UN DES­CU­BRI­MIEN­TO EMO­CIO­NAN­TE

Conectate - - NEWS - Uday Paul 1. 2 Co­rin­tios 5:7 Uday Paul vi­ve en Ban­ga­lo­re (In­dia). Im­par­te cur­sos de in­glés y de de­sa­rro­llo per­so­nal.

Aún re­cuer­do aquel día. Fue a prin­ci­pios de los 80. Yo era ape­nas un ado­les­cen­te y es­ta­ba sen­ta­do en el asien­to de atrás del au­to. En un se­má­fo­ro, al­guien en­tre­gó a mis pa­dres unos pre­cio­sos afi­ches a co­lor pa­ra que los le­ye­ran. Ellos en­se­gui­da me los pa­sa­ron a mí. Al ca­bo de un ra­to se de­tu­vie­ron en un lu­gar don­de de­bían aten­der unas di­li­gen­cias, y yo me que­dé so­lo en el vehícu­lo. Co­mo no te­nía otra co­sa que ha­cer, to­mé los pós­ters y me pu­se a ojear­los. Te­nían una ilus­tra­ción en la par­te de de­lan­te, y en el re­ver­so un men­sa­je so­bre la sal­va­ción y la vi­da eter­na que Je­sús nos ofre­ce gra­tui­ta­men­te.

Me crie en una fa­mi­lia hin­dú, por lo que los te­mas es­pi­ri­tua­les y re­li­gio­sos no me eran aje­nos. Te­nía al­gu­nas dei­da­des pre­fe­ri­das en el pan­teón de dio­ses hin­dúes a las que me gus­ta­ba di­ri­gir­me cuan­do ora­ba. Tam­bién me in­tere­sa­ban otras re­li­gio­nes co­mo el bu­dis­mo y el is­lam. Sin em­bar­go, el con­cep­to cris­tiano de que la sal­va­ción era gra­tui­ta era nue­vo pa­ra mí.

El tex­to del re­ver­so de los afi­ches con­cluía con una ora­ción pa­ra que el lec­tor in­vi­ta­ra a Je­sús a en­trar en su co­ra­zón. No me ca­bía en la ca­be­za que al­go tan tras­cen­den­tal co­mo la sal­va­ción pu­die­ra al­can­zar­se con tan­ta fa­ci­li­dad. En to­do ca­so, pen­sé que na­da per­día con in­ten­tar­lo. Des­pués de ha­cer la ora­ción me in­va­dió una pro­fun­da sen­sa­ción de paz. To­do mi es­cep­ti­cis­mo y mis du­das se di­si­pa­ron.

Aquel día me­mo­ra­ble mar­có el ini­cio de la aven­tu­ra más ex­tra­or­di­na­ria de mi vi­da. Fue mi pri­mer en­cuen­tro con el Dios que creó es­te her­mo­so mun­do y to­do lo que hay en él.

Ha ha­bi­do ve­ces en que me he obs­ti­na­do en no re­co­no­cer Su pre­sen­cia. Tam­bién mo­men­tos di­fí­ci­les en que no he sen­ti­do esa pre­sen­cia y con­sue­lo tan­to co­mo hu­bie­ra que­ri­do. Pe­ro en to­do mo­men­to siem­pre ha es­ta­do a mi la­do y me ha ben­de­ci­do con Su amor in­con­di­cio­nal. La Bi­blia di­ce que «por fe an­da­mos, no por vis­ta » 1. La sen­da del cris­tiano es una sen­da de fe en un Dios om­ni­po­ten­te y so­be­rano, que nos ama y quie­re con­fe­rir a nues­tra vi­da sen­ti­do y pro­pó­si­to. En los años que han trans­cu­rri­do des­de que creí en Je­sús, Él me lo ha de­mos­tra­do una y otra vez. Es mi me­jor y más ín­ti­mo ami­go.

Si aún no co­no­ces a Je­sús, co­mien­za por ha­cer es­ta sen­ci­lla ora­ción: Je­sús, te rue­go que en­tres en mi vi­da y me con­ce­das Tu sal­va­ción. Per­dó­na­me las fal­tas que he co­me­ti­do. Ayú­da­me a co­no­cer­te me­jor y per­ma­ne­cer a Tu la­do. Amén.

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