En la úl­ti­ma eta­pa del ba­rro­co, Gua­te­ma­la for­mó su pro­pio es­ti­lo y lo plas­mó en los re­ta­blos”.

Revista D - - FRENTE -

¿Qué es­ti­los de re­ta­blos hay en el país?

Se con­ser­van re­na­cen­tis­tas, ba­rro­cos y neo­clá­si­cos, así co­mo otros tan­tos con ten­den­cias del ro­man­ti­cis­mo.

¿Quié­nes fue­ron los maes­tros más des­ta­ca­dos?

Uno de los más fa­mo­sos fue Qui­rio Ca­ta­ño, quien fue el au­tor del Cris­to Ne­gro de Es­qui­pu­las. Otro de re­nom­bre fue su com­pa­ñe­ro de ofi­cio, Pe­dro de Lien­do; am­bos de la pri­me­ra mi­tad del si­glo XVII. En­tre los que fa­bri­ca­ban re­ta­blos de es­ti­lo sa­lo­mó­ni­co es­tu­vie­ron Agus­tín Nú­ñez, quien vino a Gua­te­ma­la des­de Oa­xa­ca, así co­mo su dis­cí­pu­lo Vicente de la Pa­rra. Por su­pues­to, mu­chos otros que­da­ron en el ano­ni­ma­to.

¿Qué ma­te­ria­les fue­ron los que más abun­da­ron en su fabricación?

La ma­de­ra de ci­prés o pino. El ce­dro, en cam­bio, se re­ser­va­ba pa­ra las es­cul­tu­ras.

¿Se sa­be cuál es el más an­ti­guo de Gua­te­ma­la?

Sí, pe­ro des­de el pun­to de vis­ta do­cu­men­tal, pues ya no exis­te. Apa­re­ce uno en un tex­to de 1541, el cual ha­ce un inventario de bie­nes ecle­siás­ti­cos de cuan­do la ciu­dad es­ta­ba tras­la­dán­do­se de Ciu­dad Vie­ja a An­ti­gua Gua­te­ma­la. Aho­ra bien, de los que aún exis­ten, en­con­tré una an­ti­quí­si­ma pie­za en la igle­sia de San­ta Ma­ría Cu­nén, Qui­ché, que da­ta de fi­na­les del si­glo XVI, apro­xi­ma­da­men­te. El re­ta­blo, la­men­ta­ble­men­te, no es­tá com­ple­to. Otro más es el de San Juan El Obis­po, da­ta­do en 1619.

¿Cuál ha si­do el que más le ha im­pre­sio­na­do?

Hay mu­chos be­llí­si­mos y ca­da uno tie­ne sus cua­li­da­des. Sin em­bar­go, pue­do men­cio­nar el re­ta­blo ma­yor de la igle­sia de Chi­chi­cas­te­nan­go, el cual es de es­ti­lo ma­nie­ris­ta —la úl­ti­ma eta­pa del Re­na­ci­mien­to—. Tam­bién va­rios del oc­ci­den­te del país, que son del ba­rro­co sa­lo­mó­ni­co —con co­lum­nas de fus­te he­li­coi­dal, cu­yo nom­bre se de­be a la creen­cia de que así eran las que se cons­tru­ye­ron en el Tem­plo de Sa­lo­món—. Asi­mis­mo, hay del ba­rro­co gua­te­mal­te­co —con ca­rac­te­rís­ti­cas muy pro­pias en cuan­to a ti­po de pi­las­tras, vo­lu­me­tría, re­du­ci­do de pla­nos o uso de ar­cos co­no­pia­les—, co­mo el de San Jo­sé de la igle­sia de San­ta Ro­sa, en la ca­pi­tal; el re­ta­blo ma­yor de la igle­sia de San Agus­tín Aca­sa­guastlán, que tie­ne un expositor del San­tí­si­mo Sa­cra­men­to que se mue­ve; y los la­te­ra­les de Sa­la­má, Ba­ja Ve­ra­paz.

¿Cuán­to tiem­po de­mo­ra­ban en fa­bri­car uno?

