MIS DIA­RIOS

Conectate - - NEWS - Joy­ce Sut­tin Joy­ce Sut­tin es do­cen­te y es­cri­to­ra. Vi­ve en San An­to­nio, EE. UU.

Me en­con­tra­ba or­ga­ni­zan­do y lim­pian­do a fon­do mis per­te­nen­cias. He vi­vi­do más tiem­po en es­ta ca­sa que en nin­gu­na otra; de ahí que ha­ya acu­mu­la­do mon­to­nes de co­sas. En­fras­ca­da en esa ta­rea, me to­pé con una ca­ja en la que guar­do mis an­ti­guos dia­rios.

Me ex­pli­co. No son dia­rios que de­ta­llen su­ce­sos de mi vi­da; en ellos anoté pe­ti­cio­nes de ora­ción, res­pues­tas ob­te­ni­das, ver­sícu­los de la Bi­blia que in­vo­ca­ba y, lo más im­por­tan­te, pa­la­bras de ins­truc­ción que Je­sús me trans­mi­tía en mis ra­tos de me­di­ta­ción y que me orien­ta­ron y me ayu­da­ron a to­mar de­ci­sio­nes. Ha­cía años que no abría esos dia­rios; es más, mu­chas ve­ces es­tu­ve a pun­to de des­ha­cer­me de ellos. Son to­dos de dis­tin­tos ta­ma­ños y mo­de­los, y la ma­yo­ría ca­si ile­gi­bles, ya que no me dis­tin­go por mi bue­na le­tra.

Me re­cor­da­ron pe­río­dos de gran­des di­fi­cul­ta­des, cuan­do pa­re­cía que mu­chas co­sas iban mal. Al evo­car esos tiem­pos, me sen­tí muy agra­de­ci­da de ha­ber­los su­pe­ra­do, y en reali­dad ni si­quie­ra te­nía ga­nas de re­vi­vir to­das esas an­ti­guas des­ven­tu­ras y emo­cio­nes.

Así y to­do, cuan­do los to­mé en las ma­nos y co­men­cé a ho­jear­los, hu­bo dos as­pec­tos que me lla­ma­ron la aten­ción una y otra vez. Nú­me­ro uno: que Dios siem­pre me ha ama­do y ha ve­la­do por mí, aun en las épo­cas más som­brías. Y nú­me­ro dos: que siem­pre ha con­tes­ta­do mis ora­cio­nes.

Al re­leer mis dia­rios, las di­fi­cul­ta­des del pa­sa­do se hi­cie­ron hu­mo. Lo que vi re­ve­la­do en ellos fue el tierno amor que el Se­ñor me ha de­mos­tra­do, guián­do­me por du­ros ca­mi­nos y a tra­vés de ar­duas de­ci­sio­nes, ayu­dán­do­me asi­mis­mo a man­te­ner la vis­ta fi­ja en Él. Cier­tos ver­sícu­los bí­bli­cos co­bra­ron vi­da, y me di cuen­ta de que, aun­que yo en aquel mo­men­to no lo en­ten­die­ra, el Se­ñor iba res­pon­dien­do mis ora­cio­nes y ayu­dán­do­me a sa­lir ade­lan­te. So­bre to­do com­pren­dí que la fe que ten­go hoy se fun­da­men­ta en to­das las lec­cio­nes apren­di­das en las eta­pas más com­pli­ca­das de mi vi­da.

Si es­tás pa­san­do por un pe­río­do con­fu­so o di­fí­cil, te re­co­mien­do que anotes tus pen­sa­mien­tos. Es­cri­be tus ora­cio­nes. Apun­ta los ver­sícu­los que quie­res in­vo­car. Es­cri­be lo que te di­ce el Se­ñor en tus ra­tos de ora­ción en pri­va­do y guár­da­lo. Pue­de que aho­ra no veas las co­sas con cla­ri­dad, pe­ro si te afe­rras al Se­ñor y con­fías en Su amor y Sus pro­me­sas, Él te ayu­da­rá a sa­lir a flo­te. A la lar­ga en­ten­de­rás y agra­de­ce­rás po­der ver en re­tros­pec­ti­va to­do lo que Él ha­ya he­cho por ti.

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