a es­ta­do en la mú­si­ca

du­ran­te 53 años, ha gra­ba­do 39 dis­cos e in­ter­pre­ta­do más de 400 can­cio­nes. Mu­chos chilangos se han em­bo­rra­cha­do mien­tras es­cu­chan sus can­cio­nes –él tam­bién–. Aun­que su voz es un re­cuer­do que vi­ve en la nos­tal­gia, su nom­bre ar­tís­ti­co es su­fi­cien­te pa­ra que

Chilango - - MOTELES KINKY - pri­mer ac­to: el mes­si de la ba­la­da

La en­tre­vis­ta no fue acor­da­da con un pu­bli­rre­la­cio­nis­ta ni con Sony, la dis­que­ra de Jo­sé Jo­sé. Ni si­quie­ra in­ter­vino Lau­ra, su asis­ten­te, ami­ga y pro­tec­to­ra des­de ha­ce 15 años. To­das las lla­ma­das son aten­di­das di­rec­ta­men­te por el can­tan­te, en su ce­lu­lar, lo cual –qui­zá so­bra de­cir– en el am­bien­te ar­tís­ti­co es su­ma­men­te ra­ro.

La ci­ta es a las 11:30 de la ma­ña­na en un ho­tel de Po­lan­co, don­de el in­tér­pre­te se hos­pe­da ca­da vez que via­ja a la Ciu­dad de Mé­xi­co des­de Mia­mi, don­de re­si­de.

Des­de la hos­tess del res­tau­ran­te del ho­tel has­ta las per­so­nas de lim­pie­za sa­lu­dan a Jo­sé Jo­sé de be­so en la me­ji­lla y apre­tón de mano, co­mo si fue­ra un ami­go de to­da la vi­da.

El fo­tó­gra­fo y yo, en ple­na con­fian­za, co­mo si es­tu­vié­ra­mos en un set, aco­mo­da­mos me­sas, po­ne­mos y qui­ta­mos ador­nos, pre­pa­ran­do el lu­gar pa­ra las fo­to­gra­fías. Un guar­dia de se­gu­ri­dad nos pre­gun­ta quién nos ha­bía da­do per­mi­so de ha­cer esos mo­vi­mien­tos. “Jo­sé Jo­sé”, con­tes­ta­mos al mis­mo tiem­po. La mue­ca del guar­dia se trans­for­ma. Vol­tea a bus­car al can­tan­te y cuan­do lo en­cuen­tra se ol­vi­da de no­so­tros pa­ra ir a sa­lu­dar­lo.

El Prín­ci­pe de la Can­ción, pro­ba­ble­men­te lo más cer­cano a lo que la ma­yo­ría de los chilangos es­ta­re­mos de la reale­za, em­pe­zó su ca­rre­ra ha­ce 53 años y ha ven­di­do unos 100 mi­llo­nes de dis­cos, que es ca­si co­mo si a 90% de los me­xi­ca­nos nos hu­bie­ran re­ga­la­do la co­pia de uno de sus ál­bu­mes al na­cer.

Es una de esas es­pe­cies ra­ras que pue­den con­tar en­tre sus fans a los abue­los, los pa­dres, los hi­jos y los nie­tos de una mis­ma fa­mi­lia. Por eso, a sus 67 años de edad, Jo­sé Jo­sé me pide que le ha­ble de tú. «Si al­gu­na vez can­té al­go que te gus­tó, que lle­gó a tu co­ra­zón, en­ton­ces so­mos cóm­pli­ces. De­be­mos tra­tar­nos co­mo ta­les», di­ce.

Bro­mea, co­que­tea, pe­ro sus 67 años le pe­san co­mo un la­dri­llo. El sa­co, de un Jo­sé Jo­sé más ro­bus­to, lo em­pe­que­ñe­ce al col­gar­le de los hom­bros. Su pa­so es len­to, ne­ce­si­ta ayu­da con los es­ca­lo­nes. Son los es­tra­gos de su úl­ti­ma caí­da de un es­ce­na­rio, di­ce: se gol­peó el en­sam­ble en­tre fé­mur y ca­de­ra. «Ya no que­dé bien». Una se­gun­da caí­da le rom­pió los ten­do­nes.

La lis­ta de en­fer­me­da­des de Jo­sé Jo­sé es ca­si tan ex­ten­sa co­mo sus éxi­tos: en­fer­me­dad de Ly­me (trans­mi­ti­da por una ga­rra­pa­ta y por la que se in­mo­vi­li­zan los múscu­los del cuer­po y de la ca­ra), pa­de­ce de los pul­mo­nes, el hí­ga­do y tie­ne 22 aler­gias. Sin con­tar la pul­mo­nía ful­mi­nan­te que pa­de­ció en 1972, por la que se pa­ra­li­zó el dia­frag­ma; fue el ini­cio del fin de su voz.

Ade­más, hu­bo una épo­ca, a fi­na­les de los 80, en que Jo­sé Jo­sé ofre­cía dos con­cier­tos al día, de dos ho­ras ca­da uno. Ese des­gas­te vo­cal a los 40 años de edad lo pa­ga has­ta hoy, con el es­fuer­zo que le re­quie­re te­ner una con­ver­sa­ción pro­lon­ga­da o, to­da­vía, pre­sen­tar­se en un es­ce­na­rio.

Le­jos es­tán los días cuan­do su voz lu­cía. Jo­sé Jo­sé li­bra una ba­ta­lla pa­ra no per­der­la, pues, año con año, lo ha ido de­jan­do. Aho­ra, an­tes de cual­quier pre­sen­ta­ción pú­bli­ca, se tie­ne que so­me­ter a un tra­ta­mien­to con un va­po­ri­za­dor: dos se­sio­nes dia­rias de 20 mi­nu­tos ca­da una du­ran­te tres días y de­jar de ha­blar por com­ple­to, al me­nos, du­ran­te las 16 ho­ras pre­vias.

Pe­ro pa­re­ce que a los me­xi­ca­nos que aún van a ver­lo a sus con­cier­tos eso no les im­por­ta. Se tra­ta ca­si de un cul­to, ex­pli­ca el so­ció­lo­go Ma­rio Or­tiz, ca­te­drá­ti­co de la UNAM: «El pú­bli­co le rin­de un ho­me­na­je en vi­da. Jo­sé Jo­sé re­pre­sen­ta al me­xi­cano tí­pi­co. Es un ído­lo de can­ti­na al igual que un ído­lo de las zo­nas más adi­ne­ra­das».

Al final de sus con­cier­tos, las per­so­nas lo ova­cio­nan de pie. En una re­cien­te pre­sen­ta­ción en el DF, en mar­zo de es­te año, Jo­sé Jo­sé es­tu­vo tres ho­ras des­pués del con­cier­to to­mán­do­se fo­tos con los fans que hi­cie­ron una fi­la y pa­ga­ron al­re­de­dor de 200 pe­sos. El Prín­ci­pe no co­bró un so­lo pe­so, fue ne­go­cio del tea­tro,

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