AR­TU­RO MUYS­HONDT UN EM­PREN­DE­DOR EN LA CI­MA DE HOLLY­WOOD

Hola Honduras - - Exclusiva -

AC­TOR, pro­duc­tor, es­cri­tor, es­po­so, pa­dre y has­ta ban­que­ro… El nom­bre de Ar­tu­ro Muys­hondt pro­me­te so­nar más de una vez en las sa­las de ci­nes de Amé­ri­ca, pe­ro so­bre to­do, pro­me­te po­ner en al­to a to­dos los cen­troa­me­ri­ca­nos.

Es­te sal­va­do­re­ño em­pe­zó sus pri­me­ros vi­deos a los 12 años, con una cá­ma­ra que su pa­dre le re­ga­ló. “Co­men­cé a gra­bar co­mo en una es­pe­cie de juego, por esos años era la gue­rra ci­vil de El Sal­va­dor y era una épo­ca muy du­ra. Mi pa­pá me re­ga­ló una de esas cá­ma­ras Sony Be­ta­cam y co­mo una es­pe­cie de es­ca­pe, co­men­cé a es­cri­bir y fil­mar mis pro­pias pe­lí­cu­las de gue­rra. No era un ni­ño vio­len­to, es so­lo lo que veía de ma­ne­ra ru­ti­na­ria en mi mun­do. Ha­bía ami­gos que eran bue­ní­si­mos pa­ra el fút­bol. Yo no, lo mío era la cá­ma­ra, el crear per­so­na­jes e his­to­rias”, cuen­ta.

En una vi­si­ta a su tie­rra na­tal, el ac­tor le con­ce­dió a ¡HO­LA! un es­pa­cio en su com­pli­ca­da agen­da, pa­ra con­ver­sar so­bre su ma­yor pa­sión en la vi­da, el ci­ne.

—En­ton­ces su pa­dre le ayu­dó a des­cu­brir su don, Ar­tu­ro…

—Po­dría de­cir­se. Mi pa­dre me pe­día que gra­ba­ra pas­to­re­las, na­vi­da­des, en­tre otros even­tos pe­ro me pa­re­ce­rían abu­rri­dos pa­ra to­mar en vi­deo. Eso no me des­mo­ti­vó, más bien me in­cen­ti­vó a crear pe­que­ñas pe­lí­cu­las. A mis 16 años, sin for­ma­ción profesional al­gu­na, ya con­ta­ba con un elen­co de va­rias per­so­nas que me ayu­da­ban a po­ner en es­ce­na mis cor­to­me­tra­jes.

—Ahora, ¿có­mo lo­gró lle­var su pe­lí­cu­la a 430 sa­las de ci­ne en Es­ta­dos Uni­dos? Ima­gino que fue un re­to enor­me.

—Mi his­to­ria es muy si­mi­lar y muy dis­tin­ta a la de mu­chos. Si­mi­lar por el de­seo de su­pera­ción, los sue­ños de triun­far que tan­tos cen­troa­me­ri­ca­nos lle­van en el al­ma al mi­grar a los Es­ta­dos Uni­dos, pe­ro dis­tin­ta por­que a di­fe­ren­cia de mu­chos que son de­por­ta­dos o vi­ven su vi­da en­te­ra en bus­ca de ese sue­ño, yo al­can­cé lo que desea­ba; no sin an­tes su­frir desai­res, de­cep­cio­nes y gran­des desafíos y obs­tácu­los. —Pri­me­ro con­tar­te que mi ca­rre­ra es Eco­no­mía en fi­nan­zas y tra­ba­jé co­mo ban­que­ro en Cen­troa­mé­ri­ca y lue­go en Mia­mi, Flo­ri­da. Pro­fe­sión que me ve­nía muy bien. En el día tra­ba­ja­ba co­mo ban­que­ro pe­ro en la no­che tra­ba­ja­ba en un tea­tro. Me me­tí de lleno

—¿Có­mo cuá­les?

En una vi­si­ta a su tie­rra na­tal, El Sal­va­dor, el ac­tor le con­ce­dió a ¡HO­LA! un es­pa­cio en su com­pli­ca­da agen­da, pa­ra con­ver­sar so­bre su ma­yor pa­sión en la vi­da, el ci­ne.

«En El Pas­tor, el men­sa­je que sub­ya­ce más allá de la anéc­do­ta prin­ci­pal, es que to­dos los se­res hu­ma­nos, sin im­por­tar los erro­res que ha­yan co­me­ti­do, tie­nen la ha­bi­li­dad

de cam­biar y re­di­mir­se»

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