Un MISTERIOSO MEN­SA­JE

Conectate - - NEWS - Pris­ci­lla Lip­ciuc Pris­ci­lla Lip­ciuc ha si­do mi­sio­ne­ra en Eu­ro­pa Orien­tal du­ran­te más de 20 años.

Cier­to día en que an­da­ba muy afa­na­da por que mis hijos lle­ga­ran a tiem­po a su cla­se de compu­tación, en el úl­ti­mo mo­men­to no en­con­trá­ba­mos uno de sus li­bros de tex­to ni las lla­ves de la ca­sa. Más ner­vios de pun­ta y ca­rre­ras fre­né­ti­cas. En me­dio de to­do eso so­nó mi te­lé­fono. Era un men­sa­je de tex­to de un nú­me­ro des­co­no­ci­do. Lo que leí me to­mó por sor­pre­sa:

« No pue­do cam­biar tu pa­sa­do ni pro­me­ter­te un be­llo fu­tu­ro, pe­ro sí ga­ran­ti­zar­te mi amor y apo­yo en to­do lo que em­pren­das. Es­pe­ro que ten­gas un días es­tu­pen­do». El men­sa­je no ve­nía fir­ma­do. No pu­de me­nos que sol­tar una ri­si­ta. Pa­re­cía una de esas con­fu­sio­nes fre­cuen­tes que Jesús or­ques­ta para des­viar mi aten­ción de mis pro­ble­mas y re­cor­dar­me el amor que Él abri­ga por mí.

«Gra­cias por ani­mar­me —res­pon­dí—. Con to­do, de­bo de­cir­te que te equi­vo­cas­te de nú­me­ro. Pe­ro no te va­yas a sentir mal, me ca­ye­ron de ma­ra­vi­lla esas pa­la­bras». Mi te­lé­fono dio otro pi­ti­do. «¡Sí era para ti! Es­te es mi nue­vo nú­me­ro. Que­ría que su­pie­ras lo que sien­to por ti».

Era una ami­ga mía, la ma­dre de uno de mis alum­nos de in­glés. Para en­ton­ces mi sor­pre­sa era ma­yús­cu­la. En cuan­to de­jé a los chi­cos en su cla­se, la lla­mé para agra­de­cer­le su ges­to y su con­si­de­ra­ción.

Aun­que el res­to del día trans­cu­rrió con nor­ma­li­dad, de­fi­ni­ti­va­men­te me sen­tí con más bríos. Ese fe­liz in­ci­den­te me dio que pen­sar. Des­de que fa­lle­ció mi ma­ri­do y me ha to­ca­do criar so­la a mis cua­tro hijos, me he es­for­za­do por no ser una car­ga para na­die. Sin em­bar­go, hay per­so­nas que, sin que­rer en­tro­me­ter­se, gus­to­sas me apo­ya­rían si ha­ce fal­ta. ¿Por qué no ha­bía con­si­de­ra­do ni por un mo­men­to que yo era la des­ti­na­ta­ria de aquel men­sa­je de áni­mo? ¿Por qué me cues­ta creer que Dios, al que tan bien co­noz­co, po­dría po­ner en mi ca­mino a per­so­nas muy be­llas y dis­pues­tas a dar­me una mano?

No que­ría de­jar pa­sar esa en­se­ñan­za, así que me hi­ce el pro­pó­si­to de di­ge­rir­la a con­cien­cia. Creo que me ha he­cho mu­cho bien.

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