EN­CA­RAR A LOS GI­GAN­TES

Ár­ma­te de va­lor

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1. V. Éxo­do 16 2. V. Éxo­do 13: 21,22 3. V. Nú­me­ros 13 4. Deu­te­ro­no­mio 31: 6

Em­pe­zar el año es co­mo em­bar­car­se en un proyecto. Des­de ha­ce un tiem­po ven­go tra­ba­jan­do sin tre­gua pa­ra al­can­zar un sue­ño que ten­go: crear una em­pre­sa que me dé la opor­tu­ni­dad de ga­nar­me la vi­da ha­cien­do al­go que me en­can­ta y que a la vez sea un apor­te pa­ra el mun­do. Ha si­do un pro­ce­so la­bo­rio­so en el trans­cur­so del cual he apren­di­do mu­cho y he te­ni­do que dar va­rios sal­tos al va­cío, co­mo in­ver­tir en cur­sos, mu­dar­me a los Es­ta­dos Uni­dos con mi hi­ja y va­rias co­sas más.

Hay días en que me emo­ciono y me proyecto ha­cia el fu­tu­ro con ple­na con­fian­za, y otros en que cai­go en la cuen­ta de to­do lo que aún me fal­ta ha­cer. En­ton­ces me pre­gun­to en qué qui­me­ras es­ta­ba pen­san­do cuan­do me me­tí en to­do es­to. El pro­ce­so de aven­tu­rar­me, de apren­der y lan­zar­me a ha­cer al­go nue­vo me ha exi­gi­do mu­cho y me ha obli­ga­do a su­pe­rar­me en as­pec­tos que ja­más creí po­si­bles. Apar­te de eso, me es­tá ofre­cien­do mu­chas más opor­tu­ni­da­des de cre­ci­mien­to per­so­nal de las que me ha­bía ima­gi­na­do.

El otro día leía un li­bro so­bre los hi­jos de Israel y las eta­pas por las que pa­sa­ron, pri­me­ro co­mo es­cla­vos en Egipto, lue­go va­gan­do por el de­sier­to, y por úl­ti­mo — tras la muer­te de la ge­ne­ra­ción que no te­nía fe—, el arri­bo a la Tie­rra Pro­me­ti­da. En­con­tré mu­chos pa­ra­le­los con la tra­ve­sía en la que me he em­bar­ca­do yo.

Al prin­ci­pio, los hi­jos de Israel son es­cla­vos en Egipto, has­ta que lle­ga Moi­sés con la noticia de que Dios quie­re li­be­rar­los y lle­var­los a un lu­gar don­de flu­yen la le­che y la miel. Po­co des­pués Dios obra milagros pa­ra sa­car­los de Egipto y en­ca­mi­nar­los ha­cia la Tie­rra Pro­me­ti­da, lle­gan­do a di­vi­dir en dos el mar Ro­jo pa­ra que pa­sen.

Du­ran­te el via­je, Dios les da co­mi­da ha­cien­do llo­ver ma­ná del cie­lo1. De día los pro­te­ge del ca­lor con una nu­be, y por la no­che les pro­por­cio­na luz y ca­lor me­dian­te una co­lum­na de fue­go2.

Cuan­do lle­gan a la Tie­rra Pro­me­ti­da, en­vían ex­plo­ra­do­res, que al re­gre­sar cuen­tan que es una tie­rra mag­ní­fi­ca, prós­pe­ra, en la que hay abun­dan­cia de le­che y miel. Es su tie­rra; Dios se la ha pro­me­ti­do; es­tán lis­tos pa­ra to­mar po­se­sión de ella. ¿Qué los de­tie­ne? ¡Pues que los ex­plo­ra­do­res tam­bién han in­for­ma­do que es­tá ha­bi­ta­da por gi­gan­tes!

