran có­mo era yo de ver­dad se iban a lle­var un chas­co. Eso ge­ne­ra­ba en mí un mie­do y ha­cía que no dis­fru­ta­ra de las pe­que­ñas co­sas, co­mo una en­tre­vis­ta. Pe­ro eso, po­co a po­co, se fue se­re­nan­do, se fue cal­man­do y em­pe­cé a dar­me cuen­ta de que era una lás­ti­ma per­der­se la opor­tu­ni­dad de dis­fru­tar de to­das las fa­ce­tas que tie­ne es­ta pro­fe­sión y del ca­ri­ño de la gen­te, una de las co­sas más bo­ni­tas de es­te tra­ba­jo. — Y aho­ra ya no so­lo te pa­ran por la ca­lle en Es­pa­ña, sino tam­bién mu­cha gen­te te re­co­no­ce fue­ra. —«Vel­vet» se ha ven­di­do a vein­ti­dós paí­ses. Me sor­pren­de cuan­do me lla­man don Al­ber­to en una ca­lle de Pa­rís, en Mé­xi­co o en Bra­sil. —Cuan­do te pre­gun­tan por las mu­je­res es­pa­ño­las di­ces que son co­mo Paula Echevarría. —¡Siem­pre le di­go a Paula que ella es tan me­di­te­rrá­nea..! (Ríe). Es fe­liz. Es una mu­jer ado­ra­ble, en to­dos los sen­ti­dos. He te­ni­do mu­cha suer­te de te­ner­la co­mo com­pa­ñe­ra. Tie­ne una ener­gía pre­cio­sa, es una cui­da­do­ra de to­dos no­so­tros, es el es­pí­ri­tu de la se­rie, sin du­da.

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