EDITH GON­ZÁ­LEZ La ac­triz me­xi­ca­na nos com­par­te las

Des­de Aca­pul­co, y acom­pa­ña­da por su es­po­so, Lo­ren­zo La­zo, la ac­triz com­par­te, en ex­clu­si­va con los lec­to­res de ¡HO­LA!, una mag­ní­fi­ca no­ti­cia

Hola Honduras - - Contenido - Tex­to: MÓ­NI­CA SÁN­CHEZ Fo­to­gra­fía: VÍC­TOR CUCART Coor­di­na­ción de mo­da: MARCO CORRAL Ma­qui­lla­je y pei­na­do: JORGE ER­NES­TO VE­LÁZ­QUEZ Mo­da: DIOR / Jo­yas: ARISTOCRAZY Agra­de­ci­mien­to: HO­TEL LAS BRI­SAS (ACA­PUL­CO)

«Me aca­ban de dar mi cons­tan­cia, un pa­pel que di­ce: “RE­MI­SIÓN”. Eso quie­re de­cir que mi cuer­po ha res­pon­di­do a los tra­ta­mien­tos»

LA vi­da es be­lla y no­ble y sa­gra­da. Edith Gon­zá­lez abra­za la vi­da co­mo se abra­za al aman­te: con ter­nu­ra, con de­seo, con (¿por qué no?) pi­car­día. La ac­triz, li­te­ral­men­te, se ha­ce luz. Es luz ro­dea­da del má­gi­co pai­sa­je de Aca­pul­co. Lo que más sor­pren­de de ella es su for­ta­le­za es­pi­ri­tual. Se ha­ce luz por­que es un fa­ro que guía, sin im­po­si­cio­nes, a quien an­da per­di­do. Ella ha to­ma­do las rien­das de su vi­da. Apar­ta de su ca­mino los te­rro­res pa­ra­li­zan­tes, re­cha­za la au­to­com­pa­sión o el vic­ti­mis­mo, y vi­ve in­ten­sa­men­te, sin au­to­en­ga­ños. Des­de me­dia­dos de 2016 li­dia con un cán­cer de ova­rios («Cán­cer es cán­cer, no hay que te­ner mie­do a la pa­la­bra»)... Pe­ro hoy no ve­ni­mos a ha­blar de la en­fer­me­dad, sino de la es­pe­ran­za. Hoy, Edith Gon­zá­lez, acom­pa­ña­da por Lo­ren­zo La­zo, un ca­ba­lle­ro en to­da la ex­ten­sión de la pa­la­bra y el hom­bre al que la ac­triz dio el «sí quie­ro» ha­ce seis años y me­dio, ce­le­bran la vi­da. Re­cien­te­men­te, la ac­triz ha re­ci­bi­do una ex­ce­len­te no­ti­cia que se re­su­me en un tér­mino (que sue­na a gloria): «RE­MI­SIÓN». Pe­ro de­je­mos que sea ella —con esa sor­pren­den­te mez­cla en­tre la in­te­li­gen­cia emo­cio­nal más ele­va­da y el sen­ti­mien­to «naïf» más se­duc­tor— quien nos cuen­te có­mo se en­cuen­tra.

—Edith, te­ne­mos bue­nas no­ti­cias. Hay vi­da, hay es­pe­ran­za, hay fu­tu­ro...

—Hay al­go muy im­por­tan­te: es­ta­mos ce­le­bran­do la vi­da. Me aca­ban de dar mi cons­tan­cia, un pa­pel que di­ce «RE­MI­SIÓN». —¿Qué quie­re de­cir esa pa­la­bra?

—Quie­re de­cir con­trol. No sig­ni­fi­ca que es­té sa­na­do el cán­cer, pe­ro re­mi­sión es la me­jor pa­la­bra que pue­de re­ci­bir una per­so­na en­fer­ma de cán­cer, por­que in­di­ca que el cán­cer es­tá ba­jo con­trol. Sa­be­mos que el cuer­po ha res­pon­di­do a los tra­ta­mien­tos. —¡En­ho­ra­bue­na!

—Re­mi­sión quie­re de­cir que no hay re­gis­tro de cán­cer en tu cuer­po. Es di­fí­cil de ex­pli­car: pue­de ha­ber una cé­lu­la per­di­da y vol­ver a inun­dar­te. Por eso, se es­cu­cha tan­tas ve­ces: «Le vol­vió». Te­ne­mos dos pa­la­bras: «Re­mi­sión», la que siem­pre que­re­mos es­cu­char; y «re­cu­rren­cia», la que na­die quie­re oír. Una pa­la­bra es la más es­pe­ra­da y la otra, la me­nos desea­da. —Tú re­ci­bis­te la pa­la­bra es­pe­ra­da.

