La vo­lun­tad de AMLO

El Diario de Juárez - - OPINIÓN - ar­man­do fuen­tes Escritor

Ciu­dad de Mé­xi­co.- Ta­bu La­rra­sa era una chi­ca muy lin­da, pe­ro muy fla­ca. Su región pec­to­ral se­me­ja­ba una pla­ni­cie sin re­lie­ves, y su ca­de­ra­men era prác­ti­ca­men­te inexis­ten­te. Acu­dió a la con­sul­ta del doc­tor Ken Hos­sa­na y le di­jo que que­ría en­gor­dar. Pe­se a su in­di­gen­cia cár­ni­ca Ta­bu te­nía un no sé qué, co­mo de­cía Co­rín Te­lla­do, que la ha­cía atrac­ti­va a los ojos va­ro­ni­les. Los del doc­tor Ho­san­na no fue­ron la ex­cep­ción, y la mu­cha­cha su­po leer sus claras in­ten­cio­nes os­cu­ras. "Doc­tor -le ad­vir­tió al fa­cul­ta­ti­vo-. Le di­je que quie­ro en­gor­dar. Pe­ro pa­re­jo ¿eh?"... Cier­to em­pre­sa­rio for­mó con otros una so­cie­dad que al po­co tiem­po se di­sol­vió. Le pre­gun­tó al­guien: "¿Có­mo te fue en ese ne­go­cio?". Con­tes­tó: "Ni bien ni mal. Ob­tu­ve lo mis­mo que pu­se". Po­co des­pués la es­po­sa del em­pre­sa­rio dio a luz. El fla­man­te pa­pá in­te­rro­gó al obs­te­tra: "¿Cuán­to pe­só el be­bé?". Res­pon­dió el mé­di­co: "Po­co: un ki­lo 200 gra­mos". "No es­tá mal -di­jo el em­pre­sa­rio atu­sán­do­se los bi­go­tes-. Me fue igual que en aque­lla in­ver­sión". (No le en­ten­dí)... La aus­te­ri­dad propuesta por Ló­pez Obra­dor es en­co­mia­ble, pe­ro las me­di­das que ha anun­cia­do pa­ra lle­var­la a ca­bo más pa­re­cen efec­tis­tas que efec­ti­vas. No se­rá mu­cho lo que se aho­rre dis­mi­nu­yen­do el nú­me­ro de con­sul­to­res y ase­so­res, y el de los cho­fe­res y guar­daes­pal­das de los fun­cio­na­rios de al­to ni­vel, o re­ba­jan­do los gas­tos que de­ri­van de la aten­ción mé­di­ca pri­va­da pa­ra ellos, y de otros ga­jes y ca­non­jías. Tam­po­co representará un gran aho­rro su­pri­mir las pen­sio­nes de los expresidentes o re­cor­tar el per­so­nal que los atien­de a ellos y a sus es­po­sas. Me­nos aún im­pac­ta­rá sig­ni­fi­ca­ti­va­men­te al pre­su­pues­to la re­duc­ción de sa­la­rios anun­cia­da por el fu­tu­ro pre­si­den­te. To­do eso más pa­re­ce co­sa de ima­gen que de eco­no­mía real. No ol­vi­de­mos, sin em­bar­go, la re­pe­ti­da fra­se de don Je­sús Re­yes He­ro­les en el sen­ti­do de que en política la for­ma es fon­do. En ese sen­ti­do se ha de re­co­no­cer la vo­lun­tad de AMLO -és­ta sí real- de po­ner lí­mi­te al ex­ce­si­vo gas­to ofi­cial en cues­tio­nes que más tien­den al be­ne­fi­cio del man­da­ta­rio en turno que de la co­mu­ni­dad. Es gro­tes­ca la ci­fra, por ejem­plo, que Pe­ña Nie­to ha des­ti­na­do a la pro­mo­ción de su ima­gen. Des­de ese pun­to de vis­ta las pro­pues­tas de Ló­pez Obra­dor pue­den ser in­di­cio verdadero de que las co­sas van a cam­biar. En el ae­ro­puer­to una jo­ven pa­re­ja se des­pe­día. Ella lo be­sa­ba una y otra vez y se abra­za­ba a él con los ojos lle­nos de lá­gri­mas. Se oyó en los al­ta­vo­ces el úl­ti­mo avi­so de abor­da­je. La chi­ca, so­llo­zan­do, se di­ri­gió a to­mar su avión. Una se­ño­ra le vio el ani­llo de ca­sa­da y le di­jo: "Te en­tien­do, hi­ja. Siem­pre es pe­no­so se­pa­rar­te de tu ma­ri­do". "En mi ca­so no tan­to -res­pon­dió la mu­cha­cha en­ju­gán­do­se las lá­gri­mas-. Aho­ra voy a re­unir­me con él". El re­cién ca­sa­do se veía ago­ta­do, exan­güe, la­so, dé­bil, exá­ni­me, des­fa­lle­cien­te, fla­co, oje­ro­so, can­sa­do y sin ilu­sio­nes. Un com­pa­ñe­ro de ofi­ci­na se alar­mó: "¿Qué te su­ce­de? ¿Es­tás en­fer­mo?". "No -res­pon­dió el otro con apa­ga­da voz-. Lo que pa­sa es que me ca­sé con una pro­fe­so­ra, y to­das las no­ches me pi­de que re­pi­ta la ta­rea". Hi­me­nia Ca­ma­fría, ma­du­ra se­ño­ri­ta sol­te­ra, in­vi­tó a ce­nar en su ca­sa a don Añi­lio, pro­vec­to ca­ba­lle­ro tam­bién cé­li­be. Le an­ti­ci­pó que ella mis­ma pre­pa­ra­ría la ce­na. Lle­gó pun­tual el in­vi­ta­do, y al en­trar le di­jo a su an­fi­trio­na: "Es­toy an­sio­so, ami­ga mía, por dis­fru­tar de sus ha­bi­li­da­des cu­li­na­rias". La se­ño­ri­ta Hi­me­nia, ru­bo­ro­sa, su­gi­rió: "¿Qué le pa­re­ce si pri­me­ro ce­na­mos?". Dos chicas es­ta­ban pla­ti­can­do. Di­jo una: "Trai­go muy se­ca la gar­gan­ta". Co­men­tó la otra: "Cuan­do a mí me pa­sa eso chu­po un Sal­va­vi­das". Pi­dió la pri­me­ra: "¿Po­drías pre­sen­tár­me­lo?". (Tam­po­co le en­ten­dí). FIN.

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