DAME DE CO­MER

Conectate - - NEWS - —¡No es jus­to! A ellos les dan más que a no­so­tros. Ch­ris Hunt Ch­ris Hunt vi­ve en el Reino Uni­do. Ha si­do lec­to­ra de Co­néc­ta­te des­de que co­men­zó a pu­bli­car­se en 1999.

— Las co­sas ya son bas­tan­te di­fí­ci­les de por sí. ¿Por qué se los fa­vo­re­ce a ellos?

—¡Si so­mos igua­les! Lo úni­co que nos dis­tin­gue es el idio­ma.

Co­men­ta­rios de ese ti­po pro­ba­ble­men­te abun­da­ban en la fi­la que se or­ga­ni­za­ba to­dos los días en la in­ci­pien­te igle­sia pri­mi­ti­va pa­ra dar de co­mer al cre­cien­te nú­me­ro de adep­tos. En el li­bro de los He­chos cons­ta que al­gu­nos que ha­bla­ban grie­go se que­ja­ron de los que ha­bla­ban arameo. «Hu­bo mur­mu­ra­ción de los grie­gos con­tra los he­breos, de que las viu­das de aque­llos eran 1. He­chos 6:1 2. V. http:// www. fao. org/ hun­ger/es/ 3. V. http:// www.unep. org/spa­nish/

wed/quick­facts/ 4. V. http://pe­rio­dis­mohu­mano.com/ eco­no­mia/el-ham­bre- au­men­ta- eng­ran- bre­ta­na. html 5. V. He­chos 6: 2– 6 6. He­chos 6:7 ( NTV) 7. V. http:// www. lacuarta. com/no­ti­cias/ mun­do/ 2014/08/66-172813- 9ri­ce­buc­ket­cha­llen­ge-re­to- del- bal­de­de-arroz- bus­ca- aca­bar- con- elham­bre. shtml des­aten­di­das en la dis­tri­bu­ción dia­ria » 1.

Mu­chas co­sas de la vida no pa­re­cen jus­tas. Cer­ca de ocho­cien­tos mi­llo­nes de per­so­nas se acues­tan con ham­bre to­das las no­ches; una gran par­te son ni­ños2. Al mis­mo tiem­po, ca­si un ter­cio de to­dos los ali­men­tos que se com­pran en al­gu­nos paí­ses desa­rro­lla­dos se ti­ra a la ba­su­ra3. En la cús­pi­de de la es­ca­la so­cial, fa­mo­sos co­ci­ne­ros pre­pa­ran co­mi­das sun­tuo­sas pa­ra los ri­cos y las ce­le­bri­da­des. Ce­nar en uno de los me­jo­res res­tau­ran­tes de Lon­dres pue­de cos­tar va­rios cien­tos de li­bras. Sin em­bar­go, el Reino Uni­do ha vis­to tam­bién un au­men­to del ham­bre4. Cien­tos de ban­cos de ali­men­tos —mu­chos de ellos or­ga­ni­za­dos por ins­ti­tu­cio­nes re­li­gio­sas— sir­ven mi­llo­nes de co­mi­das to­dos los años pa­ra pre­ve­nir que ni­ños y per­so­nas ma­yo­res se acues­ten con ham­bre. Es iló­gi­co que exis­ta ese ti­po de po­bre­za ali­men­ta­ria en el sép­ti­mo país más ri­co del mun­do. Cla­ro que no su­ce­de so­la­men­te en el Reino Uni­do. La dis­tri­bu­ción de­sigual de re­cur­sos es un pro­ble­ma mun­dial.

Pe­ro bueno, el he­cho de que la vida en mu­chos ca­sos no sea jus­ta no nos exi­me de la obli­ga­ción de apor­tar nues­tro grano de are­na pa­ra cam­biar el mun­do. ¿Qué pa­só con aque­llos pri­me­ros cre­yen­tes que no eran aten­di­dos de­bi­da­men­te cuan­do se re­par­tía la co­mi­da? Las co­sas no que­da­ron así: los após­to­les re­co­no­cie­ron la exis­ten­cia del pro­ble­ma, de­sig­na­ron a unos or­ga­ni­za­do­res com­pe­ten­tes, ora­ron pa­ra que tu­vie­ran buen tino y les en­car­ga­ron que re­sol­vie­ran el asun­to5. Como con­se­cuen­cia, «el men­sa­je de Dios si­guió ex­ten­dién­do­se» 6, y no vuel­ve a men­cio­nar­se que hu­bie­ra con­flic­tos por el te­ma de la co­mi­da.

So­mos po­cos los que ocu­pa­mos pues­tos de po­der po­lí­ti­co que nos per­mi­tan mar­car una di­fe­ren­cia ra­di­cal en la or­ga­ni­za­ción de nues­tro país, y me­nos aún en el mun­do. To­dos, no obs­tan­te, es­ta­mos en si­tua­ción de ha­cer al­go, como el buen sa­ma­ri­tano, a ni­vel in­di­vi­dual. Eso es lo úni­co que se ne­ce­si­ta: una ces­ta de ali­men­tos, un bal­de de arroz7, una do­na­ción, una in­vi­ta­ción a un ve­cino so­li­ta­rio. Cual­quier ac­ción que de­ri­ve en que si­quie­ra una per­so­na me­nos se acues­te con ham­bre ya es un pro­gre­so.

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