—Re­mi­sión es es­pe­ran­za, pe­ro va un po­co más allá. Es­ta­mos exac­ta­men­te don­de te­nía­mos que es­tar. —¿A qué acha­cas es­te éxi­to?

—Al tra­ta­mien­to que es­ta­mos si­guien­do. En él, se com­bi­nan qui­mio­te­ra­pias con in­mu­no­te­ra­pias. Es de los tra­ta­mien­tos más avan­za­dos. Es­toy jun­tan­do dos co­sas muy im­por­tan­tes des­de un pun­to de vis­ta cien­tí­fi­co: el tra­ta­mien­to es­tán­dar y otro que for­ma par­te de los nue­vos tra­ta­mien­tos. Afor­tu­na­da­men­te, a mí me ha fun­cio­na­do. Aho­ra ten­go la cer­te­za de que siem­pre voy a te­ner que es­tar pa­san­do «au­di­to­rías» mé­di­cas, pe­ro... ¿a quién le im­por­ta? «HE SI­DO LO MÁS FRÍA PO­SI­BLE CON TO­DO ES­TO»

—Leí que, a lo lar­go de to­do es­te pro­ce­so, so­lo ha­bías llo­ra­do en tres oca­sio­nes. ¿Llo­ras­te, pe­ro de fe­li­ci­dad, al ver la pa­la­bra «re­mi­sión»?

—No, no —nos res­pon­de con una se­re­ni­dad que des­mon­ta. —¿En qué pen­sas­te?

—En na­da. Bueno, me di­je: «Ok, es­toy en re­mi­sión. Aho­ra es cuan­do más aten­ta ten­go que es­tar». He si­do lo más fría po­si­ble con to­do

LO­REN­ZO LA­ZO: «Edith ha ele­gi­do ser li­bre pa­ra ser ale­gre, pa­ra ser mu­jer y pa­ra ser ma­dre. Esa li­ber­tad es la que ca­da día me enamo­ra más»

es­to.

—Tu lu­cha ha si­do, di­ga­mos, cien­tí­fi­ca: es­tás in­for­ma­da de to­do en torno a tu en­fer­me­dad.

—Quie­ro acla­rar al­go: yo no lu­cho, yo abra­zo la vi­da. No lo he vi­vi­do co­mo una lu­cha. Es­toy abra­zan­do la vi­da. Si­go la es­ta­fe­ta que me de­jó mi pa­dre. —¿De qué es­tá he­cha esa es­ta­fe­ta?

—De amor a la vi­da. Cuan­do po­nen que yo lu­cho pien­so: «Ok». Pe­ro no es eso. Lo que to­do el tiem­po he he­cho ha si­do abra­zar la vi­da. Es­te es un con­cep­to que pa­re­ce igual, pe­ro es muy dis­tin­to. —Se im­po­ne el amor al enojo…

—¡Por eso sal­go bai­lan­do, por eso sal­go can­tan­do! Yo no es­toy lu­chan­do, es­toy vi­vien­do. Esa es la gran di­fe­ren­cia. Yo no soy una gue­rre­ra, soy una aman­te de la vi­da. En to­do es­te pro­ce­so he es­ta­do acom­pa­ña­da, por su­pues­to, por Lo­ren­zo, por Cons­tan­za, por mi her­mano, por mi ma­dre… Y, pa­ra que veas, sí hay al­go que me en­ga­rro­ta el al­ma. —¿Cuan­do pien­sas en los tu­yos?

—En ellos y en la can­ti­dad de gen­te del pú­bli­co que me ha man­da­do vir­gen­ci­tas de Gua­da­lu­pe... En tan­tas per­so­nas que me abra­zan, tiem­blan, llo­ran... —Sien­tes el res­pe­to de tu pú­bli­co.

—Sien­to el amor... ¡Di­cen co­sas tan bo­ni­tas! Trai­go un nu­do en la gar­gan­ta por­que ¡he re­ci­bi­do tan­to amor to­dos es­tos me­ses! Eso sí me im­po­ne. «REBÉLATE… ATRÉ­VE­TE A SER TÚ MIS­MO»

—Que­ri­da Edith, pa­ra una per­so­na que es­tá abra­zan­do la vi­da... ¿Qué es pa­ra ti eso que lla­ma­mos vi­da?

