Vi­sión de Cris­to Re­su­ci­ta­do

Ca­ta­li­na Em­me­rich (1774-1824) tu­vo re­ve­la­cio­nes de mo­men­tos de la vi­da del Sal­va­dor

Prensa Libre - - Esquelas -

“ Vi el al­ma de Nues­tro Señor en­tre dos án­ge­les ata­via­dos de gue­rre­ros; era lu­mi­no­sa, res­plan­de­cien­te co­mo el sol del me­dio­día, la vi atra­ve­sar la pie­dra y unir­se con el Sa­gra­do Cuer­po. Vi mo­ver­se sus miem­bros, y el Cuer­po del Señor, uni­do con su al­ma y con su di­vi­ni­dad, sa­lir de su mor­ta­ja bri­llan­te de luz. En ese mis­mo ins­tan­te me pa­re­ció que una for­ma mons­truo­sa, con co­la de ser­pien­te y una co­la de dra­gón sa­lía de la tie­rra de­ba­jo de la pe­ña, y que se le­van­ta­ba con­tra Je­sús. Creo que tam­bién te­nía una ca­be­za hu­ma­na. Vi que en la mano del Re­su­ci­ta­do on­dea­ba un es­tan­dar­te. Je­sús pi­só la ca­be­za del dra­gón y pe­gó tres gol­pes en la co­la con el pa­lo de su ban­de­ra. Des­apa­re­ció pri­me­ro el cuer­po, des­pués la ca­be­za del dra­gón y que­dó so­lo la ca­be­za hu­ma­na. Yo ha­bía vis­to mu­chas ve­ces es­ta mis­ma vi­sión an­tes de la Re­su­rrec­ción y una ser­pien­te igual a la que es­ta­ba em­bos­ca­da en la con­cep­ción de Je­sús. Me re­cor­dó tam­bién la ser­pien­te del pa­raí­so, pe­ro es­ta to­da­vía era más ho­rro­ro­sa. Creo que era una ale­go­ría de la pro­fe­cía: "El hi­jo de la mu­jer rom­pe­rá la ca­be­za de la ser­pien­te", y me pa­re­ció un sím­bo­lo de la vic­to­ria so­bre la muer­te, pues cuan­do Nues­tro Señor aplas­tó la ca­be­za del dra­gón, ya no vi el se­pul­cro.

Je­sús res­plan­de­cien­te, se ele­vó por me­dio de la pe­ña. La tie­rra tem­bló. Uno de los án­ge­les gue­rre­ros, se pre­ci­pi­tó del cie­lo al se­pul­cro co­mo un ra­yo, apar­tó la pie­dra que cu­bría la en­tra­da y se sen­tó so­bre ella. Los sol­da­dos ca­ye­ron co­mo muer­tos y per­ma­ne­cie­ron en el sue­lo sin dar se­ña­les de vi­da. Ca­sio, vien­do la luz bri­llar en el se­pul­cro se acer­có, to­có los lien­zos va­cíos y se fue con la in­ten­ción de anun­ciar a Pi­la­to lo su­ce­di­do. Sin em­bar­go aguar­dó un po­co por­que ha­bía sen­ti­do el te­rre­mo­to y ha­bía vis­to al án­gel apar­tar la pie­dra a un la­do y el se­pul­cro va­cío. Mas no ha­bía vis­to a Je­sús.

Mien­tras la San­tí­si­ma Vir­gen ora­ba in­te­rior­men­te lle­na de un ar­dien­te de­seo de ver a Je­sús, un án­gel vino a de­cir­le que fue­ra a la pe­que­ña puer­ta de Ni­co­de­mo, por­que Nues­tro Señor es­ta­ba cer­ca. El co­ra­zón de Ma­ría se inun­dó de go­zo; se en­vol­vió en su man­to y se fue

Mi­ró a lo al­to de la mu­ra­lla de la ciu­dad y el al­ma de Nues­tro Señor, res­plan­de­cien­te, ba­jó has­ta su Ma­dre acom­pa­ña­da de una mul­ti­tud de al­mas y pa­triar­cas. Je­sús, vol­vién­do­se ha­cia ellos di­jo: "He aquí a Ma­ría, he aquí a mi Ma­dre". Pa­re­ció dar­le un be­so y lue­go des­apa­re­ció.

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