REÍR­SE CON GA­NAS

Hay que go­zar de la vida

Conectate - - VORDER SEITE - The­re­sa Nel­son The­re­sa Nel­son vi­ve en Mi­su­ri (EE. UU.) con su ma­ri­do y dos hi­jos. Sus es­cri­tos sue­len orien­tar al lec­tor ha­cia Dios. Han apa­re­ci­do en más de 50 pu­bli­ca­cio­nes.

¡Qué fá­cil es ha­cer ca­so de los con­se­jos de otras per­so­nas y ter­mi­nar con­vir­tién­do­nos en al­go que no so­mos, ol­vi­dar nues­tro ca­rác­ter sin­gu­lar y ma­ra­vi­llo­so y ba­sar nues­tra va­lía en lo que pien­san los de­más en lu­gar de cen­trar­nos en lo que pien­sa Dios!

Una fa­mi­liar de edad avan­za­da vino a vi­si­tar­nos.

—Una da­ma no se ríe con la bo­ca abier­ta y la ca­be­za echa­da ha­cia atrás, ofre­cien­do a los pre­sen­tes el es­pec­tácu­lo de sus amíg­da­las —me sol­tó.

Me sen­tí fa­tal. «¿Real­men­te me río así?», me di­je.

Se­gui­da­men­te me imi­tó. Fue una ex­pe­rien­cia bas­tan­te ate­rra­do­ra.

Des­pués de eso me vol­ví más cui­da­do­sa. Ca­da vez que es­ta­ba dis­fru­tan­do y me echa­ba a reír, me ve­nían a la me­mo­ria las pa­la­bras y la pa­ro­dia de aque­lla se­ño­ra. Así que ce­rra­ba un po­co la bo­ca pa­ra

1. Proverbios 17: 22 ( DHH )

no mos­trar mis mue­las y tra­ta­ba de re­la­jar los la­bios pa­ra no des­pe­gar­los tan­to y te­ner una ex­pre­sión más con­tro­la­da.

Que­ría dis­fru­tar de la vida y reír­me con ga­nas; pe­ro me cohi­bía, y es­ta­ba per­dien­do mi ale­gría. «Buen re­me­dio es el co­ra­zón ale­gre, pe­ro el áni­mo tris­te res­ta ener­gías» 1.

Un buen día me ol­vi­dé de to­do aque­llo y me reí como lo ha­cía an­tes. El sol si­guió bri­llan­do. Na­die di­jo que mis amíg­da­las fue­ran des­pro­por­cio­na­das. Na­die se ale­jó co­men­tan­do que me reía como una hie­na. Co­men­cé a reír otra vez, a dis­fru­tar del so­ni­do y el rit­mo.

Un día, es­tan­do en Ir­lan­da, mi hi­ja — a quien le en­can­ta to­mar fo­tos es­pon­tá­neas— me fo­to­gra­fió rién­do­me sin que yo lo su­pie­ra. Es una de mis imá­ge­nes pre­fe­ri­das.

Nos ha­bía­mos de­te­ni­do en la ve­re­da du­ran­te un pa­seo por Du­blín, y nos pu­si­mos a bro­mear. En la fo­to me es­toy rien­do con mi pa­pá. Ten­go la mano so­bre su bra­zo y la ca­be­za li­ge­ra­men­te echa­da ha­cia atrás, la bo­ca bien abier­ta, y me es­toy rien­do, no so­lo con la voz y los la­bios, sino con to­do el cuer­po, con to­do mi es­pí­ri­tu.

El Sal­mo 4:7 di­ce: «Tú dis­te ale­gría a mi co­ra­zón ma­yor que la de ellos cuan­do abun­da­ba su grano y su mos­to». Así quie­ro en­ca­rar la exis­ten­cia. Rién­do­me. Car­ca­jeán­do­me y dis­fru­tan­do de es­ta vida tem­po­ral, con­fu­sa y, en to­do ca­so, tan mis­te­rio­sa con que Dios me ha ob­se­quia­do. Quie­ro reír­me con ga­nas, por­que Dios es­tá de mi la­do y Él tam­bién tie­ne sen­ti­do del hu­mor. Bas­ta con ob­ser­var un or­ni­to­rrin­co.

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