3

Los hi­jos de Israel se asus­tan. Ob­vio. ¿Có­mo no iban a te­ner mie­do de to­dos esos gi­gan­tes? Sin em­bar­go, en lu­gar de ac­tuar con re­so­lu­ción a pe­sar de sus te­mo­res, se aco­bar­dan. De­jan que sus apren­sio­nes mi­nen su fe en las pro­me­sas de Dios. Así pues, en vez de atra­ve­sar rá­pi­da­men­te el de­sier­to co­mo era el plan de Dios, se pa­san cua­ren­ta años deam­bu­lan­do por te­rre­nos yer­mos. Na­tu­ral­men­te Dios se ocu­pó de ellos y de sus ne­ce­si­da­des du­ran­te ese pe­río­do. No los aban­do­nó a su suer­te. No se de­sen­ten­dió de ellos. Pe­ro se que­da­ron es­tan­ca­dos en el de­sier­to has­ta que to­da la ge­ne­ra­ción que ha­bía du­da­do se fue mu­rien­do. ¿Có­mo se apli­ca eso a mí? Ya he sa­li­do de Egipto — de mi si­tua­ción an­te­rior, en la que me sen­tía có­mo­da, pe­ro des­in­cen­ti­va­da— y lle­vo un buen tiem­po en la eta­pa del de­sier­to: ha­cien­do pla­nes, acla­ran­do mi vi­sión, pre­pa­rán­do­me y apren­dien­do un mon­tón. Dios se ha ocu­pa­do amo­ro­sa­men­te de mis ne­ce­si­da­des, pe­ro no quie­ro que­dar­me tra­ba­da en es­ta eta­pa.

En es­te mo­men­to me veo a las puer­tas de la Tie­rra Pro­me­ti­da. Ya la di­vi­so y me sien­to lis­ta pa­ra en­trar. Pe­ro… ¿sa­bes lo que me pa­sa? ¡Que al pen­sar en los gi­gan­tes me da pá­ni­co! ¿En­trar a la Tie­rra Pro­me­ti­da se­rá co­sa de co­ser y can­tar? De nin­gu­na ma­ne­ra. No se­rá así. Hay un mon­tón de gi­gan­tes a los que me to­ca­rá en­fren­tar­me: el con­cep­to de mí mis­ma que ten­go y que me li­mi­ta; los pa­sos que de­bo dar y que me asus­tan; el cre­ci­mien­to per­so­nal que de­bo lo­grar pa­ra que mis sue­ños se ma­te­ria­li­cen.

Los lar­gos años que los hi­jos de Israel pa­sa­ron deam­bu­lan­do por el de­sier­to por no con­tar con la fe ne­ce­sa­ria pa­ra en­fren­tar­se a los gi­gan­tes cons­ti­tu­yen una se­rio ad­ver­ten­cia pa­ra mí. ¿Quie­ro se­guir es­pe­ran­do —pre­vi­si­ble­men­te por largo tiem­po—, o ten­go su­fi­cien­te fe pa­ra en­trar con pa­so fir­me a mi pro­pia tie­rra pro­me­ti­da y to­mar po­se­sión de ella?

El úl­ti­mo con­se­jo que dio Moi­sés a los hi­jos de Israel tam­bién pue­de apli­car­se a mi si­tua­ción: «Es­for­zaos y co­brad áni­mo; no te­máis, ni ten­gáis mie­do de ellos, por­que el Se­ñor tu Dios es el que va con­ti­go; no te de­ja­rá, ni te des­am­pa­ra­rá » 4. Es fa­bu­lo­so sa­ber que no es­toy so­la en es­ta aven­tu­ra.

¡Li­qui­de­mos a los gi­gan­tes!

Ten va­lor. Hoy ca­mi­na­mos en el de­sier­to; ma­ña­na, en la Tie­rra Pro­me­ti­da.

Dwight Moody (1837–1899) Com­pro­mé­te­te ple­na­men­te con un sue­ño. Na­die que pre­ten­da ha­cer al­go gran­de y fra­ca­se es un fra­ca­sa­do. ¿Por qué? Por­que pue­de es­tar se­gu­ro de que ha triun­fa­do en la ba­ta­lla más im­por­tan­te de la vi­da: ha ven­ci­do el mie­do a arries­gar­se.

Ro­bert Schu­ller (1926–2015)

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