MÁS ÚTIL QUE UNA LUZ

Conectate - - CONECTATE - 1. Min­nie Loui­se Has­kins (1875–1957) Ste­ve Hearts Ste­ve Hearts es escritor y mú­si­co. Vi­ve en Nor­tea­mé­ri­ca. Es cie­go de na­ci­mien­to y es­tá afi­lia­do a La Fa­mi­lia In­ter­na­cio­nal.

La vi­da te­rre­nal sue­le con­ce­bir­se co­mo una lar­ga ca­rre­te­ra que re­co­rre lla­nu­ras, co­li­nas, mon­ta­ñas, va­lles y tú­ne­les. He pa­sa­do por to­dos esos ti­pos de te­rre­nos in­nu­me­ra­bles ve­ces y pue­do afir­mar sin aso­mo de du­da que los tú­ne­les son lo que me­nos me gus­ta.

Los tú­ne­les re­pre­sen­tan las tem­po­ra­das en que el futuro es in­cier­to y el ca­mino que te­ne­mos por de­lan­te va des­cu­brién­do­se po­co a po­co. En los úl­ti­mos me­ses mi si­tua­ción ha si­do una suer­te de com­pás de es­pe­ra para ver có­mo se van dan­do las co­sas, lo que ha de­man­da­do mu­chos pa­sos cau­te­lo­sos por par­te mía.

Ayer la in­cer­ti­dum­bre se apo­de­ró de mí. Al ra­to se ha­bía con­ver­ti­do en una den­sa nu­be de in­quie­tud y os­cu­ri­dad es­pi­ri­tual.

Re­cé: «Se­ñor, arro­ja Tu luz so­bre es­to». Él me re­cor­dó las sa­bias y tran­qui­li­za­do­ras pa­la­bras del poe­ma A la en­tra­da del año. Las ha­bía oí­do mu­chas ve­ces, pe­ro en es­ta oca­sión me ca­la­ron hon­do: Di­je al que guar­da­ba la en­tra­da del

año: «Da­me una luz para in­ter­nar­me sin

pe­li­gro en lo des­co­no­ci­do». Me res­pon­dió: « Al pe­ne­trar en la os­cu­ri­dad, pon

tu mano en la de Dios. Te se­rá más útil que una luz y te brin­da­rá más se­gu­ri­dad que un ca­mino co­no­ci­do». Se­guí, pues, avan­zan­do y, ha­llan­do

la mano de Dios, ale­gre­men­te me in­ter­né en la no­che1.

Co­mo soy cie­go, sé lo que es ne­ce­si­tar asis­ten­cia cuan­do es­toy en un am­bien­te des­co­no­ci­do. El men­sa­je que me im­par­tió el poe­ma es que ten­go que asir­me de la mano de Dios con la mis­ma con­fian­za con que me afe­rro al bra­zo de al­guien que me sir­ve de guía fí­si­ca­men­te, y per­mi­tir­le que me con­duz­ca a tra­vés de es­te tú­nel. Mien­tras es­té su­je­to a Dios no ten­go por qué preo­cu­par­me de la ex­ten­sión del tú­nel ni de lo que tal vez me aguar­de al fi­nal. Pue­do avan­zar pa­so por pa­so con­fian­do en que lle­ga­ré a la sa­li­da sano y sal­vo.

Aun­que no ten­ga ni idea de lo que me de­pa­ra­rá el ca­mino más ade­lan­te, quien me acom­pa­ña y me guía ve y co­no­ce la ru­ta por la que tran­si­to. Pue­do con­fiar en que me ayu­da­rá a atra­ve­sar los tú­ne­les de la vi­da. Tú tam­bién, cuan­do to­do os­cu­rez­ca, no de­ses­pe­res ni te de­jes abru­mar por la in­cer­ti­dum­bre. Sim­ple­men­te to­ma la mano de quien nos ha pro­me­ti­do ser más útil que una luz y, sea cual sea el tú­nel en que te ha­lles, lo re­co­rre­rás sin su­frir nin­gún da­ño.

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