Una olea­da de go­zo

El efec­to má­gi­co de la gra­ti­tud

Conectate - - VORDER SEITE - Pao­lo Alle­luia Pao­lo Alle­luia vi­ve en Croa­cia, don­de ha­ce vo­lun­ta­ria­do hu­ma­ni­ta­rio des­de 1994.

ERA UNA DE ESAS MA­ÑA­NAS en las que uno se des­pier­ta y re­ci­be una an­da­na­da de malas no­ti­cias, to­do lo que po­dría sa­lir mal sa­le mal, y la es­pi­ral des­cen­den­te pa­re­ce no te­ner fin. Pa­ra col­mo, mi mu­jer es­ta­ba de via­je, y to­do va siem­pre peor cuan­do ella no es­tá. Al ini­ciar la jor­na­da ya me sen­tía abru­ma­do y des­co­ra­zo­na­do.

Se­gui­da­men­te el mo­tor de nuestro fur­gón em­pe­zó a ha­cer un rui­do ra­ro, muy fuer­te. En las úl­ti­mas se­ma­nas ha­bía­mos te­ni­do un des­per­fec­to tras otro. Re­pa­rá­ba­mos una pie­za y se des­com­po­nía otra. Me pu­se a pen­sar que ya no po­día con­tar con aquel fur­gón, que se es­ta­ba con­vir­tien­do en un ho­yo sin fon­do que me con­su­mía tiem­po, di­ne­ro y ener­gías.

Una vez que sin­to­ni­zo una on­da ne­ga­ti­va, lo peor que pue­do ha­cer es po­ner­me a es­cu­char­la, co­mo hi­ce aque­lla ma­ña­na. A me­di­da que avan­za­ba el día to­do pa­re­cía po­ner­se ca­da vez más sombrío y de­pri­men­te. Es­ta­ba des­con­ten­to con prác­ti­ca­men­te to­do.

En ese es­ta­do de áni­mo lle­vé el fur­gón al ta­ller a re­ga­ña­dien­tes. Mien­tras el me­cá­ni­co tra­ba­ja­ba en él, es­tu­ve un ra­to a so­las. Re­cor­dé en­ton­ces el juego del op­ti­mis­mo, con­sis­ten­te en nom­brar, cuan­do uno se sien­te tris­te, los bue­nos as­pec­tos de su vi­da. De­ci­dí, pues, ha­cer el in­ten­to y me pu­se a enu­me­rar mis ale­grías. Al prin­ci­pio el ejer­ci­cio fue un po­co for­za­do: no se me ocu­rrían fá­cil­men­te co­sas dig­nas de men­ción. Sin em­bar­go, per­se­ve­ran­do en ello, po­co a po­co me fue­ron acu­dien­do más ideas al pen­sa­mien­to, has­ta que co­men­cé a sen­tir­me sin­ce­ra­men­te agra­de­ci­do a Dios por Su bon­dad y Sus ben­di­cio­nes.

De golpe sucedió al­go má­gi­co: co­mo una ola del mar que se lle­va las pie­dras y los desechos que se acu­mu­lan en la ori­lla, una olea­da de go­zo me asal­tó y se llevó to­da mi ne­ga­ti­vi­dad y pe­sa­dum­bre. El co­ra­zón y la men­te se me lle­na­ron de paz, con­ten­ta­mien­to y ale­gría. Mi día dio un vuel­co to­tal.

No fue sino más tar­de que me di cuen­ta de que en reali­dad mis cir­cuns­tan­cias fí­si­cas no ha­bían cam­bia­do en ab­so­lu­to. Es­ta­ba don­de el me­cá­ni­co con el fur­gón des­com­pues­to, y mi mu­jer se­guía le­jos. Pero de pron­to, na­da de eso ha­cía me­lla en mi ale­gría. To­mé ple­na conciencia de lo con­ten­to y fe­liz que es­ta­ba con mi vi­da y to­do lo que ata­ñe a ella. Sen­tí el efec­to má­gi­co de la gra­ti­tud, que pue­de tor­nar un día de des­ven­tu­ras en uno lleno de di­cha.

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