Bu­me­rán

No hay efec­to sin cau­sa

Conectate - - FRONT PAGE - Adap­ta­ción de una char­la ra­dio­fó­ni­ca de Vir­gi­nia Brandt Berg Vir­gi­nia Brandt Berg (1886– 1968) fue una evan­ge­li­za­do­ra y pas­to­ra es­ta­dou­ni­den­se. ■

Re­cuer­do la pri­me­ra vez que fui al cir­co de ni­ña. Me que­dé bo­quia­bier­ta al ver los es­pec­tácu­los si­mul­tá­neos que se pre­sen­ta­ban en las tres pis­tas. En una ha­bía ani­ma­les amaes­tra­dos; en otra, unos acró­ba­tas que da­ban sal­tos y vo­la­ban por los ai­res. Sin em­bar­go, lo que más me lla­mó la aten­ción fue lo de la ter­ce­ra pis­ta. Una chi­ca y un mu­cha­cho arro­ja­ban unas ar­mas de co­lo­res bri­llan­tes que, des­pués de cru­zar la pis­ta, vol­vían a sus ma­nos. Cual­quie­ra que fue­ra la di­rec­ción en que ti­ra­ban esos ar­te­fac­tos, des­cri­bían una cur­va y re­tor­na­ban rá­pi­da­men­te a los jó­ve­nes ar­tis­tas, que los atra­pa­ban y vol­vían a lan­zar­los. Yo los mi­ra­ba ató­ni­ta. — Son bu­me­ra­nes — di­jo al­guien a mi la­do.

Era la pri­me­ra vez que oía esa pa­la­bra, y la ar­chi­vé en mi jo­ven me­mo­ria.

Huel­ga de­cir que des­de en­ton­ces la he oí­do mu­chas ve­ces. Tam­bién he ob­ser­va­do có­mo se cum­ple el efec­to bu­me­rán. De he­cho, la vida mis­ma es un bu­me­rán. La Pa­la­bra de Dios di­ce: «Ca­da uno co­se­cha lo que siem­bra » 1. Ca­da pa­la­bra o ac­ción que arro­ja­mos re­gre­sa un día a su lu­gar de ori­gen. Sea bue­na o sea ma­la, vuel­ve ha­cia no­so­tros, en mu­chos ca­sos con más ím­pe­tu del que te­nía ini­cial­men­te.

Una ma­ña­na vi­si­té a dos se­ño­ras en el mis­mo hos­pi­tal. La ha­bi­ta­ción de la pri­me­ra es­ta­ba lle­na de flo­res, de tar­je­tas y de to­do ti­po de re­ga­los de ami­gos y co­no­ci­dos. Le ha­bían llo­vi­do aten­cio­nes y ges­tos de cariño y em­pa­tía. Era un re­fle­jo de su pro­pia vida, pues a lo lar­go de los años ha­bía sem­bra­do amor y con­si­de­ra­ción. En aquel mo­men­to de ne­ce­si­dad to­do aque­llo le es­ta­ba sien­do re­tri­bui­do.

En otra ha­bi­ta­ción, al fi­nal del pa­si­llo, se ha­lla­ba la otra mu­jer, so­la. Es­ta­ba tan sus­pi­caz, cri­ti­co­na y ab­sor­ta en sí mis­ma co­mo siem­pre, acos­ta­da con la ca­ra vuel­ta ha­cia la pa­red, una pa­red tan du­ra, fría y va­cía co­mo los mu­ros que ha­bía cons­trui­do en de­rre­dor de sí to­da su vida.

¡Qué am­bien­te tan di­fe­ren­te en una ha­bi­ta­ción y en la otra! El bu­me­rán ha­bía re­tor­na­do a am­bas mu­je­res, pe­ro de for­mas muy dis­tin­tas.

«Den a otros, y Dios les da­rá a us­te­des. Les da­rá en su bol­sa una me­di­da bue­na, apre­ta­da, sa­cu­di­da y re­ple­ta. Con la mis­ma me­di­da con que us­te­des den a otros, Dios les de­vol­ve­rá a us­te­des» 2. To­do el que se con­duz­ca de­sin­te­re­sa­da­men­te, preo­cu­pán­do­se de los de­más y pro­cu­ran­do ali­ge­rar sus car­gas, ali­vian­do su do­lor y con­tri­bu­yen­do a sa­tis­fa­cer sus ne­ce­si­da­des, al­gún día ve­rá vol­ver el bu­me­rán en for­ma de ben­di­cio­nes.

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