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in lu­gar a du­das fue uno de los di­se­ña­do­res que se sur­mer­gía en un ai­re de mis­te­rio, ca­si inac­ce­si­ble. De pa­dres cam­pe­si­nos y con ras­gos de enanis­mo, na­ció en la ciu­dad per­di­da de Tú­nez. Fue su her­ma­na ge­me­la quien lo ins­pi­ró en el amor por la al­ta cos­tu­ra y le en­se­ñó a co­ser, am­bos dis­fru­ta­ban ver re­vis­tas de mo­da, li­bros de pin­tu­ra y los fo­lle­tos de ex­po­si­cio­nes ar­tís­ti­cas que les traía una ami­ga fran­ce­sa de su ma­dre. Años más tar­de Azzedine Alaïa de­ci­dió es­tu­diar es­cul­tu­ra, pe­ro min­tió so­bre su edad pa­ra po­der in­gre­sar; allí apren­dió a ana­li­zar de­te­ni­da­men­te las pro­por­cio­nes del cuer­po. Una vez que ter­mi­nó la ca­rre­ra se mu­dó a Pa­rís y se desem­pe­ñó co­mo sas­tre pa­ra Ch­ris­tian Dior; con él du­ró muy po­co tiem­po por no te­ner los pa­pe­les en re­gla. Lue­go en­tró a Guy La­ro­che, don­de es­tu­vo un año apren­dien­do ca­si sin co­brar, mien­tras ase­gu­ra­ba el suel­do co­mo cui­da­dor de los hi­jos de la con­de-

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