—El pre­sen­te... —Lo que es­toy ha­cien­do. —El pre­sen­te y atre­ver­te a ha­cer co­sas. Me en­can­tó un en­ca­be­za­do que pu­sie­ron en «Re­for­ma» so­bre «Una Gior­na­ta Par­ti­co­la­re»: «Rebélate». Rebélate y atré­ve­te a ser tú mis­mo. Siem­pre te es­tás cui­dan­do de las for­mas, de ser co­rrec­to... No. Aho­ra es­toy en el mo­men­to de: «¿Qué me to­ca ha­cer?», «¿Qué quie­ro ha­cer?»

—El cuer­po me pi­de ac­ti­vi­dad. No he po­di­do ha­cer to­do el ejer­ci­cio que yo qui­sie­ra, pe­ro hay que en­ten­der que mi reali­dad fí­si­ca es dis­tin­ta. Pue­do ha­cer ejer­ci­cio, pe­ro ya no pue­do ha­cer la can­ti­dad de ejer­ci- —¿Y qué te pi­de el cuer­po?

cio que ha­cía an­tes. —¿Te has re­be­la­do con­tra es­to?

—No en el sen­ti­do de: «¿Por qué yo?» Ja­más. Ni me he enoja­do ni me pien­so eno­jar con na­die. Si le pa­sa a ni­ños, ¿por qué no me va a pa­sar a mí? —Pues eso ha­bla de una fuer­za es­pi­ri­tual muy gran­de.

—Pe­ro tam­bién ha­bla del pa­pá que tu­ve. Él me de­jó un gran ejem­plo. Es­toy muy tran­qui­la. —¿Qué en­se­ñan­za de tu pa­dre te guía al día de hoy?

—Que quie­ro ayu­dar. Ob­via­men­te a las mu­je­res, pe­ro prin­ci­pal­men­te a los ni­ños. A mí me da mu­cha ter­nu­ra que un ni­ñi­to ten­ga cán­cer. Se me ha­ce du­rí­si­mo que pa­dez­can cán­cer u otra en­fer­me­dad. Pe­ro es­ta no es una lu­cha que ten­ga de aho­ra. —Lo tu­yo y la so­li­da­ri­dad vie­ne de le­jos.

—En 2013, a los quin­ce días de la tra­ge­dia en Aca­pul­co —se re­fie­re Edith al pa­so de­vas­ta­dor de los hu­ra­ca­nes «In­grid» y «Ma­nuel»—, fui la pri­me­ra per­so­na que acu­dió a los al­ber­gues a vi­si­tar a los ni­ños y a leer­les. «SOY LA QUE SOY, LA QUE SIEM­PRE HE SI­DO»

—Sin em­bar­go, aho­ra se vi­si­bi­li­za más to­do cuan­to ha­ces.

—Soy la que soy. Soy la que siem­pre he si­do. Sim­ple­men­te creo que aho­ra la gen­te lo ve. Ob­via­men­te ten­go mu­chí­si­mos de­fec­tos… pe­ro siem­pre me he caí­do bien. Me con­si­de­ro un buen ser hu­mano. Du­ran­te to­da mi vi­da ha­bía abra­za­do cau­sas que no se ha­bían vis­to, pe­ro aho­ra por mi si­tua­ción sí se ve mi cau­sa. —¿Y cuál es?

—La doc­to­ra Do­lo­res Ga­llar­do y yo he­mos tra­ba­ja­do mu­chí­si­mo pa­ra po­der sa­car una cam­pa­ña de de­tec­ción tem­pra­na de cán­cer de ova­rios. Es­te es un cán­cer si­len­te, un cán­cer du­rí­si­mo, por­que se de­tec­ta en eta­pas muy tar­días.

«Si hoy es­toy vi­va es por­que los mi­la­gros exis­ten, pe­ro tie­nen for­ma e in­te­li­gen­cia hu­ma­nas. Son los doc­to­res, las en­fer­me­ras, los cien­tí­fi­cos… Son la fa­mi­lia, los ami­gos y tú mis­mo. Ese mi­la­gro se lla­ma amor» «No me he re­be­la­do en el sen­ti­do de: “¿Por qué yo?” Ja­más. Ni me he enoja­do ni me pien­so eno­jar con na­die. Si les pa­sa a ni­ños, ¿por qué no me va a

pa­sar a mí?»

—Te has con­ver­ti­do en un re­fe­ren­te no so­lo por ha­ber pa­sa­do por to­do es­te pro­ce­so, sino por to­da la in­for­ma­ción que has ido acu­mu­lan­do a lo lar­go de es­tos me­ses. ¿Qué re­co­mien­das a las mu­je­res que es­tán vi­vien­do tu si­tua­ción?

