El do­ra­do: al­ma del sol

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So­bre no­so­tros, ca­da ma­ña­na, in­clu­so des­de an­tes que es­tu­vié­ra­mos aquí, un co­lor se im­po­ne so­bre to­dos los de­más. Si los co­lo­res fue­ran el al­ma de las co­sas, el do­ra­do se­ría la esen­cia del sol. Luz que en­can­di­la, que no pue­de ser vis­ta de for­ma di­rec­ta, que lle­na de ener­gía a to­do or­ga­nis­mo vi­vo en es­te pla­ne­ta.

No es sor­pre­sa que al ser un co­lor efí­me­ro, que só­lo se da si no hay nu­bes, si no es la lu­na la que es­tá de pro­ta­go­nis­ta, no es pa­ra siem­pre, ni pa­ra to­dos. Por lo mis­mo, des­de la prehis­to­ria, los pri­me­ros gru­pos hu­ma­nos li­ga­ron el co­lor del sol con la ex­pre­sión mis­ma de los dio­ses.

Ca­be re­cor­dar que en la ma­yo­ría de los Dio­ses an­ti­guos, el Sol re­pre­sen­ta una dei­dad su­pre­ma, uni­ver­sal. Sin em­bar­go, muy den­tro de la tie­rra ha­bía un ele­men­to que cam­bia­ría por com­ple­to la for­ma en co­mo vi­mos y ve­mos el co­lor do­ra­do: el des­cu­bri­mien­to del oro.

La ciu­dad de El Do­ra­do fue el sue­ño de to­da una ge­ne­ra­ción de con­quis­ta­do­res, bus­ca­do­res de te­so­ros, hom­bres y mu­je­res ham­brien­tos de po­der. Se de­cía que to­do es­ta­ba he­cho de oro y con el bri­llo del sol, era im­po­si­ble ca­mi­nar sin que­dar cie­go.

Cuan­do el oro apa­re­ció, la fi­ja­ción hu­ma­na con di­cho me­tal fue in­me­dia­ta. Era to­do el po­der del sol con­den­sa­do en una ro­ca, una ro­ca mol­dea­ble, el sol en nues­tras ma­nos en for­ma de anillo, el sol en nues­tro cue­llo, el sol en cual­quier ob­je­to.

Con el pa­so de los años, po­co a po­co el sol pa­só a se­gun­do tér­mino, el oro era el nue­vo rey del do­ra­do. Ba­ja­ba el po­de­río del sol y lle­na­ba los es­pa­cios y las in­du­men­ta­rias de las per­so­nas co­mo un sím­bo­lo de au­to­ri­dad, su­pe­rio­ri­dad, di­vi­ni­dad, om­ni­pre­sen­cia.

Hoy en día, el do­ra­do es un co­lor des­pres­ti­gia­do. Uno que des­pués de tan­tos cambios en nues­tras so­cie­da­des se ha ins­tau­ra­do co­mo el co­lor del ego, de to­do aquel que se sien­te su­pe­rior. Sin em­bar­go, só­lo es pro­duc­to de una sen­ci­lla ilu­sión que lle­va años re­pi­tién­do­se, el do­ra­do más bri­llan­te no se ob­tie­ne del oro pu­li­do, sino del oro en con­tac­to con el sol.

Es­te co­lor no so­lo ha si­do pie­za im­por­tan­te en lo sim­bó­li­co sino que en el in­terio­ris­mo siem­pre ha es­ta­do pre­sen­te: pa­la­cios y cá­ma­ras egip­cias, cas­ti­llos me­die­va­les, cen­tros de ce­re­mo­nias ma­yas.

Hoy en día, es­ta­mos en­tran­do en una nue­va ge­ne­ra­ción en la que se bus­ca res­ca­tar los ele­men­tos bá­si­cos de la hu­ma­ni­dad. El co­lor do­ra­do es uno de ellos y pa­ra ilus­trar con ejem­plos reales, po­de­mos en­con­trar fá­cil­men­te: la cé­le­bre pi­ña do­ra­da que es­tá de moda, las lám­pa­ras que tie­ne to­ques en do­ra­do o un ga­lle­te­ro en di­cha to­na­li­dad.

Es así co­mo un ac­ce­so­rio se con­vier­te en pro­ta­go­nis­ta de nues­tros es­pa­cios, pe­ro di­cha cua­li­dad no es in­na­ta el ob­je­to sino a ese tono ama­ri­llen­to de ca­rác­ter uni­ver­sal. “El do­ra­do ha vuelto”, es la ex­pre­sión de al­gu­nos ti­tu­la­res, pe­ro es de­ma­sia­do pre­ten­cio­so de­cir que vol­vió, si al fi­nal lle­va­mos una vi­da ba­ñán­do­nos en él ca­da ma­ña­na.

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