El ban­que­te del Rey

Conectate - - VORDER SEITE - Ro­sa­ne Pe­rei­ra Ro­sa­ne Pe­rei­ra es pro­fe­so­ra de in­glés y escritora. Vi­ve en Río de Ja­nei­ro ( Bra­sil) y es­tá afi­lia­da a La Fa­mi­lia In­ter­na­cio­nal.

¡To­dos in­vi­ta­dos!

Los do­min­gos mi ma­dre so­lía pre­pa­rar al­go es­pe­cial. To­da­vía re­cuer­do el ven­ta­nal abier­to de la sa­la, la me­sa des­ple­ga­da en el cen­tro, la co­mi­da de­li­cio­sa y la ale­gre con­ver­sa­ción fa­mi­liar.

Nor­mal­men­te íba­mos a la misa pa­ra ni­ños de las 10 de la ma­ña­na mien­tras ella se que­da­ba a co­ci­nar y mi pa­dre ha­cía re­pa­ra­cio­nes en la ca­sa. El re­la­to que más re­cuer­do de aque­llos ser­mo­nes in­fan­ti­les es uno que con­tó Jesús so­bre un rey que in­vi­tó a sus no­bles a un ban­que­te, pe­ro to­dos es­gri­mie­ron al­gu­na ex­cu­sa pa­ra no asis­tir. En vis­ta de ello man­dó lla­mar a to­dos los men­di­gos y po­bres cam­pe­si­nos, que acu­die­ron gus­to­sos1. Aun­que en aquel en­ton­ces no en­ten­día to­do el sig­ni­fi­ca­do de esa pa­rá­bo­la, pro­du­jo una hon­da im­pre­sión en mí.

La co­mi­da sue­le aso­ciar­se a la uni­dad, los bue­nos mo­men­tos y las ce­le­bra­cio­nes. Cuan­do me hi­ce un po­co ma­yor, ha­bía una can­ción po­pu­lar que de­cía: « Ara­mos el cam­po, plan­ta­mos la si­mien­te, pe­ro es de Dios la mano que cui­da es­te ver­gel. […] To­dos esos do­nes que nos en­vías, Se­ñor, del Cie­lo son, […] lle­nos de amor » 2. Si bien en aque­lla épo­ca yo no era cre­yen­te, esa can­ción me hen­chía el al­ma de ale­gría.

Po­co des­pués vol­ví a cre­cer en la fe y a la lar­ga me de­di­qué a ser­vir a Dios. Ha­ce unos años, en una tem­po­ra­da en la que pa­sé por múl­ti­ples apu­ros, lle­gué a pen­sar que Él me ha­bía aban­do­na­do. Sin em­bar­go, no tar­dé en cam­biar de opi­nión cuan­do leí: «El Se­ñor siem­pre es­tá con­mi­go» 3, «Con amor eterno te he ama­do» y «No te des­am­pa­ra­ré, ni

4 te de­ja­ré» 5.

A lo lar­go de mi vida, la Pa­la­bra de Dios me ha ayu­da­do in­con­ta­bles ve­ces a cre­cer y a en­ten­der me­jor al Crea­dor y a los de­más. En oca­sio­nes, Sus pa­la­bras son como una me­rien­da; otras ve­ces, como una co­mi­da com­ple­ta, del es­ti­lo de los al­muer­zos es­pe­cia­les que pre­pa­ra­ba mi ma­dre los do­min­gos. Me sien­to muy agra­de­ci­da de que el Rey me ha­ya in­vi­ta­do a Su ban­que­te y de ha­ber acep­ta­do Su in­vi­ta­ción.

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