—Que no le ten­gan mie­do a la pa­la­bra. Ha­ce po­co di­je­ron en un fo­ro: «Edith no pu­do ve­nir por su si­tua­ción». Yo les de­cía: «No di­gan por su si­tua­ción, di­gan que fue por­que ten­go cán­cer. Las co­sas por su nom­bre». —Sin eu­fe­mis­mos…

—No hay que te­ner­le mie­do a la pa­la­bra. «A MÍ NO ME VA A ACA­BAR UN CÁN­CER»

—Tu hi­ja se ve serena, tran­qui­la, ale­gre. Su­pon­go que, de­trás de to­do es­to, hay un gran tra­ba­jo por tu par­te. ¿Có­mo es­tá vi­vien­do tu hi­ja tu en­fer­me­dad? —Lo ha vi­vi­do con gran amor y con mu­cha ale­gría, afor­tu­na­da­men­te. —¿Có­mo se lo­gra que un ni­ño en­tien­da to­do es­to?

—Ella ha se­gui­do el ejem­plo que ha re­ci­bi­do de mi her­mano, de Lo­ren­zo, de quie­nes he­mos es­ta­do ahí. Ha vis­to que es una en­fer­me­dad, pe­ro que se pue­de con­tro­lar. A mí no me va a aca­bar un cán­cer. Ese es el ejem­plo que yo re­ci­bí de mi pa­dre: la ale­gría de vi­vir, la for­ta­le­za… Y ese es el ejem­plo que yo es­pe­ro trans­mi­tir­le a mi hi­ja. Por for­tu­na, ese men­sa­je ha per­mea­do. —Tu ale­gría serena es con­ta­gio­sa.

—Es­toy muy con­ten­ta por­que to­do lo que ha­go aho­ri­ta no es so­lo pa­ra que yo abra­ce a la vi­da, sino pa­ra trans­mi­tir a la gen­te esa ale­gría. Ese es mi prin­ci­pal co­me­ti­do. «LO­REN­ZO ES UN HOM­BRE EN TO­DA LA EX­TEN­SIÓN DE LA PA­LA­BRA»

—¿Y Lo­ren­zo? ¿Có­mo ha vi­vi­do a tu la­do to­dos es­tos me­ses?

—Él se ha mos­tra­do muy fuer­te. Su pri­me­ra es­po­sa mu­rió de cán­cer, pe­ro él lo es­tá vi­vien­do con una gran for­ta­le­za. Es un hom­bre de creen­cias muy pro­fun­das. Lo­ren­zo es in­te­li­gen­te. Y no so­lo po­see­dor de una gran in­te­li­gen­cia in­te­lec­tual, tam­bién emo­cio­nal. Él es un hom­bre en to­da la ex­ten­sión de la pa­la­bra. Ten­go una ami­ga a la que su es­po­so la aban­do­nó. Co­noz­co más ca­sos en los que los es­po­sos no aguan­tan y se van. Pe­ro yo ten­go un hom­bre que es­tá.

—Edith, tie­nes ener­gía pa­ra ra­to. De he­cho, ya es­tás pre­pa­rán­do­te pa­ra su­bir a los es­ce­na­rios con «Una Gior­na­ta Par­ti­co­la­re». ¿Có­mo vi­ves es­te re­gre­so? —Es­toy muy con­ten­ta. El per­so­na­je que in­ter­pre­to es muy que­ri­do. Se tra­ta de una mu­jer muy in­te­li­gen­te pe­ro ca­si anal­fa­be­ta en la Ita­lia del fas­cis­mo. Ella po­see una pro­fun­da in­te­li­gen­cia emo­cio­nal e in­te­lec­tual. Es el burrito de car­ga de su fa­mi­lia. Por ellos, lo ha­ce to­do. Pue­de que na­die le ha­ga ca­so pe­ro ella vi­ve, si­gue aferrada a la vi­da. En eso me iden­ti­fi­co con ella. Vi­ve un día es­pe­cial jun­to a un hom­bre es­pe­cial. —¿Cuál es la ma­yor si­mi­li­tud en­tre tu reali­dad y la de tu per­so­na­je?

—En que es una mu­jer, pe­ro de­ci­de vi­vir la vi­da co­mo una ni­ña. Es al­go que la gen­te no te lo per­mi­te. Yo, aho­ra, tras el cán­cer, ha­go lo que me da la ga­na. —Sin du­da, es una ac­ti­tud cu­ra­ti­va.

—Sin du­da. A mí el cán­cer me ha ve­ni­do a con­fir­mar mu­cho de lo que soy. Si al­guien me di­ce que no… ¿pues qué? —La Edith de an­tes del diag­nós­ti­co y la Edith de aho­ra… ¿Có­mo ha evo­lu­cio­na­do?

