NOS MUES­TRA SU LA­DO ALE­GRE Y ES­PON­TÁ­NEO EN UNA EN­TRE­VIS­TA EX­CLU­SI­VA

Hola Honduras - - Portada -

CAR­MEN ES UNA JO­VEN que ha cau­ti­va­do con sus di­se­ños ele­gan­tes y atem­po­ra­les a la so­cie­dad hon­du­re­ña, pie­zas con un ai­re mo­derno y fres­co son par­te de la apues­ta que es­ta be­lla mu­jer mues­tra. Sin du­da, una mag­ní­fi­ca no­ti­cia pa­ra el mun­do de la mo­da ya que re­pre­sen­ta el ta­len­to y las ga­nas de to­da una nue­va ge­ne­ra­ción de jó­ve­nes di­se­ña­do­res. Des­de pe­que­ña su­po que el di­se­ño de mo­das era su pa­sión, y sus sue­ños fi­nal­men­te se con­vir­tie­ron en reali­dad al de­ci­dir in­cur­sio­nar en es­ta in­dus­tria. Car­men es una mu­jer de­ci­di­da y se­gu­ra de sí mis­ma, que ad­mi­te que ca­da una de sus ex­pe­rien­cias las asu­me co­mo lec­cio­nes en­ri­que­ce­do­ras que le ayu­dan a to­mar me­jo­res de­ci­sio­nes y a ser in­no­va­do­ra con sus pro­yec­tos.

—Na­cí en Te­gu­ci­gal­pa en ma­yo de 1987, en me­dio de un ho­gar in­te­gra­do por mi pa­pá Pe­ter Dánzilo y mi ma­má Vi­ve­ca Can­te­ro. Ac­tual­men­te ellos es­tán di­vor­cia­dos, mi ma­má vi­ve en Nue­va York y mi pa­pá aquí en Te­gu­ci­gal­pa. Mi ni­ñez fue muy bo­ni­ta y guar­do mu­chos be­llos re­cuer­dos, fui una ni­ña in­quie­ta y ex­tro­ver­ti­da que vi­vió sus pri­me­ros años in­mer­sa en el uni­ver­so crea­ti­vo de su ma­dre.

—¿Dón­de na­cis­te y có­mo fue tu ni­ñez? —¿Cuán­tos her­ma­nos tie­nes?

—Ten­go tres her­ma­nos, yo soy la ma­yor de to­dos. Mi her­ma­na Ro­ber­ta tie­ne 26 años, lue­go le si­gue Nik­ko al que le lle­vo 10 años y Gia­na. Aun­que sea la ma­yor yo soy la con­sen­ti­da.

—¿Qué es lo que más re­cuer­das de tu in­fan­cia?

—Re­cuer­do cuan­do mis abue­los nos lle­va­ban a com­par­tir con ellos en su ca­sa del Ha­ti­llo, es una cons­truc­ción de los años 60 que fue la úni­ca ca­sa en la que mi ma­má vi­vió cuan­do ni­ña y en la cual to­dos cre­ci­mos. Su di­se­ño mo­derno es el gus­to de mi abue­lo, así co­mo la im­pre­sio­nan­te co­lec­ción de mue­bles Knoll y Ple­xi­glass que son mis fa­vo­ri­tos y los de mi ma­má tam­bién. Es una es­truc­tu­ra de vi­drio si­tua­da en las mon­ta­ñas. Mi abue­lo es un per­so­na­je com­ple­to, des­de ni­ña me en­se­ñó a bai­lar swing, me man­da­ba a cla­ses de ten­nis y golf, fui siem­pre su mu­sa, me to­ma­ba mi­les de fo­tos y vi­deos, gra­bó nues­tra in­fan­cia en­te­ra en sus cá­ma­ras de ví­deo, creo que he­re­dé su ca­ris­ma y amor por la vi­da. Tu­vi­mos una in­fan­cia fe­liz, con mi her­ma­na y mis pri­mos nos pa­sá­ba­mos los días ju­gan­do en los al­re­de­do­res, de allí na­ció mi pa­sa­tiem­po fa­vo­ri­to que es es­ca­lar.

—¿Có­mo afron­tas­te la se­pa­ra­ción de tus pa­dres?

