«Yo te­nía vein­ti­séis años y en una co­ci­ni­ta mi­nús­cu­la pre­pa­ra­ba tor­ti­llas de ja­món pa­ra los vi­si­tan­tes. Tam­bién les ser­vía, re­co­gía las me­sas y lim­pia­ba. Fue­ron ocho años lle­nos de aven­tu­ras»

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us­ted hoy, se­ño­ri­ta?”. Y yo le cuen­to la his­to­ria del cas­ti­llo y lo po­co ama­bles que han si­do, y de pron­to oi­go: “Pues ese so­brino soy yo, Pa­tri­ce de Vo­güé, y el cas­ti­llo se lla­ma Vaux le Vi­com­te”, ja, ja».

Vol­ve­rían a coin­ci­dir en los años si­guien­tes. Fue después de un cóc­tel en que iba «ma­qui­lla­da co­mo una ac­triz de Holly­wood», se­gún su ma­ri­do, cuan­do él se enamo­ró per­di­da­men­te de ella. Ocho años después de ha­ber­se co­no­ci­do, se ca­sa­ron y, con el ma­tri­mo­nio, lle­gó Vaux le Vi­com­te, que es­ta vez sí le abrió las puer­tas.

«In­me­dia­ta­men­te después de la bo­da nos fui­mos a re­co­rrer los cas­ti­llos in­gle­ses pa­ra apren­der de los me­jo­res có­mo ma­ne­jar Vaux —con­ti­núa con­tan­do la con­de­sa—. Gran par­te de nues­tro di­ne­ro se ha­bía ido en de­re­chos reales, y si que­ría­mos con­ser­var­lo, ha­bía que ha­cer al­go. Un año después, lo abri­mos al pú­bli­co. Pe­ro era muy di­fí­cil. Uti­li­zá­ba­mos la bi­blio­te­ca co­mo sa­lón y es­con­día­mos los ju­gue­tes y la tele cuan­do ve­nían los vi­si­tan­tes a las diez de la ma­ña­na. Los ni­ños dor­mían en el ga­bi­ne­te y en la

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