Con otra óp­ti­Ca Otro di­lu­vio

Diario El Heraldo - - Opinión -

he­chos bí­bli­cos pa­sa­dos, no por la in­me­dia­ta reali­dad. La cla­ve del pro­yec­to re­si­de en que acep­tes el con­cep­to del mi­la­gro, que ins­ta a creer que Dios vi­gi­la des­de nues­tras es­pal­das de con­ti­nuo y que ri­ge la ex­pe­rien­cia te­rres­tre, lo que es fal­so ya que el hu­mano es quien cons­tru­ye su en­torno y des­tino o los obs- tru­ye. Los en­can­ta­do­res de co­bras desem­pe­ñan de es­te mo­do su mejor pa­pel.

Ese me­ca­nis­mo de ma­ni­pu­la­ción ador­me­ce a los fie­les y guar­da com­pli­ci­dad con un plan ma­yor pa­ra sos­tén del sta­tu quo: ca­pán­do­le las glán­du­las de la re­bel­día al hon­du­re­ño se ase­gu­ra to­da su­je­ción: política (que si­gan los mis­mos); eco­nó­mi­ca (en vez de es­tar el Es­ta­do a su ser­vi­cio, co­mo co­rres­pon­de, se vuel­ve su es­cla­vo y pro­vee­dor); fi­lo­só­fi­ca ( lo que acon­te­ce es de­ci­di­do des­de el cie­lo, vano in­su­rrec­cio­nar­se); cul­tu­ral ( la in­mo­vi­li­dad y la de­pen­den­cia ha­cen al buen cris­tiano; el di­ne­ro es pe­ca­do, ex­cep­to pa­ra pa­gar el diez­mo; na­da es­pe­res del mun­do, allí no es­tá la glo­ria…).

Se de­bi­li­tan así, o de­sa­pa­re­cen pa­ra siem­pre la fe en la es­pe­cie hu­ma­na (que fue ge­né­si­ca­men­te “mal­di­ta”) y la so­li­da­ri­dad (sál­va­te a ti mis­mo). Las vir­tu­des de la sa­na con­vi­ven­cia so­lo son in­cul­ca­das y acep­ta­das en cuan­to ri­jan den­tro del mar­co re­li­gio­so, no ne­ce­sa­ria­men­te de la co­mu­ni­dad ci­vil, y los mo­de­los de com­por­ta­mien­to ja­más son de hu­ma­nos co­mu­nes, hé­roes dia­rios, sino de los to­ca­dos por fue­go di­vino. Es una cru­da ex­tra­po­la­ción de la vi­sión de mun­do: se re­si­de en el pla­ne­ta, pe­ro se ins­ta a ol­vi­dar­se de él (in­clu­yen­do sus lu­chas y de­ba­tes po­lí­ti­cos), y se ha­ce as­pi­rar por un pa­raí­so ce­les­tial del que no hay cer­te­za. Son los ejem­plos per­fec­tos de la alie­na­ción y la enaje­na­ción a que in­du­cen las sec­tas y cre­dos del mun­do de hoy.

Es­ta­mos obli­ga­dos a re­ve­lar y des­mon­tar ese alam­bi­que ma­le­vo de ideo­lo­gía y con­tri­buir así a que el hon­du­re­ño sea por fin li­bre de to­da ma­ni­pu­la­ción ma­te­rial y men­tal

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