Un mun­do en si­len­cio

Mi bien­ve­ni­da al año nue­vo

Conectate - - VORDER SEITE - Koos Sten­ger Koos Sten­ger es es­cri­tor in­de­pen­dien­te. Vi­ve en los Paí­ses Ba­jos.

1. ¡ Fe­liz año nue­vo! (en ho­lan­dés)

Al abrir la puer­ta de la ca­lle me lla­ma la aten­ción el si­len­cio que rei­na fue­ra. ¡Qué in­creí­ble­men­te ca­lla­do es­tá el mun­do! Por lo ge­ne­ral hay al me­nos al­go de rui­do y mo­vi­mien­to a es­ta ho­ra. Hoy no. Hoy to­do es­tá quie­to.

Del cie­lo gris, en­ca­po­ta­do, caen unos co­pos de nie­ve, acen­tuan­do el ai­re de mis­te­rio. Me abro­cho el abri­go y en­tro en ese de­li­ca­do mun­do de si­len­cio.

Es la pri­me­ra ma­ña­na del año. Tran­qui­la, am­plia, pre­ña­da de es­pe­ran­zas y ex­pec­ta­ti­vas. Aun­que las ce­le­bra­cio­nes du­ra­ron has­ta la ma­dru­ga­da, aho­ra por lo vis­to soy el úni­co que es­tá des­pier­to.

El pa­so de un año a otro fue de to­do me­nos apa­ci­ble. Al con­tra­rio, fue rui­do­so y por mo­men­tos has­ta en­sor­de­ce­dor. Pe­ro aho­ra que las pri­me­ras lu­ces ma­ti­na­les ho­ra­dan la os­cu­ri­dad to­do es­tá so­se­ga­do.

Quie­ro creer que tam­bién rei­na­ba el si­len­cio cuan­do Dios es­ta­ba a me­dio crear el mun­do. Pue­do ima­gi­nar­me la quie­tud que im­pe­ra­ba jus­to an­tes que po­bla­ra el mun­do de aves, ma­mí­fe­ros y fi­nal­men­te los pri­me­ros se­res hu­ma­nos. Tal vez ape­nas se oía el sua­ve mur­mu­llo de la bri­sa cuan­do agi­ta­ba las ho­jas de los ár­bo­les y qui­zás el ru­mor de un arro­yo.

Creo que es más fá­cil ha­cer con­tac­to con Dios en el si­len­cio. Ca­si da la sen­sa­ción de que uno pue­de to­car­lo. Uno lo oye su­su­rrar pa­la­bras de amor y sa­bi­du­ría: «No te preo­cu­pes. Tam­bién cui­da­ré de ti».

¡Qué mag­ní­fi­co es ca­mi­nar con Él por es­tas ca­lles de­sier­tas!

De gol­pe un hom­bre tuer­ce la es­qui­na. Al igual que yo, ca­mi­na sin rum­bo. Sim­ple­men­te dis­fru­ta de la vis­ta y es­cu­cha el mis­mo si­len­cio. Al cru­zar­nos nos son­reí­mos. — Ge­luk­kig Nieuw­jaar! —me

1 di­ce al tiem­po que se le ilu­mi­nan los ojos.

Asien­to con la ca­be­za. Lue­go desaparece, y una vez más es­toy so­lo con mis pen­sa­mien­tos; pe­ro aho­ra mi co­ra­zón se re­go­ci­ja. ¡Qué her­mo­so es el mun­do cuan­do go­bier­nan la quie­tud, las son­ri­sas, la amis­tad y la gentileza! ¡Qué be­llo es po­der pal­par a Dios en la quie­tud y de­jar que Su Es­pí­ri­tu atra­vie­se el du­ro ca­pa­ra­zón de nues­tros co­ra­zo­nes ego­cén­tri­cos!

El mun­do se va des­per­tan­do. Pa­sa un au­to, y al acer­car­me a una ca­sa oi­go el te­le­vi­sor pro­fe­rir pa­la­bras inin­te­li­gi­bles. Si bien se rom­pe la quie­tud, mi co­ra­zón aún con­ser­va la se­re­ni­dad que Dios me ha da­do.

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