La eter­ni­dad en nues­tra men­te

Revista Actitud - - LECTURA - Por: Billy Graham

Es­ta «vi­da» se en­cuen­tra tan so­lo en Je­sús, quien di­jo: «Yo soy la vid ver­da­de­ra […] To­do pám­pano que en mí no lle­va fru­to, lo qui­ta­rá; y to­do aquel que lle­va fru­to, lo lim­pia­rá, pa­ra que lle­ve más fru­to» (Juan 15.1–2). La ra­ma del oli­vo se ha con­ver­ti­do en un sím­bo­lo pa­ra el pue­blo ju­dío, y fue una hoja de oli­vo lo que la pa­lo­ma lle­va­ba de re­gre­so a Noé des­pués del di­lu­vio como sím­bo­lo de vi­da.

En el Evan­ge­lio de Juan, Je­sús ha­bla acer­ca de las ra­mas o pám­pa­nos, ha­cien­do re­fe­ren­cia a la eter­ni­dad y ha­cien­do dis­tin­cio­nes en­tre aque­llos que le si­guen ge­nui­na­men­te al cie­lo eterno y aque­llos que si­guen a su pa­dre el dia­blo al in­fierno eterno.

Pe­ro Je­sús con­ti­núa lla­man­do a la gen­te a Él, de la mis­ma for­ma que los pastores lla­man a sus ove­jas y sus ove­jas les co­no­cen. Je­sús di­jo: «Yo soy el buen pas­tor» (Juan 10.11). «Mi pre­sen­cia irá con­ti­go, y te da­ré des­can­so» (Éxo­do 33.14).

Las ove­jas ra­ras ve­ces du­ran mu­cho sin un pas­tor. Fá­cil­men­te se con­vier­ten en pre­sas de los lo­bos. Deam­bu­lan y se ex­tra­vían, y no pue­den ver más allá de vein­te pies (seis me­tros). ¿No es es­to una cal­co­ma­nía de la hu­ma­ni­dad: un re­ba­ño ex­tra­via­do que po­see ca­rac­te­rís­ti­cas si­mi­la­res? Las ove­jas ne­ce­si­tan un li­ber­ta­dor. Je­sús es nues­tro Li­ber­ta­dor eterno. La Bi­blia di­ce que nues­tra vis­ta es­pi­ri­tual fa­lla. El pro­fe­ta Isaías es­cri­bió:

Todos no­so­tros nos des­ca­rria­mos como ove­jas, ca­da cual se apar­tó por su ca­mino; mas Jeho­vá car­gó en él el pe­ca­do de todos no­so­tros. (Isaías 53.6)

Los pastores del Me­dio Orien­te pro­veen pa­ra sus ove­jas y las pro­te­gen, pe­ro Je­sús dio su pro­pia vi­da por sus ove­jas. Sin Él, estamos in­de­fen­sos. Y a tra­vés de la vi­da que Él nos da, que te­ne­mos es­pe­ran­za y la se­gu­ri­dad de la vi­da eter­na. Je­sús di­jo: «Yo soy la re­su­rrec­ción y la vi­da; el que cree en mí, aunque es­té muer­to, vi­vi­rá» (Juan 11.25).

De­be­ría­mos vi­vir ca­da día con la eter­ni­dad en nues­tra men­te. Si hi­cié­ra­mos eso, vi­vi­ría­mos de for­ma di­fe­ren­te, con pro­pó­si­to y re­suel­tos a agra­dar al Eterno que es Pan, y Luz, y Ra­ma, y Pas­tor. El eterno Li­ber­ta­dor, el YO SOY siem­pre pre­sen­te, ha­ce es­ta pre­gun­ta: « ¿Crees es­to?» (Juan 11.26).

Es­te era el men­sa­je que pre­di­ca­ba el após­tol Pa­blo: «Y el Se­ñor me li­bra­rá de to­da obra ma­la, y me pre­ser­va­rá pa­ra su reino ce­les­tial. A él sea glo­ria por los si­glos de los si­glos» (2 Ti­mo­teo 4.18). En la eter­ni­dad co­no­ce­re­mos la li­be­ra­ción eter­na de nues­tro Dios.

Pon tu mi­ra­da en las co­sas de arri­ba, en las co­sas más im­por­tan­tes, en las co­sas que tie­nen tras­cen­den­cia eter­na. Vi­ve con la eter­ni­dad en tu men­te.

«Y el Se­ñor me li­bra­rá de to­da obra ma­la, y me pre­ser­va­rá pa­ra su reino ce­les­tial...» 2 TIM. 4:18

Ex­traí­do del li­bro: Don­de Es­toy Au­tor: Billy Graham Editorial: Gru­po Nel­son

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