Re­ga­la ale­gría.

Conectate - - CONECTATE - De Je­sús, con ca­ri­ño

¿Al­gu­na vez has te­ni­do un mal día por el so­lo he­cho de ha­ber­te cru­za­do con al­guien que es­ta­ba de mal hu­mor? Tal vez fue un pa­sa­je­ro en el bus o un clien­te en una tien­da. Nor­mal­men­te ni te ha­brías fi­ja­do en él. Sin em­bar­go, era tan gru­ñón o des­con­si­de­ra­do que te em­pa­ñó to­do el día.

Y a la in­ver­sa, ¿al­gu­na vez has te­ni­do un día es­tu­pen­do y des­pués te dis­te cuen­ta de que se de­bió a que al­guien fue par­ti­cu­lar­men­te ama­ble con­ti­go? Tal vez tu­vo que ver con la lin­da son­ri­sa que te di­ri­gió, o la gen­ti­le­za con que re­co­gió y te en­tre­gó al­go que se te ha­bía caí­do, o el he­cho de que te su­je­tó la puer­ta mien­tras en­tra­bas en al­gún si­tio. Qui­zá no fue más que un pe­que­ño ges­to, pe­ro re­per­cu­tió po­si­ti­va­men­te en ti.

To­do el mun­do ejer­ce in­fluen­cia. Mo­men­to a mo­men­to, tu ac­ti­tud y tu gra­do de fe­li­ci­dad se re­fle­jan en lo que ha­ces y di­ces, y eso no pue­de me­nos que afec­tar a los de­más. ¿Qué cla­se de efec­to sue­les cau­sar tú?

Haz me­mo­ria de al­gún ges­to que ha­yan te­ni­do con­ti­go y que te ale­gró la exis­ten­cia. Pues bien, pro­pon­te ha­cer al­go pa­re­ci­do por otra per­so­na. Ve­rás que no so­lo la ani­ma­rás a ella, sino que tú tam­bién te sen­ti­rás más fe­liz y op­ti­mis­ta.

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