De­pen­día del ta­ma­ño y del di­se­ño. Al­gu­nos iban de los seis me­ses a los dos o tres años, pe­ro uno de los más ela­bo­ra­dos fue el ma­yor de la igle­sia de San­to Do­min­go, en An­ti­gua Gua­te­ma­la, que, se­gún do­cu­men­ta­ción, tar­dó cin­co años en que­dar ter­mi­na­do, en 1646 —ya no exis­te—.

Otro de los des­apa­re­ci­dos es el de la ca­pi­lla de la Real Uni­ver­si­dad de San Car­los, de 1683.

Ese fue uno de los pri­me­ros de es­ti­lo ba­rro­co sa­lo­mó­ni­co que se cons­tru­ye­ron en el país y es­tu­vo a car­go de Agus­tín Nú­ñez, con el aval de Ma­teo de Zú­ñi­ga, quien se hi­zo fa­mo­so por es­cul­pir el Na­za­reno de La Mer­ced.

¿Có­mo era ese re­ta­blo?

Ten­go un es­tu­dio acer­ca de es­te y ahí plas­mé un di­bu­jo pa­ra re­crear­lo, se­gún la des­crip­ción do­cu­men­tal. Era de un so­lo cuer­po, tres ca­lles, con co­lum­nas sa­lo­mó­ni­cas, un re­ma­te y un ban­co. In­cluía tam­bién va­rios ni­chos pa­ra co­lo­car es­cul­tu­ras.

Us­ted ha im­par­ti­do cur­sos uni­ver­si­ta­rios so­bre His­to­ria del Ar­te y te­mas re­la­cio­na­dos. ¿Cree que hay su­fi­cien­tes jó­ve­nes in­tere­sa­dos en ello?

Sí los hay, pe­ro no son tan­tos en com­pa­ra­ción con otras ca­rre­ras uni­ver­si­ta­rias.

Otra de sus áreas de es­pe­cia­li­za­ción es la res­tau­ra­ción de mo­nu­men­tos con es­pe­cia­li­dad en cen­tros his­tó­ri­cos. ¿Qué ha­ce que un lu­gar sea ca­ta­lo­ga­do co­mo tal?

Es un te­rri­to­rio que tie­ne in­mue­bles que com­par­ten ca­rac­te­rís­ti­cas co­mu­nes a ni­vel es­ti­lís­ti­co, que co­rres­pon­den a de­ter­mi­na­dos pe­río­dos de edi­fi­ca­ción y que a la vez han si­do el pun­to de par­ti­da pa­ra el na­ci­mien­to de una ciu­dad.

¿Qué cen­tros his­tó­ri­cos hay en Gua­te­ma­la, apar­te del ca­pi­ta­lino?

Es­tán los de Quet­zal­te­nan­go, Re­tal­hu­leu y Flo­res. An­ti­gua Gua­te­ma­la, en cam­bio, es una ciu­dad his­tó­ri­ca, ya que abar­ca to­do el área.

Si de­pen­die­ra de us­ted la con­ser­va­ción de esos si­tios, ¿qué im­ple­men­ta­ría?

Di­fun­dir la be­lle­za de sus edi­fi­cios y, de esa for­ma, in­cen­ti­var a la gen­te a que los vi­si­te con ma­yor fre­cuen­cia. Asi­mis­mo, fortalecer la se­gu­ri­dad, crear más ca­lles pea­to­na­les y fo­men­tar el uso de la bi­ci­cle­ta. Pa­ra to­do es­to, cla­ro, se de­be efec­tuar una eva­lua­ción.

Co­mo mu­seó­lo­ga, ¿por qué cree que los mu­seos na­cio­na­les no ter­mi­nan de des­pe­gar?

Exis­ten li­mi­tan­tes eco­nó­mi­cas, pe­ro con­si­de­ro que to­dos de­be­mos con­tri­buir a que man­ten­gan abier­tas sus puer­tas. Lo me­jor es asis­tir a sus ex­po­si­cio­nes y otras ac­ti­vi­da­des que lle­ven a ca­bo.

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