El se­ñala­dor

La be­lle­za de la im­per­fec­ción

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Las ri­que­zas se van vo­lan­do, las co­mo­di­da­des se eva­po­ran, la es­pe­ran­za se des­va­ne­ce; pe­ro el amor per­ma­ne­ce con no­so­tros. Dios es amor. Lew Wa­lla­ce (1827–1905)

Es­for­cé­mo­nos por ver las co­sas co­mo de­be­rían ser; y da­do que vi­vi­mos en un mun­do imperfecto, glo­rié­mo­nos en esa im­per­fec­ción y es­te­mos sa­tis­fe­chos. Que ca­da uno de los la­dri­llos con que edi­fi­ca­mos nues­tra jor­na­da des­can­se so­bre otro, has­ta dar for­ma a una vi­da ri­ca y ple­na, no ba­sa­da en la ví­trea be­lle­za de la per­fec­ción, sino en la ri­que­za del amor. Anó­ni­mo

Es­toy sen­ta­da mi­ran­do el cos­ta­do de la pan­ta­lla de mi or­de­na­dor, don­de co­lo­qué uno de los se­ña­la­do­res más bo­ni­tos que he te­ni­do. En él se apre­cia un di­bu­jo de una ma­dre con su hi­jo en bra­zos, y de­ba­jo una fra­se de Char­les Dic­kens que di­ce: «No es nin­gu­na in­sig­ni­fi­can­cia que nos amen quie­nes ha­ce tan po­co es­ta­ban con Dios». Cuan­do leí esa fra­se, me emo­cio­né pro­fun­da­men­te, y de­ci­dí em­plear ese se­ñala­dor en mi pró­xi­ma lec­tu­ra. Por des­gra­cia, se me ol­vi­dó guar­dar­lo en un lu­gar se­gu­ro. Que­dó so­bre mi es­cri­to­rio, sin lle­gar a cum­plir del to­do su no­ble fun­ción, jus­to al al­can­ce y a la vis­ta de una per­so­ni­ta muy sim­pá­ti­ca —mi hi­ja de tres años— que al des­cu­brir­lo, ¡le echó mano!

Es­te se­ñala­dor es uno de esos que tie­nen, en la par­te su­pe­rior, un cor­te en for­ma de U pa­ra en­gan­char­lo en la pá­gi­na y evi­tar que se cai­ga. Cuan­do pi­llé a mi hi­ja, ya le ha­bía da­do un ti­ron­ci­to y ha­bía ro­to la par­te de arri­ba.

Yo, cla­ro es­tá, sa­bía que la ni­ña no te­nía in­ten­cio­nes de rom­per­lo: lo aga­rró por pu­ra cu­rio­si­dad. Sin em­bar­go, me al­te­ré un po­co da­do el va­lor sen­ti­men­tal que ha­bía ad­qui­ri­do pa­ra mí el se­ñala­dor. Le arre­ba­té los tro­zos de la mano y los guar­dé.

Más tar­de, cuan­do la ne­na es­ta­ba ya acos­ta­da, to­mé los dos tro­zos y vol­ví a leer la fra­se. De pron­to, re­vi­ví to­da la ex­pe­rien­cia ba­jo un nue­vo pris­ma. ¿Te­nía que ser per­fec­to el se­ñala­dor pa­ra con­ser­var su pro­fun­do sig­ni­fi­ca­do? Po­día pe­gar­lo con cin­ta ad­he­si­va y que­da­ría co­mo nue­vo. Has­ta era po­si­ble que que­da­ra me­jor que an­tes, pues ten­dría un de­ta­lle más: la hue­lla de esas ma­ni­tos que tan­to quie­ro. El se­ñala­dor tie­ne aho­ra do­ble va­lor pa­ra mí, aun con cin­ta ad­he­si­va y to­do.

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