EL FRA­CA­SO NO TE DE­FI­NE

Revista Actitud - - EXTRACTOS -

En el epi­so­dio ti­tu­la­do: «El en­ga­ño de Acán y la de­rro­ta en Hai», Jo­sué fra­ca­só. De­lan­te de su ejér­ci­to, fren­te al enemi­go, de­lan­te de Dios… fra­ca­só.

Jo­sué se arras­tró has­ta su tien­da. To­do el cam­pa­men­to es­ta­ba de­vas­ta­do. Ha­bían

en­te­rra­do a trein­ta y seis de sus sol­da­dos y ha­bían si­do tes­ti­gos de la caí­da de un com­pa­trio­ta.

Jo­sué sin­tió las mi­ra­das hos­ti­les e in­ten­sas del pue­blo.

Jo­sué no es un buen lí­der. No tie­ne lo que se ne­ce­si­ta. Nos de­frau­dó.

Él sa­bía lo que ellos pen­sa­ban. Y peor aún, sa­bía lo que él pen­sa­ba. Su men­te se inun­dó con du­das so­bre sí mis­mo.

¿En qué es­ta­ba pen­san­do cuan­do acep­té es­te tra­ba­jo? De­bí ha­ber­lo he­cho me­jor. To­do es cul­pa mía.

Las vo­ces… las es­cu­chó to­das. Y tú tam­bién.

Cuan­do per­dis­te tu em­pleo, cuan­do re­pro­bas­te el exa­men, cuan­do aban­do­nas­te los es­tu­dios. Cuan­do tu ma­tri­mo­nio se fue a pi­que. Cuan­do tu ne­go­cio que­bró. Cuan­do fra­ca­sas­te. Las vo­ces co­men­za­ron a chi­llar. Como mo­nos en una jau­la, se reían de ti. Las es­cu­chas­te.

¡Y te les unis­te! Te des­ca­li­fi­cas­te, te re­cri­mi­nas­te, te cen­su­ras­te a ti mis­mo. Te sen­ten­cias­te a una vi­da de tra­ba­jo for­za­do en el Lea­ven­worth de una au­to­es­ti­ma po­bre.

¡Oh, las vo­ces del fra­ca­so! El fra­ca­so nos al­can­za a todos. El fra­ca­so es tan uni­ver­sal que te­ne­mos que pre­gun­tar­nos por qué no lo abor­dan más es­pe­cia­lis­tas en au­to­ayu­da. En las li­bre­rías so­bran los li­bros so­bre có­mo te­ner éxi­to. Pe­ro pa­sa­rá mu­cho tiem­po an­tes de que en­cuen­tres una sec­ción que se lla­me «Có­mo te­ner éxi­to en el fra­ca­so».

Tal vez na­die sa­be qué de­cir. Pe­ro Dios sí sa­be. Su li­bro fue es­cri­to pa­ra los fra­ca­sos. Es­tá lleno de in­di­vi­duos con­fun­di­dos y re­pro­ba­dos. Da­vid fue un fra­ca­so mo­ral; sin em­bar­go, Dios lo usó. Elías su­frió un des­ca­rri­la­mien­to emo­cio­nal des­pués del mon­te Car­me­lo, pe­ro Dios lo ben­di­jo. Jo­nás es­ta­ba en la ba­rri­ga de un pez, cuan­do oró su ora­ción fue más sin­ce­ra, y Dios la es­cu­chó.

¿Per­so­nas per­fec­tas? No. ¿Per­fec­tos desas­tres? ¡Ya lo creo! Sin em­bar­go, Dios los usó. Un des­cu­bri­mien­to acer­ca de la Bi­blia que es sor­pren­den­te y muy bien re­ci­bi­do: Dios usa los fra­ca­sos.

Dios usó el fra­ca­so de Jo­sué pa­ra en­se­ñar­nos qué ha­cer con los nues­tros. Dios le pi­dió a Jo­sué rá­pi­do y ur­gen­te­men­te que si­guie­ra con su vi­da.

«Le­ván­ta­te; ¿por qué te pos­tras así so­bre tu ros­tro?» (7.10).

«No te­mas ni des­ma­yes; to­ma con­ti­go to­da la gen­te de gue­rra, y le­ván­ta­te y su­be a Hai» (8.1).

El fra­ca­so es un ti­po de are­na mo­ve­di­za. Ac­túa de in­me­dia­to o te tra­ga­rá. Un tro­pie­zo no de­fi­ne ni rom­pe a una per­so­na. Aunque fa­llas­te, el amor de Dios no fa­lla. En­fren­ta tus fra­ca­sos con fe en la mi­se­ri­cor­dia de Dios. Él vio que es­te co­lap­so se acer­ca­ba. Cuan­do es­ta­bas pa­ra­do al es­te del Jor­dán, Dios po­día ver el per­can­ce fu­tu­ro en tu Hai.

Días de Glo­ria es­cri­to por Max Lu­ca­do; Editorial Gru­po Nel­son / Har­pe­rco­llins

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