GEN­TE FE­LIZ

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Me en­can­ta­ría que el mun­do es­tu­vie­ra lleno de ri­sas sa­nas y ale­gres: ri­sas jo­via­les, con­ta­gio­sas y fes­ti­vas, ri­sas san­tas, de esas que pro­pa­gan ale­gría por el mun­do. «¡Fe­liz el pue­blo cu­yo Dios es el Se­ñor!» Me en­can­ta ver a Mi pue­blo re­bo

1 san­te de ale­gría, y que esa ale­gría se ma­ni­fies­te por me­dio de ri­sas. Se ele­van ha­cia Mí igual que las ala­ban­zas. Se pa­re­cen mu­cho a las ala­ban­zas y sue­len en­tre­mez­clar­se con ellas. Lle­van ale­gría al mun­do, y pa­ra Mí es un go­zo oír­las.

Me re­fie­ro a las ri­sas que edi­fi­can es­pi­ri­tual­men­te y tras­cien­den los con­fi­nes del mun­do fí­si­co pa­ra lle­nar el cie­lo de ju­bi­lo­sa ce­le­bra­ción. La ri­sa es ca­paz de ele­var el es­pí­ri­tu hu­mano. Ya sa­bes cuán­ta fal­ta ha­ce eso.

Por eso, ve por los ca­mi­nos y los va­lla­dos. Trae a otros a Mi reino y mo­tí­va­los a es­ta­llar de ale­gría. Ve a los lu­ga­res don­de hay gen­te so­la y es­par­ce ri­sas y luz. Sal a ha­cer­la reír, y me da­rás un ale­grón. ¡Sea lle­na la Tie­rra de ri­sas!

De Je­sús, con ca­ri­ño

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