El PER­DÓN se­gún la óp­ti­ca DI­VI­NA

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Je­sús con­tó una pa­rá­bo­la so­bre el per­dón que me pun­za el co­ra­zón y la con­cien­cia ca­da vez que la oi­go1. Ha­bla de un buen rey a quien su con­ta­dor le re­cuer­da que uno de sus súb­di­tos le de­be una enor­me su­ma de di­ne­ro, equi­va­len­te a mi­les de mi­llo­nes de dó­la­res de hoy en día. Se tra­ta de un mon­to tan gran­de que no hay nin­gu­na po­si­bi­li­dad de que el hom­bre lo pue­da pa­gar.

El rey man­da lla­mar al súb­di­to y le exi­ge el pa­go. Cuan­do es­te le di­ce que no pue­de can­ce­lar la deu­da, el rey or­de­na que la fa­mi­lia del hom­bre sea ven­di­da co­mo es­cla­va has­ta que la deu­da que­de sal­da­da. El súb­di­to im­plo­ra mi­se­ri­cor­dia, y el rey, con­mo­vi­do, le con­do­na la deu­da. Sin plan de pa­gos y sin mul­tas. Se la per­do­na to­tal­men­te, sin más. El su­je­to es de­cla­ra­do hom­bre li­bre, exen­to de to­da obli­ga­ción de re­in­te­grar el di­ne­ro. Me ima­gino que se sin­tió co­mo yo me sen­ti­ré cuan­do efec­túe el úl­ti­mo pa­go de mi hi­po­te­ca, so­lo que mil ve­ces más ali­via­do.

El jú­bi­lo, sin em­bar­go, le du­ra po­co. Al aban­do­nar la cor­te del rey se cru­za con un co­no­ci­do que le de­be pla­ta, un mon­to equi­va­len­te a más o menos un mes de suel­do. Ol­vi­dán­do­se de la gran mi­se­ri­cor­dia de la que ha si­do ob­je­to, no sien­te com­pa­sión al­gu­na y eje­cu­ta la deu­da de aquel hom­bre en­vián­do­lo a la cár­cel.

Uno de los ami­gos del rey que ha pre­sen­cia­do esos su­ce­sos va e in­for­ma al mo­nar­ca. El súb­di­to es lle­va­do an­te el rey una vez más.

—¿Có­mo no fuis­te ca­paz de per­do­nar cuan­do se tu­vo tan­ta mi­se­ri­cor­dia con­ti­go! —le di­ce el rey enoja­do—. Pa­ga­rás con cár­cel has­ta que me de­vuel­vas to­do lo que me de­bes.

Siem­pre me ima­gi­né que el rey pro­ce­dió a li­be­rar al hom­bre que de­bía un mon­to me­nor y le con­do­nó la deu­da. Lo de­duz­co por­que en­ca­ja con la ma­ne­ra de ser del mo­nar­ca.

Ca­da vez que es­cu­cho ese re­la­to, la­men­ta­ble­men­te me re­co­noz­co en las ac­cio­nes del súb­di­to. Con de­ma­sia­da fre­cuen­cia soy co­mo el hom­bre que se ne­gó a per­do­nar. Con la muer­te de Je­sús en la cruz, Dios ex­pió y per­do­nó mis pe­ca­dos. Sim­ple­men­te no tie­ne sen­ti­do que yo me nie­gue a per­do­nar a quien me ha ofen­di­do, pues a mí se me ha perdonado mu­cho más. «Al­guien a quien se le ha da­do mu­cho, mu­cho se le pe­di­rá a cam­bio» 2.

Ma­rie Al­ve­ro ha si­do mi­sio­ne­ra en Áfri­ca y Mé­xi­co. Lle­va una vi­da ple­na y ac­ti­va en com­pa­ñía de su es­po­so y sus hi­jos en la re­gión cen­tral de Te­xas, EE. UU.

Dios de­mos­tró Su amor en la cruz. Cuan­do Cris­to que­dó col­ga­do de la cruz, y de­rra­mó Su san­gre, y mu­rió, Dios le es­ta­ba di­cien­do al mun­do: «Te amo». Billy Graham (n. 1918)

1. V. Ma­teo 18: 21–35 2. Lu­cas 12: 48 ( NTV)

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