Un ca­ñón que des­lum­bra

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A las afue­ras de la ciu­dad de Pa­ge, en Ari­zo­na, ya­cen dos te­so­ros que fue­ron es­cul­pi­dos por el pa­so vio­len­to del agua e iluminados por los ra­yos del sol que se fil­tran, ca­si má­gi­ca­men­te, en su in­te­rior. Am­bos fe­nó­me­nos na­tu­ra­les lo­grar crear fan­tás­ti­cas cur­vas que cam­bian de co­lor ca­si to­do el tiem­po. Sí, son los dos ca­ño­nes de An­tí­lo­pe, el Su­pe­rior e In­fe­rior.

Di­cen que pa­ra com­pren­der el po­der que ejer­ció el agua en es­ta zo­na es ne­ce­sa­rio ex­plo­rar las ra­nu­ras del ca­ñón y pa­ra lo­grar­lo es ne­ce­sa­rio des­cen­der, va­rios me­tros, a tra­vés de una es­ca­le­ra de me­tal em­po­tra­da en una de sus pa­re­des.

Ya en el in­te­rior, los ra­yos del sol son los en­car­ga­dos de ade­re­zar es­ta ex­pe­rien­cia, pues de­pen­de de la ho­ra del día y de su in­ten­si­dad que esas enor­mes cur­vas de pie­dra are­nis­ca va­yan cam­bian­do de co­lor.

Am­bos ca­ño­nes, que de­ben su nom­bre a que años atrás era po­si­ble ver a de­ce­nas de an­tí­lo­pes co­rrien­do por la zo­na, son si­tios sa­gra­dos pa­ra in­dí­ge­nas na­va­jos.

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