Con­vic­ción PA­RA obrar bien

Conectate - - FRONT PAGE - Oli­via Bauer Oli­via Bauer tra­ba­ja con una or­ga­ni­za­ción co­mu­ni­ta­ria sin fi­nes de lu­cro en Win­ni­peg (Ca­na­dá).

Una tar­de so­lea­da ha­ce unos se­ten­ta años, un gru­po de ami­gui­tos ob­ser­va­ba, a tra­vés de una alam­bra­da de púas, a unos hom­bres que ju­ga­ban al fútbol. El par­ti­do era emo­cio­nan­te, y dis­fru­ta­ban vien­do la ha­bi­li­dad de los ju­ga­do­res. De gol­pe una pa­ta­da man­dó la pe­lo­ta por en­ci­ma de la va­lla. Ate­rri­zó cer­ca de los ni­ños.

— Se­ría ge­nial te­ner una pe­lo­ta — co­men­tó uno de ellos—. Que­dé­mo­nos con ella.

Sin em­bar­go, una de las chi­qui­llas se opu­so.

—No es­tá bien que nos que­de­mos con ella — di­jo de­vol­vien­do el ba­lón por en­ci­ma de la va­lla.

Ese sim­ple ges­to de bon­dad e in­te­gri­dad tu­vo lu­gar en el co­ra­zón de Ale­ma­nia en la dé­ca­da de 1940, du­ran­te la Se­gun­da Gue­rra Mun­dial. Los ju­ga­do­res eran pri­sio­ne­ros de gue­rra bri­tá­ni­cos re­clui­dos en un cam­po en las afue­ras de la ciu­dad. Al­gu­nos de los ami­gos de la ni­ña re­zon­ga­ron. Al fin y al ca­bo, los hom­bres eran pri­sio­ne­ros: ¿por qué ha­bían de te­ner ellos un ba­lón y no los ni­ños?

La bon­dad re­quie­re con­si­de­ra­ción, es­fuer­zo y tiem­po. Tam­bién va­lor. Va­lor pa­ra ir a con­tra­co­rrien­te, pa­ra ser ge­ne­ro­so, so­bre to­do cuan­do no se tie­ne mu­cho. Va­lor pa­ra de­cir que no a la in­di­fe­ren­cia y pa­ra ser con­se­cuen­te con lo que uno sa­be que es­tá bien, so­bre to­do cuan­do es tan ob­vio que uno pue­de pen­sar: «Se­gu­ra­men­te al­guien con más tiem­po y re­cur­sos que yo se da­rá cuen­ta y ha­rá al­go».

La bon­dad exi­ge en­te­re­za, in­te­gri­dad mo­ral y men­tal pa­ra dar un pa­so al fren­te, pa­ra creer, per­se­ve­rar y ser fiel a las pro­pias con­vic­cio­nes, aun cuan­do eso ten­ga un cos­to y sig­ni­fi­que so­por­tar di­fí­ci­les prue­bas. Esa es la bon­dad que tie­ne un efec­to du­ra­de­ro.

Si bien han pa­sa­do ya ca­si tres cuar­tos de si­glo des­de aquel día, pue­de que al­gu­nas de las per­so­nas que pre­sen­cia­ron ese in­ci­den­te aún si­gan vi­vas. Si es así, me ima­gino que se acor­da­rán de mi abue­la, la chi­qui­lla de pue­blo que de­vol­vió el ba­lón de fútbol.

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