PER­DO­NAR ES DI­VINO

Conectate - - NEWS - De Je­sús, con ca­ri­ño

La ca­pa­ci­dad de per­do­nar for­ma par­te de la na­tu­ra­le­za y esen­cia de Dios, y cuan­do ejer­ci­tas ese don te ele­vas por en­ci­ma de las li­mi­ta­cio­nes de tu con­di­ción hu­ma­na.

De­ci­dir­se a per­do­nar a al­guien es uno de los ac­tos más di­fí­ci­les que hay, so­bre to­do si el per­dón es in­me­re­ci­do. La na­tu­ra­le­za hu­ma­na de­man­da venganza y re­van­cha, o al menos com­pen­sa­ción. Pe­ro Yo vi­ne al mun­do pa­ra traer per­dón y sal­va­ción de los pe­ca­dos. Si te im­bu­yes de Mi ma­ne­ra de ser, ve­rás que una de sus ca­rac­te­rís­ti­cas es una bue­na dis­po­si­ción pa­ra per­do­nar. El que la per­so­na que pro­ce­dió mal con­ti­go me­rez­ca o no per­dón no es lo me­du­lar del asun­to; lo im­por­tan­te es que tú obres bien, ofre­cien­do a los de­más la mis­ma mi­se­ri­cor­dia y per­dón que Yo te ofrez­co.

Per­do­na a quie­nes te han ofen­di­do, así co­mo tu Pa­dre ce­les­tial te per­do­na.

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