—Bá­si­ca­men­te, en po­der ha­cer to­das las locuras que siem­pre he he­cho, pe­ro que pú­bli­ca­men­te, por un pac­to so­cial, no lo ha­bía mos­tra­do. —Así es que ha sa­li­do a flo­te la ver­da­de­ra Edith.

—¡Sí! «NO TEN­GO MIE­DO»

—Per­mí­te­me que te ha­ga una pre­gun­ta. ¿No

tie­nes mie­do? —No, es muy ra­ro pe­ro no ten­go mie­do. —¿Tie­nes fe? —Soy re­li­gio­sa. Por su­pues­to pi­do a Dios, pe­ro bá­si­ca­men­te creo que el po­der es­tá den­tro de ti. Yo con­fío en mí. —Tú eres tu mo­tor…

—Na­die va a ha­cer na­da por ti que tú no quie­ras que pa­se. Yo he te­ni­do una fe des­co­mu­nal en mí. ¡No sé ni có­mo des­cri­bir­lo!

—Edith, sien­to en ti una mez­cla úni­ca: in­te­li­gen­cia au­na­da a un sen­ti­mien­to «naïf» de la vi­da.

—¡Sí! Hay un re­zo hin­dú que di­ce: «Om Na­mah Shi­va­ya» —re­ci­ta el man­tra con una dul­zu­ra inau­di­ta—. Nos di­ce que Dios es­tá den­tro de no­so­tros, pe­ro el mo­tor soy yo. Si yo no creo en mí, na­die lo ha­rá.

—¿Crees en los mi­la­gros?

—Si yo hoy es­toy vi­va des­pués de lo que he vi­vi­do es por­que los mi­la­gros exis­ten, pe­ro tie­nen for­ma hu­ma­na e in­te­li­gen­cia hu­ma­na. Son los doc­to­res, las en­fer­me­ras, los cien­tí­fi­cos… Son la fa­mi­lia, los ami­gos y tú mis­mo. Ese mi­la­gro se lla­ma amor. «CA­DA AMA­NE­CER ME

REENAMORO DE ELLA»

—Lo­ren­zo, ¿qué has apren­di­do de tu es­po­sa en es­tos úl­ti­mos me­ses?

—Los dos he­mos apren­di­do de ca­da uno el va­lor de la vi­da, del amor, de la edu­ca­ción y del ejem­plo. El va­lor de de­mos­trar­le al otro que es­tá dis­pues­to a lo que sea por la vi­da. —Hay bue­nas no­ti­cias en torno a la en­fer­me­dad de Edith…

—El te­ma no es la en­fer­me­dad. El te­ma es la sa­lud del al­ma y de la men­te. Es­te es un pun­to muy im­por­tan­te pa­ra la sa­lud fí­si­ca. Pa­ra mí, lo más im­por­tan­te no es un es­ta­do de sa­lud, sino un es­ta­do de vi­da. —¿Có­mo ves a Edith?

—Co­mo un ejem­plo de li­ber­tad. Ella ha ele­gi­do ser li­bre pa­ra ser ale­gre, pa­ra ser mu­jer, pa­ra ser ma­dre. Esa li­ber­tad es la que ca­da día me enamo­ra más. Ca­da ama­ne­cer es una bue­na opor­tu­ni­dad pa­ra re­ena­mo­rar­me de ella. —¿Qué te ins­pi­ra?

—La luz por la con­quis­ta de ca­da ma­ña­na.

«Na­die va a ha­cer na­da por ti que tú no quie­ras que pa­se. Yo he te­ni­do una fe des­co­mu­nal en mí», nos cuen­ta Edith, quien en to­do es­te pro­ce­so ha te­ni­do a su la­do a Lo­ren­zo

La­zo, su es­po­so

A lo lar­go de es­ta en­tre­vis­ta, su es­po­so, Lo­ren­zo La­zo, la des­cri­be así: «Edith es la luz por la con­quis­ta de ca­da ma­ña­na». Y en Aca­pul­co, res­plan­de­cien­te, nos de­mos­tró que, en efec­to, es luz. Se re­be­la con­tra el mie­do y abra­za a la vi­da con

to­da in­ten­si­dad y ale­gría

«Es muy ra­ro, pe­ro no ten­go mie­do», nos con­fie­sa con se­re­ni­dad. «Por su­pues­to pi­do a Dios, pe­ro bá­si­ca­men­te creo que el po­der es­tá den­tro de ti. Yo con­fío en mí», di­ce Edith Gon­zá­lez mien­tras son­ríe a la cá­ma­ra y mues­tra su fir­me de­ter­mi­na­ción de ser fe­liz

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