El poe­ta Ju­lio Faus­to Agui­le­ra vi­vió al­gu­nos años en un asi­lo don­de lo co­no­ció la re­li­gio­sa Mer­ce­des Ál­va­rez.

Du­ran­te sus úl­ti­mos años vi­vió en un ho­gar pa­ra an­cia­nos.

Revista D - - ASÍ LO VIVÍ - Mer­ce­des Ál­va­rez Dot­son

Mi nom­bre es Mer­ce­des Ál­va­rez Dot­son, soy mi­nis­tra ex­tra­or­di­na­ria de la co­mu­nión de mi pa­rro­quia —El Señor de las Mi­se­ri­cor­dias— y ten­go una his­to­ria que con­tar­les.

Por ca­si tres años he lle­va­do la co­mu­nión a los an­cia­nos en un ho­gar de la zo­na 1 de la Ciu­dad de Gua­te­ma­la. To­dos los miér­co­les a las 10 de la ma­ña­na to­ca­ba la puer­ta del asi­lo, al en­trar en­con­tra­ba sen­ta­di­tos a 14, en­tre ellos es­ta­ba don Ju­lio. Con­fie­so mi ig­no­ran­cia —por ju­ven­tud o por­que vi­ví en otros paí­ses— pe­ro cuan­do él me di­jo su nom­bre pa­ra mí no era co­no­ci­do.

Ha­bía he­cho par­te de mi ri­to leer­les un sal­mo y lo ha­cía de for­ma poé­ti­ca, co­mo de­be ha­cer­se.

Un día don Ju­lio se le­van­tó y con la ayu­da de su an­da­dor se di­ri­gió a su ha­bi­ta­ción, yo me sen­tí tris­te por­que pen­sé que no que­ría par­ti­ci­par, sin em­bar­go, vol­vió y me di­jo: “Há­ga­me el fa­vor de en­tre­gar­le es­te poe­ma a una her­ma­na de la ca­ri­dad de la Ca­sa Cen­tral”.

Le pe­dí si po­día leer­lo en voz al­ta pa­ra to­dos. Su ca­ri­ta se pu­so con una gran son­ri­sa y re­pu­so: “Por fa­vor”.

Fue así co­mo leer uno de sus poe­mas se con­vir­tió en par­te de nues­tros miér­co­les; él me es­pe­ra­ba en la sa­li­ta y ca­da día que lle­ga­ba me se­ña­la­ba el tex­to de al­gu­nos de sus li­bros que desea­ba se ex­pu­sie­ra. Por cier­to, me re­ga­ló uno y me lo fir­mó.

En sep­tiem­bre fue­ron ele­gi­das obras de­di­ca­das a la pa­tria, de esa cuen­ta, Sin­gu­lar Gua­te­ma­la tie­rra mía, Con los ojos pues­tos en Gua­te­ma­la y La pa­tria que yo an­sío fue­ron par­te de nues­tras jor­na­das.

Mien­tras los leía, él se lim­pia­ba las lá­gri­mas, se­gu­ro por la emo­ción. Des­pués del Día de la In­de­pen­den­cia, so­lo sa­lía a en­tre­gar­me el poe­ma y se iba al co­me­dor; me es­cu­cha­ba des­de le­jos.

No ha­ce mu­cho se acer­có a mí y al oí­do su­su­rró: “Ya es­toy muy can­sa­do, pe­ro us­ted me ha traí­do ale­gría”. Aque­lla ma­ña­na leí­mos Poe­ma en un día ale­gría. El miér­co­les 27 de sep­tiem­bre fue la úl­ti­ma vez que lo vi.

Hoy quiero agra­de­cer a Dios el ha­ber­me per­mi­ti­do co­no­cer a un hom­bre que aún en sus úl­ti­mos años se ins­pi­ra­ba y con su mano tem­blo­ro­sa es­cri­bía sus poe­mas. A mí me de­di­có uno en ju­lio, no sé si fue uno de sus úl­ti­mos tra­ba­jos, pe­ro lo que sí sé es que me sien­to pri­vi­le­gia­da por ha­ber po­di­do lle­var­le unos mo­men­tos gra­tos a es­te gran es­cri­tor. Don Ju­lio, vie­ji­to lin­do, us­ted me di­jo que con mis vi­si­tas lo ha­bía acer­ca­do a Dios y aho­ra yo de­seo de­di­car­le unos elo­gios: su for­ta­le­za y de­seos de vi­vir han si­do ins­pi­ra­do­res. Gra­cias por ha­ber si­do par­te de mi exis­ten­cia.

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