EL CA­LOR DE LAS FIES­TAS

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y los brin­dis que­da­ron atrás; fi­nal­men­te arri­bó el tan nom­bra­do “enero” aba­rro­ta­do de ex­pec­ta­ti­vas y frío. Es in­vierno y el jar­dín dor­mi­ta, pe­ro ba­jo la tie­rra, mi­les de co­lo­res aguar­dan su turno pa­ra flo­re­cer. Sin em­bar­go flo­rear no es ex­clu­si­vo de la pri­ma­ve­ra; hay quie­nes lo ha­cen en in­vierno, en­tre ellos el que fue em­plea­do en la an­ti­güe­dad como un per­fu­me de amor. De ahí que se le co­noz­ca como el des­truc­tor de los obs­tácu­los. ¿Sa­bías que Leo­nar­do Da Vin­ci cu­bría los már­ge­nes de sus ma­nus­cri­tos con él? Se di­ce que ayu­dan a sol­tar el do­lor del pa­sa­do, así es que si has si­do du­ro con­ti­go mis­mo es con­ve­nien­te que cul­ti­ves uno en tu ca­sa, y que se lo re­ga­les a al­guien pa­ra me­jo­rar su au­to­es­ti­ma. Ade­más fa­vo­re­cen el des­can­so noc­turno y eli­mi­nan las pe­sa­di­llas si los co­lo­cas jun­to a la ca­ma. –Odet­te de Ciu­dad Jar­dín

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