—Aun­que su se­pa­ra­ción fue de mu­tuo acuer­do, fue una ex­pe­rien­cia du­ra, pe­ro que me ha de­ja­do co­mo le­ga­do una gran lec­ción que es­toy se­gu­ra me ser­vi­rá al mo­men­to de for­mar una fa­mi­lia. Des­pués de la se­pa­ra­ción, mis pa­dres hi­cie­ron lo po­si­ble pa­ra que mi her­ma­na y yo lle­vá­ra­mos una vi­da lo más nor­mal po­si­ble, cer­ca siem­pre de ma­má y de nues­tros abue­los ma­ter­nos que es­tu­vie­ron con no­so­tros en to­do mo­men­to, co­mo só­lo una fa­mi­lia uni­da sa­be ha­cer­lo.

—¿Qué sig­ni­fi­ca tu fa­mi­lia pa­ra ti?, ¿eres muy fa­mi­liar?

—Mi fa­mi­lia es to­do pa­ra mí, so­mos muy uni­dos y siem­pre tra­ta­mos de pa­sar el ma­yor tiem­po po­si­ble en fa­mi­lia. Yo vi­vo aquí en Hon­du­ras con mi pa­pá y te­ne­mos co­mo ley al­mor­zar jun­tos to­dos los días a la una de la tar­de. Man­ten­go una re­la­ción muy uni­da con mi ma­dre y mis her­ma­nos a pe­sar de que ellos vi­ven en Nue­va York. Me con­si­de­ro una per­so­na muy fa­mi­liar, ado­ro a mis pa­dres y her­ma­nos. ¡Me es­toy pre­pa­ran­do bien pa­ra cuan­do me to­que co­men­zar mi pro­pia fa­mi­lia!

—¿Có­mo es Car­men co­mo hi­ja, her­ma­na y ami­ga?

—Soy muy sin­ce­ra, siem­pre les di­go lo que no me gus­ta y lo que me agra­da de ellos. Ad­mi­to que a ve­ces soy du­ra, pe­ro eso no sig­ni­fi­ca que no los quie­ra. Soy in­con­di­cio­nal y tra­ba­jo día a día por ser me­jor hi­ja, her­ma­na y ami­ga.

—Tie­nes una so­bri­na, ¿có­mo eres con ella?

—Mi so­bri­na me ro­ba los sus­pi­ros, es­toy lo­ca­men­te enamo­ra­da de ella. Tie­ne cin­co años y ha­ce que mis días ten­gan un gi­ro di­fe­ren­te. Sin nin­gún es­fuer­zo me ro­ba una son­ri­sa y ha­ce que me con­vier­ta en la tía más al­cahue­ta del mun­do.

—Es­tu­dié Re­la­cio­nes In­ter­na­cio­na­les en Mia­mi, pe­ro re­co­no­cí que mi ver­da­de­ra vo­ca­ción es la mo­da. Es im­por­tan­te acla­rar que nun­ca es­tu­dié di­se­ño de mo­das, es­to es al­go au­to­di­dac­to y cla­ro es al­go que es­tá en mis ve­nas.

—Cuén­ta­nos de tus es­tu­dios. —¿A qué edad des­cu­bris­te tu pa­sión por el di­se­ño de mo­das?

—Te­nía tres años cuan­do me em­pe­zó a lla­mar la aten­ción la mo­da. Siem­pre cre­cí en el ta­ller de mis pa­dres, en me­dio de te­las, pa­tro­nes y má­qui­nas. Mi pa­sión por el di­se­ño de mo­das lo trai­go en las ve­nas. Gra­cias a Dios cuen­to con el apo­yo in­con­di­cio­nal de mi fa­mi­lia y es­pe­cial­men­te de mi pa­dre. Él me com­pró mis pri­me­ras má­qui­nas y bus­có du­ran­te dos me­ses a la cos­tu­re­ra y a la cor­ta­do­ra que tra­ba­ja­ron con mi ma­má por­que yo no que­ría tra­ba­jar con na­die

«Me gus­ta ver co­mo una idea que na­ce de mí se con­vier­te en una reali­dad. Me gus­ta tra­ba­jar y dar lo me­jor en ca­da di­se­ño» (SI­GUE)

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