El pri­mer bo­ca­do

Conectate - - NEWS - Joy­ce Sut­tin Joy­ce Sut­tin es maes­tra y es­cri­to­ra. Vi­ve en San An­to­nio ( EE. UU.).

He vis­to que lo bueno es co­mer y beber, y go­zar uno del bien de to­do su tra­ba­jo con que se fa­ti­ga de­ba­jo del sol, to­dos los días de su vi­da que Dios le ha da­do; por­que es­ta es su par­te. […] Dios le lle­na­rá de ale­gría el co­ra­zón. Ecle­sias­tés 5:18,20 La gra­ti­tud ha­cia Dios ha­ce que aun una ben­di­ción tem­po­ral ten­ga sa­bor a Cie­lo. Wi­lliam Ro­mai­ne (1714–1795)

1. Sal­mo 118: 24

To­mé un bo­ca­do de tor­ti­lla fran­ce­sa y se lo agra­de­cí a Dios en si­len­cio. Te­nía ham­bre, y me su­po ex­cep­cio­nal­men­te de­li­cio­so. De­gus­té los su­ti­les sa­bo­res y el que­so de­rre­ti­do, y me de­tu­ve un ins­tan­te a pen­sar en la di­vi­na Pro­vi­den­cia y en có­mo nos cui­da Dios.

Sé que a ve­ces co­mo al­go apu­ra­da­men­te y ni si­quie­ra me acuer­do de agra­de­cér­se­lo a Dios. Al me­nos es­ta vez lo hi­ce, aun­que mi ora­ción me pun­zó la con­cien­cia por­que el mo­men­to en que la hi­ce no fue del to­do ade­cua­do. Po­dría ha­ber­le agra­de­ci­do el ome­let an­tes del pri­mer bo­ca­do, an­tes de sa­ber que era de­li­cio­so.

Lue­go re­cor­dé las pa­la­bras del rey Da­vid: «Es­te es el día que hi­zo el Se­ñor; nos go­za­re­mos y ale­gra­re­mos en él» 1. Cuan­do quie­ro apren­der a ser más agra­de­ci­da leo los sal­mos de Da­vid. Des­pués de enu­me­rar sus di­fi­cul­ta­des, siem­pre da la glo­ria a Dios. Sin em­bar­go, lo que más me lla­mó la aten­ción de ese ver­sícu­lo es que nos ins­ta a dar­le glo­ria a Dios por ca­da día na­da más des­per­tar­nos, y afir­mar des­de el mo­men­to en que co­mien­za la jor­na­da que nos va­mos a ale­grar y re­go­ci­jar.

A ve­ces al acos­tar­me le di­go a Dios: «Hoy ha si­do un día es­tu­pen­do. Gra­cias por to­do lo bueno que pa­só, por to­do lo que pu­de ha­cer, por te­ner bue­na sa­lud y una familia fe­liz». Pe­ro no es esa la gra­ti­tud de la que ha­bla­ba Da­vid.

Él se re­fe­ría a dar gra­cias y ale­grar­nos an­tes que em­pie­ce el día. Nos ins­ta a to­mar, des­de que ama­ne­ce, la re­so­lu­ción de ser fe­li­ces y dis­fru­tar de un día ex­ce­len­te. Su­pon­go que es co­mo agra­de­cer­le a Dios la tor­ti­lla fran­ce­sa an­tes de de­gus­tar­la. De­be­mos dar­le gra­cias en la ma­ña­na, aun­que más tar­de ven­ga una tem­pes­tad. De­be­mos to­mar la de­ter­mi­na­ción de es­tar con­ten­tos, aun­que lue­go sur­jan con­tra­rie­da­des. An­tes de hin­car­le el dien­te a una tor­ti­lla fran­ce­sa, un nue­vo día o in­clu­so un nue­vo año, po­de­mos ex­pre­sar nues­tra gra­ti­tud, pa­se lo que pa­se.

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